Una gran esperanza de que Dios va con nuestra historia

10 abr 2026 - 10:42

“¿Ven cómo los acontecimientos de los pueblos los aprovecha la historia de la salvación para sembrar en los hombres la esperanza, el arrepentimiento, el retorno a Dios, la alegría de sentirse acompañados por Dios en la historia?Esta es la enseñanza de este primer pensamiento, hermanos, en este tiempo de Adviento: una gran esperanza de que Dios va con nuestra historia. Dios no nos ha abandonado.” (9 de diciembre de 1979)

Monseñor Romero nos recuerda hoy que la historia de salvación surge de los acontecimientos de los pueblos. Así nace la esperanza de los pobres. Sin embargo, son quienes tienen el poder económico, político y militar quienes definen los pasos de la historia. Recordemos que, en El Salvador, los Acuerdos de Fin de Guerra abrieron espacios políticos para la democratización, pero impidieron cualquier posible reestructuración justa de la economía. A pesar de todo, la historia de salvación siempre siembra la esperanza en las personas pobres, a pesar de las actuales denuncias sobre el desmantelamiento de la frágil democracia. 

Como hemos comentado en varias ocasiones, los políticos se han acostumbrado a terminar sus discursos pidiendo que Dios bendiga al pueblo. Son palabras de bendición pronunciadas desde el poder.  Nunca significarán salvación para el pueblo. Monseñor Romero nos invita, en medio de la crisis, a confiar y descubrir que Dios, «el Dios de la vida, el Dios de Jesús, no nos ha abandonado». Cuando las personas pobres confían en ese Dios, nace la esperanza y van haciendo caminos viviendo los valores de la solidaridad, la fraternidad, la justicia, la verdad, etc. En estos tiempos, en América Latina hace falta que esa esperanza mueva al pueblo para que se organice bajo su propia responsabilidad, independientemente de quienes están en las cúpulas de los partidos políticos.  Consideramos que las iglesias pueden desempeñar un papel fundamental en la organización del pueblo. ¿No es eso lo que promovía el padre Rutilio Grande en la zona de Aguilares? ¿No es eso lo que sucedió cuando la arquidiócesis de San Salvador fomentaba la creación y el acompañamiento de cooperativas de producción, comercialización, ahorro y crédito, y vivienda? ¿No fue el gran impulso del Espíritu Santo cuando, en los años sesenta y setenta, la formación y concienciación cristianas llevaron al pueblo a organizarse para su defensa y liberación?  ¿No fue el gran impulso del Espíritu cuando, en los años sesenta y setenta, la formación y concienciación cristianas llevaron al pueblo a organizarse para su defensa y liberación?  

Deseamos que, en las comunidades eclesiales de base, en las parroquias y congregaciones, el pueblo pueda expresar su grito y su esperanza, y que los pastores y pastoras (laicos y laicas, y religiosos y religiosas) animen la organización popular de un nuevo dinamismo. Quizás, solo estando abiertos a esa esperanza sembrada en los pueblos, se podrán abrir caminos más amplios para los valores del Reino de Dios. Vivamos la esperanza en concreto, en la realidad histórica y motivando y animando para la organización popular. Si se pudo en los años 60 y 70, ¿por qué no ahora?

En Europa, en lugar de esperanza para un futuro mejor, más digno y más humano, lo que se observa es más bien decepción y temor. La gente está decepcionada porque los gobiernos están disminuyendo los fondos destinados a las áreas sociales. Especialmente las personas más débiles y vulnerables sufrirán las consecuencias. La clase media se verá fuertemente afectada por las nuevas reformas de pensiones.El avance electoral de los partidos de extrema derecha augura un futuro oscuro de discriminación y exclusión para quienes no respondan a las características de quienes se consideran los verdaderos herederos de la humanidad. Por otro lado, la guerra de Rusia contra Ucrania, tan cercana en Europa, hace que el «nunca más guerra» (eslogan del final de la Primera Guerra Mundial) parezca más lejano que nunca. Estamos en tiempos de militarización, de auge de la producción bélica, de mayor inversión en armas y en el ejército. Se sacan millones de millones de euros de la nada. La guerra de los EEUU e Israel contra Irán, a pesar del frágil alto al fuego, parece más bien extenderse cada vez más. ¿Quién no estaría preocupado por el futuro inmediato? 

Pero hay más.  En el conjunto de nuestro mundo, vivimos en un «entretiempo», entre dos tiempos, entre dos épocas.  Percibimos que los equilibrios económicos, políticos y sociales se están rompiendo, y que los nuevos equilibrios aún no se vislumbran. Son tiempos de mucha inseguridad. 

En estos tiempos de decepción, miedo e incertidumbre, escuchamos a monseñor Romero hablar de la esperanza que surge en la historia, especialmente en la vida de los pobres. A pesar de todo, los pobres rara vez pierden la esperanza de que algo nuevo irrumpa en su realidad y en la historia. Quienes creemos que Dios no abandona a la humanidad (a pesar de los graves errores y fracasos inmensos) podemos alimentarnos de la esperanza de los pobres, de su tenacidad para buscar alternativas, de su convicción de no dejarse vencer ni claudicar.  Por eso, las iglesias deberían esforzarse mucho más por acompañar a los pobres de sus pueblos en su camino hacia el mañana. De nada nos sirve hablar litúrgica o teológicamente sobre la esperanza (especialmente en tiempos de Adviento), si no estamos estrechamente relacionados y solidariamente vinculados con los pobres (excluidos, marginados, empobrecidos, los «sin techo, sin pan, sin trabajo»).  Ahí deberían estar invertidos los mejores esfuerzos y energías de las iglesias. El Antiguo Testamento ya estableció como prioridad la atención a «las viudas, los huérfanos y los extranjeros». Jesús se nos hace presente y nos habla en la historia de hoy desde los que tienen hambre y sed (Mt 25). Ahí podremos alimentar nuevas esperanzas para una vida mejor, un mundo mejor.

 Cita 9 del capítulo IX (la esperanza) en el libro “El Evangelio de Mons. Romero” (Es la última cita en el capítulo IX).

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