Ningún obispo impuesto...en Bilbao, tampoco

«Esta esposa no quiere un esposo impuesto. Ni secretismos. Ni juego de intereses». Se puede decir más alto, pero no más claro. La petición de casi 700 laicos y religiosos de Vizcaya es seria, respetuosa, bien documentada y, sobre todo, evangélica. Una iniciativa que debería ser la norma en todas partes. O mejor, una iniciativa que no debería ser necesario reivindicar en ningún sitio, porque debería ser lo habitual en la Iglesia, pueblo de Dios. Una iniciativa que, si surge repetidamente en las diócesis vascas, por algo será.

Primero, porque las tres diócesis vascas son ejemplo de corresponsabilidad del laicado y de democracia interna. Sus órganos decisorios, elegidos democráticamente, funcionan no solo en la teoría, sino también en la práctica. En segundo lugar, porque representan a una Iglesia minoritaria (levadura en la masa), pero siempre bien formada, querida y con capacidad de influencia, que no impone, que se sitúa en el mundo para ofrecerle esperanza.

Y tercero, porque se trata de una Iglesia encarnada en el pueblo, como exige el Vaticano II. Una Iglesia pegada a su gente, a la que acompaña en el servicio y la corresponsabilidad.

Una Iglesia moderada, bien preparada y a la que la derecha coloca sistemáticamente en la picota. Por mor de un nacionalismo que, para la derecha eclesial, se ha convertido en un pecado. Una Iglesia que intenta ser libre y que no tiene miedo a levantar la voz. Y hacerse oír.

Cuando las curias diocesanas de casi todo el país callan y tragan todo tipo de tropelías, las del País Vasco (Bilbao y San Sebastián) siguen proclamando su verdad. Porque no tienen miedo. Porque saben que la verdad les asiste y que lo que reclaman pertenece a la esencia del Evangelio de Jesús. La Iglesia vasca, en estos momentos grisis de las fronteras y del conmigo o contra mí, nos ayuda a respirar. Y se lo agradecemos. Y que cunda el ejemplo.

José Manuel Vidal
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