El mundo de los pobres nos enseña -2

06 mar 2026 - 16:36

“El mundo de los pobres nos enseña cómo ha de ser el amor cristiano que busca ciertamente la paz, pero desenmascara el falso pacifismo, la resignación y la inactividad; que debe ser ciertamente gratuito pero debe buscar la eficacia histórica.” (2 de febrero de 1980)

En su discurso ante el mundo con motivo de la concesión de su doctorado honoris causa, monseñor Romero denunció tres actitudes que con frecuencia se dan entre los cristianos en el ámbito eclesial.Entre ellas, denuncia y desenmascara el «falso pacifismo», es decir, estar a favor de la paz en términos tan generales que no llegan a las estructuras de injusticia y violencia sistémicas. Es cómodo hablar de la paz mundial o de la paz del corazón cuando se tienen garantizadas las tres comidas al día, seguro médico, vivienda amplia, etc. También desenmascara «la resignación y la inactividad» ante las terribles dinámicas violentas guerreras de las potencias mundiales en sus carreras armamentísticas. Monseñor vivía tiempos de opresión y represión, cuando la guerra contra el pueblo estaba a punto de estallar. En sus homilías, mensajes radiales y escritos, llamaba al pueblo a activarse, a tomar conciencia de su realidad, a organizarse para lograr sus justas reivindicaciones y a luchar para erradicar el injusto sistema económico. 

Monseñor nunca aceptó que la violencia se pudiera resolver con más violencia. Hizo un llamamiento al ejército para que dejara de reprimir al pueblo. Hizo un llamamiento a las organizaciones populares y guerrilleras para que buscaran otros caminos. La violencia engendra violencia. Quiso poner fin al círculo vicioso de la violencia que arrastraba a cada vez más gente y a más medios, hasta abarcar al país entero. Exigió al presidente de EE. UU. que no enviara armas a El Salvador. 

Defendió y aclaró que el amor cristiano «debe ser ciertamente gratuito, pero también eficaz históricamente». Solo el diálogo tendrá eficacia histórica, como hemos visto posteriormente en el camino hacia los acuerdos de fin de la guerra. Hoy vivimos tiempos de ausencia de diálogo en la búsqueda de acuerdos nacionales en tiempos de profunda crisis sanitaria y económica. De nada sirve hablar de Dios y repetir que «primero Dios» vamos a salir adelante si no dejamos de intentar eliminar al otro, si no estamos dispuestos a sentarnos en la mesa de diálogo y negociación. Hoy habrá que negociar nuevos acuerdos de paz justa, no porque las armas maten, sino porque las enfermedades, el hambre, etc., están matando.

Esta búsqueda de un amor históricamente eficaz no es solo un camino que deben recorrer la clase política y económica, sino también las bases de la sociedad: cada colonia, cada municipio.Y las iglesias, que deben dar testimonio y ser expertas en «amor cristiano», no pueden quedarse atrás.A todos los niveles, las iglesias tenemos la responsabilidad de ser luz en el camino, de abrir brechas y de ofrecer alternativas. Entre las personas que ostentan cargos de poder hay quienes se identifican como cristianos, pertenecientes a una u otra denominación eclesial. Sin embargo, no vemos cómo los líderes de las iglesias inspiran o motivan para buscar, desde el amor cristiano, caminos de paz y concordia. Predicamos la paz, pero parece que no somos capaces de ser fermento de paz. En el ámbito católico salvadoreño, muchos feligreses sienten devoción por la Reina de la Paz, y no pocas autoridades civiles se reúnen para celebrar su fiesta cada año. ¿Por qué no se logra transformar los corazones de los políticos (sean o no cristianos) para que el amor cristiano sea eficaz a la hora de construir una paz auténtica, fruto de la justicia?

Monseñor Romero nos recuerda que «el mundo de los pobres nos enseña cómo ha de ser el amor cristiano». No hay otro camino. En la actualidad, las personas sin recursos siguen siendo las principales víctimas de la crisis sanitaria, educativa, económica y de mera supervivencia. Solo una verdadera transformación del modelo económico puede abrir las puertas a una paz duradera. Mientras las autoridades legislativas, ejecutivas y judiciales estén alejadas del mundo de los pobres o proclamen hablar en su nombre mientras viven rodeados de lujos, inmunidades y seguridades, no se podrá avanzar. Pero las iglesias deberían dar ejemplo asumiendo las causas profundas de la miseria y el dolor que sufren las personas pobres.

Hace unas semanas, una ministra belga anunció que la fiesta había terminado: se van a controlar más a las familias que reciben subsidios y ya no se podrán acumular varios subsidios en una misma familia. Y todo esto mientras los mismos ministros viven de jugosos salarios y beneficios de todo tipo, ya que además de ministros son alcaldes en su municipio, están en las directivas de varias organizaciones y empresas. Esto garantiza una acumulación de grandes ingresos. Quieren revisar (quizás con razón) los mecanismos, procedimientos y criterios para las ayudas de subsistencia y otras, pero, mientras no terminen radicalmente con la acumulación de puestos con salarios y beneficios elevados, no tienen derecho a hablar ni a juzgar a otros. No, señora ministra, solo desde la realidad de las y los pobres se pueden entender los verdaderos problemas de la historia actual de nuestro pueblo. Lamentablemente, no escuchamos la voz de las iglesias al respecto.

Cita 8 del capítulo IV  (Los pobres)  en el libro “El Evangelio de Mons. Romero”

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