El interés imparcial por saber algo de Jesús.

¿Tiene sentido investigar y tratar de encontrar algo nuevo sobre Jesús, cuando los caminos están cegados y las actitudes están tan definidas? O, por otra parte, ¿alguien cree que se puede encontrar algo nuevo respecto a la historicidad de Jesús cuando los datos que se conocen de él son tan cuestionados y cuando las fuentes son tan escasas o tendenciosas?

Cuando se investiga sobre Jesús, el interés puede ser múltiple, dependiendo de quién lo haga y de la finalidad con que tal pesquisa se lleve a efecto. Lo quiera o no y por más que pretenda ser aséptico e imparcial, el estudioso no puede prescindir de sus propias creencias, si es creyente, e incluso de ciertos prejuicios, si no lo es.

La inmensa mayoría de los que escriben sobre Jesús son creyentes y lo que pretenden es confirmar su propia fe y la fe comunitaria de la que participan. Y los otros, por más que afirmen su imparcialidad, pretenden demostrar que Jesús era lo que era, un hombre de su tiempo por más excepcional que le hagan ser, un “profeta” o “nacionalista” o “agitador” como muchos de su tiempo que, sin embargo, por los motivos que sean, principalmente porque tuvo un hagiógrafo excepcional, Pablo de Tarso, “tuvo éxito”.

Lo quieran o no, los escritores creyentes, explícita o implícitamente, dan por supuesto que Jesús era el enviado de Dios; no cuestionan su divinidad a la que añaden su lugar en la historia; describen sus dichos y hechos confirmando con ellos que, más o menos, era hijo de Dios, algo que luego los sabios de la fe, en reuniones conciliares vendrían a confirmar.  Enmascararán alguno de estos asertos, pero no podrán prescindir de ellos.

¿Y los otros? ¿Cuál es su propósito? En teoría, podríamos presumir en ellos mayor honradez investigadora, por titularse imparciales, pero en última instancia no es así. La mayor parte de las veces lo que pretenden es poner en evidencia aserciones crédulas que no se sostienen. Sinceramente, estoy de acuerdo con esta finalidad, bien que sea espuria.

Lo pretendan intencionadamente o no estos últimos, el resultado siempre será el mismo, porque a lo que se llegará será a tres conclusiones: Jesús era uno de tantos; los adoradores de Jesús en cuanto que le suponen dios, están reverenciando un mito, una construcción, una figura irreal; el personaje real que pudo llamarse Jesús y que ha llegado a nuestros días como Jesucristo es una construcción de fanáticos elaborada bastantes años posterior a su muerte.

O sea, que cuando aquí reproducimos conclusiones de libros que consultamos no tenemos otra intención que convencer a quien nos lea de que el Jesús de los Evangelios y de las Cartas de Pablo de Tarso no es un personaje real, es una invención al dictado de determinados deseos; que se está venerando una entelequia; que Jesús no pasó de ser un predicador más de aquellos convulsos años que terminaron en el drama del año 70; que los romanos no lo habrían ejecutado si no hubieran visto en él una agitador de masas, un peligro potencial contra el poder constituido, en definitiva, un malhechor.

Cierto es que muchas enseñanzas morales de Jesús, muchas de sus parábolas, gran parte de sus enseñanzas espirituales ninguna persona de bien podrá tildar de despreciables; más aún, afectan a toda la humanidad y son dignas de seguimiento. Pero no son ninguna novedad. Antes que él o a la par que él, ya habían dicho lo mismo Sócrates, Séneca, Pitágoras, Epicteto o el emperador Adriano.

Para oídos creyentes es muy duro tener que oír esto, si es que llegan a escuchar, pero las conclusiones que derivan de investigaciones serias son tozudas. Y, sobre todo, partiendo, dichas conclusiones, de una consideración imparcial u original de las mismísimas palabras y hechos narrados en los Evangelios.

Otra historia sería que sus prosélitos reconocieran que adoran personificaciones de deseos o reconstrucciones de mitos anteriores, pero no que propaguen por el mundo la idea de que Jesús, siendo hombre y dios a la vez, es el verdadero dios de todas las religiones, el salvador de la humanidad, personaje real, porque el asunto es bien simple: Jesús “pudo” existir, pero Cristo no.

Añádase algo más, la continuación y sustentación de todo este tinglado por la sociedad presuntamente fundada por él, que no lo fue, la Iglesia. Muchas de sus enseñanzas parece que “su” Iglesia las ha olvidado o no las ha desarrollado ni dado continuidad ni seguido al pie de la letra, como sí ha hecho con otras. Por ejemplo,  ¿no les dicen nada a los magnates del credo las invectivas contra sacerdotes del Templo y fariseos? ¿O aquello de “mi reino no es de este mundo”? Y así bastantes más.

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