La última canción



¡Feliz jueves! Para tu tranquilidad (o para tu pena, en función del punto de vista) te diré que no voy a despedirme y es el último post por una temporada. A veces pasamos un muy buen rato escuchando una obra de esas impresionante e intensa y otras veces nos deleitamos con una miniatura. No por ello tiene menos mérito porque un compositor ha de ser capaz de exprimirse en lo grande y en lo pequeño. Quizá en lo pequeño la cosa sea más complicado. Nuestro maestro de hoy sale airoso.

Te presento, y creo que debuta, a Agustín Barrios (1885-1944), compositor paraguayo nacido muy probablemente en San Juan Bautista de las Misiones, aunque no se ha encontrado su partida de bautismo. Para muchos es considerado el mayor guitarrista de la historia. Tras sus primeros estudios dejó su país natal para marchar a Argentina. Comenzó una gira de conciertos tan exitosa que estuvo viajando durante catorce años. En 1934 viajó a Europa, siendo el primer guitarrista latinoamericano en hacerlo. Se ha comparado con Andrés Segovia (otro grande entre los grandes) y se le ha comparado a Paganini por su virtuosismo. Compuso unas 100 piezas que él atribuyó a compositores desconocidos para así ser tenido en cuenta como compositor. Muchas siguen en las manos de los más insignes guitarristas y otras lo habría estado si no fuese por su despreocupación a la hora de publicarlas. Era tan grande que fue el primer guitarrista clásico de la historia en llevar a cabo una grabación musical.

Barrios nos deleitará hoy con su breve pieza titulada La última canción. Se conoce también como «Una limosna por el amor de Dios». Hay una leyenda que dice que fue compuesta tras un encuentro con un ciego que pedía limosna en la calle. Es una de sus obras más interpretada en la que el trémolo lo domina todo. Su aire melancólico es especial. Parece una construcción sencilla pero no es así: la armonía va cambiando siempre, alcanzando su clímax en la mitad y en el registro agudo de la guitarra. La armonía se va relajando poco a poco, con una tristeza que es a la vez infinita y esperanzadora.

La interpretación es de John Williams a la guitarra.

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