A los humanos nos cuesta creer que Dios es siempre bueno El Dios bueno del Antiguo Testamento

El Dios bueno del Antiguo Testamento
El Dios bueno del Antiguo Testamento

Somos torpes, incapaces de comprender en su totalidad la magnitud de Dios. Intentamos siempre achicarlo a nuestra medida

Pensaron los humanos al comienzo que los dioses eran todopoderosos de forma que podían hacer lo que quisieran, aun lo que parece imposible… Podían castigar a su antojo

Dios, metido en medio de las tormentas humanas, se presenta respetuoso, siempre bueno, sin forzar nada. La mayoría de los humanos no lo aceptamos así. Preferimos dioses duros para poder ser duros nosotros también

Grandeza de Dios
Hay un solo Dios. Único, inmenso, maravilloso, inabarcable, todo amor. Desde Jesús lo podemos afirmar con aplomo.

En esta nuestra vida terrenal, tan limitada, podemos creer en este único Dios, pero nunca abarcarlo del todo. Nuestras ideas sobre Dios siempre serán limitadas, y seguramente, en gran parte, falsas. Él está muy cerca de nosotros, pero nos cuesta aceptarlo tal cual es. Somos torpes, incapaces de comprender en su totalidad la magnitud de Dios. Intentamos siempre achicarlo a nuestra medida.

Pero somos obra de sus manos. Y él mismo nos va capacitando para que sea posible encontrarnos cada vez más de veras con él. Dios disfruta dándose a conocer adaptándose a nuestra realidad. Para ello su pedagogía es maravillosa. Se nos entrega poco a poco, a todos, a través de nuestras propias experiencias de dolores y esperanzas.

Estas experiencias progresivas se han dado de forma especial en el pueblo de la Biblia. Pero también en los demás pueblos, y de alguna forma, en cada persona.

Pedagogía de Dios

La pedagogía de Dios

Los seres humanos nos desarrollamos a partir de experiencias. Dios se mete en esas experiencias para hacernos sentir su presencia, que nosotros captamos de forma confusa.

Comprender con claridad quién es Dios y cuáles son sus proyectos es tarea de toda la historia de la humanidad, de cada comunidad y de cada persona. Todas las religiones buscan a Dios. Lo encuentran en cierta medida. Y cada religión quiere acaparar a su Dios como monopolio.

¿Por qué Dios no se entrega con toda claridad a todos de forma inconfundible? Porque no puede. No se pueden guardar cien litros de agua en una botellita. Somos seres en crecimiento, en muchos sentidos. Y el más importante es la capacidad de comprender y aceptar a Dios.

El camino es largo. Pensaron los humanos al comienzo que los dioses eran todopoderosos de forma que podían hacer lo que quisieran, aun lo que parece imposible… Podían castigar a su antojo. Señores absolutos que a su capricho podían ayudarnos, abandonarnos o fastidiarnos. Así se comportaban sus dueños temporales, que tenían que ser duros y saber castigar, porque si no nadie les hacía caso. Todos heredamos algo de aquellas creencias.

Un solo Dios

En Israel Dios se forma un pueblo que le acepta como único. Pero le cuesta convencerle de que él es siempre bueno, superando las etapas de divinidades caprichosas y castigadoras. A los humanos nos cuesta creer que Dios es siempre bueno. Pero él sigue siempre adelante, aprovechando cada ocasión para mostrarnos su rostro de bondad.

El Antiguo Testamento muestra que Dios castiga de vez en cuando a aquel pueblo “de dura cerviz”. Pero también muestra que después de cada castigo Dios es misericordioso con ellos. Es mucho más misericordioso que castigador. Aparece un maravilloso esfuerzo de Dios por convencer a su pueblo de que él no es como sus opresores. Él no guarda rencor, es bueno, siempre.

Tras la liberación de la esclavitud de Egipto se afirma que “Dios es compasivo y clemente, paciente y misericordioso y fiel, que conserva la misericordia hasta la milésima generación, que perdona culpas, delitos y pecados, aunque no deja impune y castiga la culpa de los padres en los hijos, nietos y bisnietos» (Ex 34,6-7). Es cierto que Dios no tolera el mal. Pero su capacidad de perdonar es infinitamente superior a la de corregir.

