"Dios sale siempre, porque está con los que ama. La Iglesia debe hacer lo mismo, siempre en salida" Francisco: "Es mejor una Iglesia accidentada por haber salido a anunciar el Evangelio, que una Iglesia enferma por haberse cerrado"

Francisco, en el Angelus
Francisco, en el Angelus

Los fieles vuelven a regresar en masa, respetando las medidas de seguridad, a la plaza de San Pedro

"Dios no mira el tiempo y los resultados, sino la disponibilidad y la generosidad con la que nos ponemos a su servicio. Dios siempre paga lo máximo"

Llamada y recompensa. Estas son las dos claves que el Papa Francisco quiso aportar en su reflexión previa al Angelus de hoy, en el que abundó sobre la parábola del dueño de la viña. Una historia que "nos muestra el sorprendente modo de actuar de Dios".

Ante una plaza de San Pedro bastante más llena que en estos meses de confinamiento, Bergoglio propuso a los fieles "el estilo de Dios, que hemos de aceptar e imitar". Un Dios que "“sale” continuamente a la búsqueda de las  personas, porque quiere que nadie quede excluido de su plan de amor". Que no se cansa de buscarnos. 

"También nuestras comunidades están llamadas a salir de los varios tipos de 'fronteras' que pueden existir, para ofrecer a todos la palabra de salvación que Jesús vino a traer", señaló el Papa, quien pidió ofrecer "esperanza a cuantos viven en las periferias existenciales". "La Iglesia debe ser como Dios, siempre en salida", improvisó.

Iglesia enferma porque no está en salida

"Cuando la Iglesia no está en salida se enferma, de tantos males que tenemos en la Iglesia. ¿Por qué tenemos tantas enfermedades? Porque no estamos en salida. Es verdad que cuando uno sale existe el peligro de un accidente. Pero es mejor una Iglesia accidentada por haber salido a anunciar el Evangelio, que una Iglesia enferma por haberse cerrado. Dios sale siempre, porque está con los que ama. La Iglesia debe hacer lo mismo, siempre en salida", subrayó.

Cada vez más fieles en San Pedro
Cada vez más fieles en San Pedro

Junto a ello, el modo de recompensar de Dios a los trabajadores de la viña, que para algunos puede parecer injusto. "Jesús no está hablando del trabajo y del salario justo, que es otro problema, sino del Reino de Dios y  de la bondad del Padre celestial", explicó Bergoglio, quien añadió que "Dios no mira el tiempo y los resultados, sino la disponibilidad y la generosidad con la que nos ponemos a su servicio". "Dios siempre paga lo máximo", añadió.

"Él nos da más de lo que merecemos. Y entonces, quien razona con la lógica humana, la de los méritos adquiridos con la propia  habilidad, pasa de ser el primero a ser el último. En cambio, quien se confía con humildad a la misericordia del Padre, pasa de último a primero". Algo que hasta sus discípulos tardaron en comprender.

Francisco saluda a los fieles desde el balcón
Francisco saluda a los fieles desde el balcón

En los saludos posteriores, Francisco recordó que, "según los programas hechos antes de la pandemia, tenía que desarrollarse el Congreso Eucarístico Internacional en Budapest. Por esto deseo dirigir mi saludo a los pastores y fieles de Hungría, y a todos aquellos que esperaban con fe y alegría este evento eclesial". El simposio se ha pospuesto hasta septiembre de 2021.

Al tiempo, recordó que hoy se celebra en Italia la Jornada de la Universidad Católica. "Ahora más que nunca es importante que las nuevas generaciones sean formadas para el cuidado humano y de la Casa común", culminó.

Palabras del Papa antes del rezo del Angelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! 

La página del Evangelio de hoy (cfr. Mt 20,1-16) narra la parábola de los trabajadores llamados a  jornal por el dueño de una viña. A través de esta historia, Jesús nos muestra el sorprendente modo de  actuar de Dios, representado en dos actitudes del dueño: la llamada y la recompensa. 

En primer lugar, la llamada. El dueño de la viña sale en cinco ocasiones a la plaza y llama a  trabajar para él: a las seis, a las nueve, a las doce, a las tres y a las cinco de la tarde. Es conmovedora la  imagen de este dueño que sale varias veces a la plaza a buscar trabajadores para su viña. Ese dueño  representa a Dios, que llama a todos y llama siempre. Dios actúa así también hoy: nos sigue llamando a  cada uno, a cualquier hora, para invitarnos a trabajar en su Reino. Este es el estilo de Dios, que hemos de  aceptar e imitar. Él no está encerrado en su mundo, sino que “sale” continuamente a la búsqueda de las  personas, porque quiere que nadie quede excluido de su plan de amor. 

También nuestras comunidades están llamadas a salir de los varios tipos de “fronteras” que  pueden existir, para ofrecer a todos la palabra de salvación que Jesús vino a traer. Se trata de abrirse a  horizontes de vida que ofrezcan esperanza a cuantos viven en las periferias existenciales y aún no han  experimentado, o han perdido, la fuerza y la luz del encuentro con Cristo. 

La segunda actitud del dueño, que representa la de Dios, es su modo de recompensar a los  trabajadores. Se pone de acuerdo con los primeros obreros, contratados por la mañana, para pagarles «un  denario» (v. 2). En cambio, a los que llegan a continuación les dice: «Os daré lo que sea justo» (v. 4). Al  final de la jornada, el dueño de la viña ordena que a todos les sea dada la misma paga, es decir, un  denario. Quienes han trabajado desde la mañana temprano se indignan y se quejan del dueño, pero él  insiste: quiere dar el máximo de la recompensa a todos, incluso a quienes llegaron los últimos (vv. 8-15). Y aquí se comprende que Jesús no está hablando del trabajo y del salario justo, sino del Reino de Dios y  de la bondad del Padre celestial.  

De hecho, Dios se comporta así: no mira el tiempo y los resultados, sino la disponibilidad y la  generosidad con la que nos ponemos a su servicio. Su actuar es más que justo, en el sentido de que va  más allá de la justicia y se manifiesta en la Gracia. Donándonos la Gracia, Él nos da más de lo que  merecemos. Y entonces, quien razona con la lógica humana, la de los méritos adquiridos con la propia  habilidad, pasa de ser el primero a ser el último. En cambio, quien se confía con humildad a la  misericordia del Padre, pasa de último a primero (cfr. v. 16). 

Que María Santísima nos ayude a sentir todos los días la alegría y el estupor de ser llamados por  Dios a trabajar para Él en su campo, que es el mundo, en su viña, que es la Iglesia. Y de tener como única  recompensa su amor, la amistad de Jesús, que es el todo para nosotros. 

Volver arriba