Los del 58, en el Colegio marista del Malecón,sesenta años después

Dedicado a la fe vacilante de nuestro curso en el Colegio marista del Malecón.



¿Un autor reseñando su propio libro? Parece pedante. Más valdría encargar la propaganda laudatoria a un amigo, cuyo nombre venda bien. En mi caso, pecaré de inmodesto a fuer de sincero. Quiero celebrar, con la dedicatoria del librito, el sesenta aniversario de la promoción que cursaba el Preuniversitario de 1958 en Murcia, en el Colegio del Malecón (Hermanos Maristas).

Estudiábamos a Calderón, la historia de Portugal, el griego de Sócrates y la doctrina social de la Iglesia. Durante los siete años de enseñanza secundaria no faltó nunca la clase de religión con los textos de la época preconciliar: nada de aspirina infantil, sino dosis fuertes de antibióticos de dogma, moral y liturgia.

Una “miajica” distinto de aquellos manuales de Edelvives es el libro que hoy presento inmodestamente, dedicándoselo a mis compañeros de clase de aquellos días. Se titula El que vive. Relecturas de Evangelio,l Que Viv ed.Desclée de Brouwer, Bilbao, 2017.

Recuerdo un episodio de cuando los militantes de acción católica íbamos el fin de semana a dar catecismo a los niños en La Arboleja y se repartía la ayuda americana de alimentación. Alargaba la explicación difícil el catequista, Ripalda en mano, comparando la salida del Niño Jesús del seno de su madre con la de “un rayo de sol atravesando un cristal, sin romperlo ni mancharlo”. Uno de los peques, con cara de inopia y moco sin limpiar, sacudía la cabeza extrañado. Él había visto nacer más de una cabrita en el corral. Su madre, que aguardaba de pie bajo la higuera, le chilló al catequista: “Corte el rollo, hombre, que los críos a lo que vienen es a por el queso americano”.

Cuando me despedí en 1958 para entrar en el noviciado de la Compañía de Jesús, pontificaba hieráticamente Pío XII. Cuando me volví a despedir en 1965 para partir hacia Japón, estaba concluyendo el Concilio Vaticano II y se respiraban los aires tonificantes de Juan XXIII (ahora recuperados medio siglo después, gracias a la humanidad evangélica de Francisco el Misericordioso).

En los años siguientes, cada viaje de vuelta a Murcia era una ocasión de repetir, entre tapa y tapa con los ya menos jóvenes amigos, la conversación del “cuéntame lo que pasó, seténtame, ochéntame...”, cuestionando la fe inestable, vacilante y vacilada, de nuestra generación.

Reflejo de esas tertulias son las entradillas, entre corchetes y en cursiva, que encabezan cada capítulo de estos ensayos. Imitando el aire de las narraciones bíblicas “midrash”, intenta el autor redescubrir el sentido de la Palabra y recrearla releyéndola a la luz de experiencias de vida. Agrupadas al hilo del calendario eclesial, señalan estas escenas hitos del camino para la fe vacilante: advientos esperanzados, navidades entrañables, epifanías de vida, vía crucis cuaresmales, espinas de pasión, luces de Pascua, seismos de Pentecostés y encrucijadas de iglesia en crisis.

Me pregunto qué pensarán mis compañeros de promoción, sI se dejan seducir por mi reseña y alegran a editorial y librero adquiriendo un ejemplar.

Si hay quien tienda a fundamentalista, se podría escandalizar al comprobar que Lazaro no sale de la tumba o que en Caná de Galilea faltó agua y sobró vino, o que en Naím fue la viuda, y no su hijo, la que revivió, o que Jesús reprende a Ratzinger como a Pedro, o que la virginidad no se pierde con la maternidad de María y la paternidad de José, o que hubo mujeres protagonistas en La Última Cena y concelebrantes femeninas en Emaús...

Si los hay más radicalres, quizás alguno ironizará: “Este amigo, a fin de cuentas, es jesuita y, por detrás del aparente desenfado, es muchísimo más carca de lo que ustedes sospechan”.

O tal vez alguno pregunte: “¿Qué clase de fe es la de este cura?”

Confío que haya quien reaccione sin tapujos confesando: “Lo que cuentas, amigo, es obvio y lo pensábamos desde siempre sin osar decirlo. Por eso nos aburríamos tanto en alguna “asignatura María” o cuando escuchábamos, por compromiso con la cofradía de la que éramos nazarenos, los sermones del quinario cuaresmal.

Pues a unos y otros les diré: gracias por haceros con el libro, pero no os fatiguéis leyéndolo de un tirón. Con el título ya está dicho todo. El Que Vive. Es el mejor de los nombres de Cristo. El autor pretende dar testimonio de creer que Él Que Vive nos hace vivir. ¿Increible, dirán? Pero lo creemos porque su Espíritu nos hace creer.
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