Como como un padres siente cariño por sus hijos, siente el Señor cariño por sus fieles” (Sal 103,14). A Israel le costó mucho asimilar esta creencia en Dios. Tenían tan arraigadas las creencias de los castigos de los emperadores de turno, que ante cada problema les volvían a brotar miedos y desconfianzas de su Dios. También nosotros tenemos tan arraigado el miedo, que con frecuencia insistimos con el tema de los castigos divinos. Nos cuesta creer que Dios es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas” (Salmo 145,9).

Dios es bueno

Hace años escribí un librito, que tuvo amplia difusión, que titulé “Dios es bueno. El amor de Dios visto desde el Antiguo Testamento”. En él voy describiendo los esfuerzos de Dios por mostrar a su pueblo que él es siempre enteramente bueno. Lo pueden encontrar fácilmente en Internet. Se lo recomiendo. Encontrarán consuelo en esas selecciones bíblicas.

En aquellos ambientes crueles, Dios aparece como liberador, consolador, solidario… Hay salmos de una ternura maravillosa. Y profetas que rezuman esperanzas.

En el ambiente durísimo del destierro en Babilonia les anima: “Yo, Yavé, tu Dios, te tomo de la mano y te digo: No temas, que yo vengo a ayudarte. No temas, raza de Jacob, más indefensa que un gusano. Yo vengo en tu ayuda, dice Yavé, el Santo de Israel te va a liberar” (Is 41,13). “Porque tú vales mucho a mis ojos, yo te aprecio y te amo mucho” (Is 43,4).

Sión decía: Yavé me ha abandonado y el Señor se ha olvidado de mí. Pero, ¿puede una mujer olvidarse del niño que cría, o dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues bien, aunque alguna lo olvidase, ¡yo nunca me olvidaría de ti! Mira cómo te tengo grabada en la palma de mis manos” (Is 49,14-16).

El mismo tono encontramos en multitud de textos del Antiguo Testamento. Hay salmos que son maravillosos. Y profetas rebozando ternura en medio del dolor.

Yo me imagino a Dios metido en medio de aquel pueblo “de corazón de piedra” queriendo siempre mostrar que él busca lo mejor para ellos. Pero el pueblo prefiere muchas veces adorar a imágenes divinas dictatoriales en las que apoyarse para justificar sus deseos de dominio. Dios, metido en medio de las tormentas humanas, se presenta respetuoso, siempre bueno, sin forzar nada. La mayoría de los humanos no lo aceptamos así. Preferimos dioses duros para poder ser duros nosotros también.

La paciencia amorosa de Dios para darse a conocer a la humanidad es admirable, entonces y ahora.

Entender a Dios desde el pueblo

Escribí, allá por 1973, “Dios es bueno” porque descubrí la bondad divina desde un pueblo sumamente marginado y explotado: los hacheros del fondo del Chaco Argentino. Aquellos hombres eran esclavos de sus patrones, los obrajeros, que les pagaban en vales. Con mecanismos de endeudamiento fraudulento les constituían en una situación de deudores permanentes. Su trabajo, muy duro, era cortar en la selva chaqueña árboles de quebracho para las fábricas de tanino. Fue difícil, pero conseguimos fundar juntos oficialmente un sindicato de hacheros, que les trajo una vida nueva. Por supuesto, al final yo tuve que correrme. Pero aquellos hombres y mujeres, tan curtidos por el sol y el hambre, me enseñaron a descubrir la presencia del Dios bueno en sus vidas y en sus luchas. Reflexiones bíblicas del Antiguo Testamento ayudaron de maravilla en todo el proceso.

El Antiguo Testamento es el camino para llegar gradualmente a Jesús. Puede ser que no se llegue de veras a él si no se pasa por ese largo camino de discernir, junto con el pueblo, en qué Dios creemos. A todos se nos pegan los virus aéreos de la idolatría. Cuanto más arriba estemos, peor. Nos inventamos sin cesar diosecillos de bolsillo, que despenalicen nuestros egoísmos e irresponsabilidades, justifiquen nuestros acaparamientos y levanten nuestros orgullos. Y más paganamente aún, que santifiquen esta sociedad tan altamente corrupta.

Necesitamos urgentemente aceptar de veras a Jesús, clave de la fe en el único Dios, el de la bondad liberadora.

Dios es Bueno

Volver arriba