Ha llegado el tiempo de los sacerdotes casado y santos: sean célibes o casados

Informa ASCE

Asociación de Sacerdotes Secularizados ASCE

Crítica Constructiva

 

Ha llegado el tiempo de los sacerdotes casados

Juan Pablo II consideraba que a la crisis de vocaciones era necesario responder con seminarios donde se preparen sacerdotes con una sólida formación humana, en particular afectiva y moral. Así lo ilustraba el pontífice en un discurso que entregó a los obispos de Francia en el año 2003.

   En su intervención, se concentraba en la «grave crisis de vocaciones» que experimentaba Francia entonces y, al igual que otros países occidentales. Se trata - decía el Pontífice - de «una especie de travesía del desierto que constituye una auténtica prueba en la fe tanto para los pastores como para los fieles». En lugar de ceder «al desaliento», el obispo de Roma invitó a los obispos franceses a «asumir el desafío con firme esperanza», prestando particular atención a la formación de los futuros sacerdotes en el seminario.


Y aseveraba Juan Pablo que en «un ambiente social caracterizado por el relativismo generalizado de "valores" difundidos por los medios de comunicación y por la banalización de la sexualidad», era muy recomendable a los obispos que presten particular atención a «la formación humana, afectiva y moral de los candidatos». Juan Pablo II alentó entonces a los formadores de los seminarios, asistidos por especialistas competentes, a que ayuden a los jóvenes a «conocer claramente las exigencias objetivas de la vida sacerdotal», estimando «en su justa medida el don del celibato», «don de amor ofrecido al Señor y a aquellos que les serán confiados». «En la formación humana y afectiva de los candidatos al sacerdocio, se trata de buscar y contemplar a Cristo, Verbo encarnado y hombre nuevo y perfecto, se trata de tomarle por modelo para imitarle en todo, para ser sacerdote en su nombre», añadió.

Por supuesto que estamos con el Papa en la formación de los futuros sacerdotes con una madurez afectiva sexual, llena de amor a Jesús. Y es necesario que en la Iglesia exista el sacerdote célibe, como la vida de celibato. Pero eso no quiere decir que exista de la misma manera que ahora. El problema no es sacerdote célibe o casado, sino sacerdote santo.

Y santo se puede ser tanto en la vida de matrimonio como en la de célibe. Es preciso fomentar mucho el celibato, la virginidad entregada al Señor, pero también el matrimonio en los sacerdotes. Por supuesto que al sacerdote que eligió el celibato y no pudo con él, no se le debe privar el ejercicio ministerial para siempre. Tal vez, sí algún tiempo hasta que se acomode a la vida conyugal. Después, volver al ejercicio del sacerdocio.

Y, por supuesto, ordenar de sacerdote a los casados que de verdad sientan esta vocación. Nuestro santo Juan Pablo II estaba muy cerrado a la cuestión de sacerdotes casados, como también lo estuvo su predecesor, también santo, Paulo VI. No se cerró ni mucho menos al tema Juan XXIII, santo también.

Y ya es hora que nuestros dirigentes eclesiales se abran de una vez a la verdadera santidad sacerdotal; que la santidad, la vida de entrega no es prerrogativa de solteros. Que se den cuenta de que han despreciado más de 120 mil vocaciones de pastores de almas por haber contraído matrimonio.

No creemos los del colectivo ASCE que el sacerdocio de las mujeres esté de acuerdo con el dogma y la tradición. Por eso no lo podemos aprobar. Pero sí está de acuerdo con hombres casados y célibes. La historia nos demuestra la tragedia del celibato obligatorio en los presbíteros.
Y de ninguna manera me parece de recibo el hecho de que a sacerdotes, separados (divorciados o decrada la nulidad de su matrimonio), sin hijos o  con hijos mayores se les ponga tantas pegas para volver al minsiterio. 

José María Lorenzo Amelibia

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