A quienes caen en la lucha.
“A quienes caen en la lucha, con tal que sea con sincero amor al pueblo y en busca de una verdadera liberación, debemos considerarlos siempre entre nosotros.” (27 de enero de 1980)
Monseñor aclara la tensión entre «los que caen en la lucha» y «considerarlos siempre entre nosotros». Tendrán diferentes nombres, como héroes o mártires, dependiendo del contexto desde el que se les observe. Sin embargo, monseñor parece consciente de que hay quienes luchan (y caen en la lucha) «con sincero amor al pueblo y en busca de una verdadera liberación» y otros quienes luchan y mueren en la lucha, pero no lo hacen con ese amor sincero hacia los pobres, sino que buscan solo la eliminación del enemigo o una liberación parcial para que todo siga igual.
En este caso, no se refiere directamente a los mártires de la Iglesia, a quienes fueron desaparecidos o asesinados por pertenecer a esa Iglesia perseguida. Monseñor habla de «quienes caen en la lucha». Se refiere a quienes son capturados y luego desaparecen o son asesinados por participar en las actividades de las organizaciones populares (políticas o armadas). Aunque no lo especifica, sabemos que Monseñor siempre ha condenado el camino de la violencia para resolver el problema estructural de El Salvador. Cuando todos los caminos democráticos estaban cerrados y la represión se había generalizado sin posibilidades de diálogo, consideramos que muchos de los que se levantaron en armas lo hicieron «con sincero amor al pueblo y en busca de una verdadera liberación».
Se trata de «considerarlos siempre entre nosotros». Está claro que, desde la guerra, ningún gobierno de El Salvador ha sido capaz de enfrentarse a la cúpula militar para dejar de honrar a quienes han sido artífices de la destrucción y muerte del pueblo salvadoreño. El gobierno de Bukele ordenó al principio borrar el nombre del responsable de la masacre de El Mozote de una pared de una brigada militar en San Miguel, pero no siguió borrando los nombres de otros altos mandos militares. Finalmente, para complacer a la cúpula militar y no perder su apoyo incondicional, el presidente Bukele no quiere que el juez tenga acceso a los archivos militares de los años setenta y ochenta. Esas cabezas militares, como el condenado en España por el asesinato de los padres jesuitas y dos colaboradoras, no lucharon «con sincero amor al pueblo y en busca de una verdadera liberación». Por eso no debemos tenerlos en cuenta, aunque cayeron durante la guerra.
No nos corresponde juzgar quiénes (fuera de la cúpula militar) sí lucharon con sincero amor por el pueblo y en busca de una auténtica liberación. Lo que sí sabemos es que el poder militar asesinó a más de 75 000 civiles salvadoreños. Miles de nombres están grabados en el muro de mármol del Parque Cuscatlán, en San Salvador. ¿Pero cuántos soldados y oficiales, cuántos guerrilleros y comandantes «cayeron en la lucha»? A medida que se vaya conociendo la verdad sobre la guerra, se descubrirá quiénes lucharon con amor por el pueblo y quiénes buscaban otros intereses.
Pero el criterio de discernimiento que monseñor ofrece en la cita de hoy también vale para quienes sobrevivieron tantos años de lucha. Cada uno, en su conciencia, debe discernir cuáles eran sus objetivos de lucha y sus intenciones en la colaboración con la lucha del pueblo, o, en el caso contrario, su vinculación y participación en la guerra contra el pueblo. Y, sobre todo, la manera de actuar, de hacer política y de vivir de aquellos líderes se transforma hoy en un espejo en el que podemos ver si lucharon (y luchan) con sincero amor por el pueblo o no, y si lucharon por una auténtica liberación de nuestro pueblo o si solo querían algunos cambios para que todo siguiera igual.
Este criterio vale para todos los pueblos y para todos los líderes sociales y políticos, para todos los gobernantes y responsables de organizaciones sociales. Se trata de un discernimiento en la profundidad y el silencio de la conciencia de cada uno. En cualquier caso, los criterios de monseñor Romero siguen siendo muy válidos y deben iluminar a todos aquellos que opten por un cargo público, ya sea en organizaciones comunales, ONG, alcaldías, la asamblea, como magistrados o en el gobierno.Por supuesto que vale también al interior de organizaciones religiosas y de la Iglesia en su conjunto a todos los niveles.
Cita 9 del capítulo VIII (Los mártires) en el libro “El Evangelio de Mons. Romero”