“… a fines del mes, las autoridades eclesiásticas de nuestra ciudad decidieron luchar contra la peste por sus propios medios, organizando una semana de plegarias colectivas. Estas manifestaciones de piedad pública debían terminar el domingo con una misa solemne…” (La peste, de Albert Camus) ¿Jornada de oración para que Dios detenga el coronavirus?

¿Será que Dios necesita de mucha oración para poder realizar un milagro?

“… a fines del mes, las autoridades eclesiásticas de nuestra ciudad decidieron luchar contra la peste por sus propios medios, organizando una semana de plegarias colectivas. Estas manifestaciones de piedad pública debían terminar el domingo con una misa solemne…” (La peste, de Albert Camus)

Hay cosas que al parecer nunca cambian: La Conferencia del Episcopado Dominicano ha convocado para este domingo 26 de abril a una jornada nacional de oración “por el fin del coronavirus”. La mayoría de los católicos comprenderíamos que nuestros líderes religiosos nos inviten a la oración, pues en ella encontramos paz. En la oración nos hacemos plenamente conscientes de nuestra frágil condición humana, de nuestra finitud y depositamos toda nuestra confianza en el Señor, “porque en Él vivimos, nos movemos y existimos”. (Hechos 17:28) 

Obispos dominicanos
Obispos dominicanos

Pero resulta extraño, sobretodo a los que creemos en el Dios-Padre que predicó Jesús, que conoce nuestras necesidades antes de que le pidamos (6:8); que haya que convocar a una jornada de oración para que Dios detenga la pandemia. ¿Será que Dios necesita de mucha oración para poder realizar un milagro? ¿Puede Dios, si quiere, detener la pandemia? Si es así, ese Dios no es el de Jesucristo y sería una divinidad maligna, que pudiendo salvar a la humanidad de tantas desgracias, no lo hace. En este sentido afirma el teólogo Andrés Torres Queiruga, que el coronavirus terminaría siendo un arma letal contra la fe en Dios. “Porque mientras permanezca el prejuicio de que Dios podría, si quisiera, acabar con todo el mal del mundo, nadie puede creer en su bondad, sin verse obligado a negar su poder: nadie creería en la bondad de un eximio científico que, pudiendo acabar hoy con los estragos del coronavirus, no quisiera hacerlo, por altos y ocultos que fueran sus motivos”. 

Es contradictorio creer en un Dios de amor y todopoderoso, que siempre nos protege, y al mismo tiempo pensar que ese Dios necesita de nuestras súplicas para obrar en nuestro favor. Sería una divinidad manipulable, que hace lo que pide la mayoría de sus fieles. También se vería cuestionada la justicia divina, pues paga a todos por igual, justos y pecadores son víctimas de su ira, mueren personas bondadosas, piadosas y santas al igual que delincuentes, corruptos, violadores y abusadores.

Los cristianos no necesitamos un Dios-mago para creer y tampoco nos hacen falta los milagros extraordinarios para afianzar nuestra fe. No necesitamos de portentos que nos deslumbren, más bien creemos en ese Dios que se esconde en las cosas sencillas. El sacerdote revolucionario y poeta Ernesto Cardenal decía: “Vivimos rodeados de milagros y no nos damos cuenta. Todo lo que acontece es portentoso, tan portentoso lo ordinario como el milagro. Un ratón es un milagro, afirma Whitman. Todo lo ordinario es un milagro: un milagro más maravilloso porque pasa inadvertido. Es el milagro invisible y humilde de todos los días”.

Ernesto Cardenal
Ernesto Cardenal René Figueroa

Creemos en el milagro de cada día, en el Dios que no deja de trabajar por nosotros y por nuestra felicidad, creemos en su amor infinito. No hay que rezar a Dios para que nos salve, al igual que “no hay que amenazar a los pájaros para que canten”, como nos dice poéticamente un salmo del jesuita Benjamín González Buelta. ¡Dios siempre nos salva! ¿O es que un padre, viendo sufrir a su hijo, no será capaz de salvarlo, si de él dependiera, sencillamente porque su hijo no se lo ha pedido con súplicas y terriblemente humillado? Si ustedes saben dar cosas buenas a sus hijos, ¿cuánto más el buen Dios?

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