Lo que anima a los hombres, lo que anima a los religiosos.

¿Cuáles son los motivos que generan la conducta humana? ¿Por qué trabajamos? ¿Qué impulsos nos mueven? ¿O qué descubrimos dentro de nuestro pensamiento cuando la actividad no llena las horas?

Dando de lado los instintos, que son las primeras instancias a las que acudir a la hora de explicar conductas, parece que hay otras que, a fin de cuentas, no serían sino explicitación, manifestación o realización cultural de tales instintos.

El deseo de ser reconocido, el buscar la aprobación, el sentimiento de sentirse uno y unido a los demás, el ser valorado en lo que uno vale y en lo que uno hace, resumido todo en la palabra “amor”, parece ser el principal motivo que mueve al hombre. Sin olvidar el componente biológico de tales manifestaciones.

La seguridad, la preservación de la persona, la integridad de su físico, la defensa de su honra, la alimentación suficiente, todo ello va unido al instinto de conservación, pero supone un suplemento cultura al mismo desde el momento en que el individuo convive con otros y, en conjunto, se construyen formas colectivas de llevar a buen término todo ello. Inmenso es el corpus legislativo encamino a la preservación del individuo.

Frente a ello, el temor y la inseguridad a lo desconocido, a lo inconcreto, a fin de cuentas, a la muerte. Y la muerte, se reconozca o no, es fuente de conducta. Como sentimiento, es algo desconocido en la infancia, juventud y primera madurez. Pero se hace presente con toda su carga afectiva cuando van desapareciendo del horizonte conocido personas de la misma edad por causas no traumáticas o coyunturales, como puede ser un accidente de automóvil. Son demasiados agujeros en el telón de la vida los que aparecen ante los ojos de quien ha cumplido suficientes años.

Anejo a tal sentimiento está el de perdurar, sea el reconocimiento futuro o la pervivencia de sus genes en otros individuos. Aquí se integra la vivencia de la propia sexualidad, masculina o femenina, con sus diferencias caracterológicas. Creo que las que más se engañan en este sentimiento de “elección privilegiada” son las féminas. No entramos a considerar el porqué.

La asimilación de estas dos motivaciones, amor y seguridad, o lo que es lo mismo, integración en la vida de los otros y afrontar el fin de todo, la muerte, dan la medida y la comprensión de una persona.

Hay sin embargo individuos que generan una sociedad distinta, la de los consagrados a Dios, que unen a sus vidas el inconcreto “Dios”. Dios no forma parte de nuestras vidas y sin embargo hay quien une su existencia a esta entelequia. ¿Cómo es su amor? ¿Cómo tal amor le hace unirse en sociedad a quien dice sentir lo mismo? ¿Cómo afronta la preservación de su seguridad elaborando en su interior la quimera de la eternidad?

Lo quieran admitir o no, no lo consiguen. Se instalan en una especie de locura persistente que en algunos llega hasta el fin de sus días. A otros, a los que han caído en la cuenta de la evanescencia de su vida, les empuja a la huida. Y huyen buscando lo humano, a veces de manera pervertida; se instalan en trabajos improductivos o escritos regeneracionistas de la sociedad; huyen a países de misión donde levantan escuelas, granjas y orfanatos; pasean compulsivamente por la urbe; consumen las horas ante el aparato de televisión; se dedican compulsivamente a actividades burocráticas con frenesí, algo que recibe las alabanzas de quienes no son tan capaces... Todo eso está muy bien, pero no hay fondo que anime tal actividad. No es lo mismo vivir y sentir que huir y buscar.  

Los profanos que no ven o perciben las motivaciones profundas de tales “elegidos”,  se hacen una pregunta que siempre será respondida con etéreas consideraciones:

¿Cómo es que un chico o una chica llegan a considerar ese género de vida como ideal querido por Dios?

Volver arriba