La predicación de Cristo: despertad, convertíos.
“Predicación que no denuncia el pecado, no es predicación del Evangelio. Predicación que contenta al pecador para que se afiance en su situación de pecado, está traicionando el llamamiento del Evangelio. Predicación que no molesta al pecador, sino que lo adormece en el pecado es dejar a Zabulón y Neftalí en su sombre de pecado. Predicación que despierta, predicación que ilumina, como cuando se encienda una luz y alguien está dormido, naturalmente que lo molesta, pero lo ha despertado.Esta es la predicación de Cristo: despertad, convertíos. Esta es la predicación auténtica de la Iglesia. Naturalmente, hermanos, que una predicación así tiene que encontrar conflicto, tiene que perder prestigios mal entendidos, tiene que molestar, tiene que ser perseguida. No puede estar bien con los poderes de las tinieblas y del pecado.” (22 de enero de 1978)
Hoy en día, vivimos en tiempos de muchas denuncias laicas: denuncias de ONG, centros de estudio, institutos, think tanks, denuncias de partidos políticos, denuncias también de gente del gobierno sobre otras instancias. Incluso hay radios que parecen haberse especializado en denunciar al gobierno, ya que no tienen espacio para otras noticias.
Por otro lado, se oye muy poca denuncia o proclamación (que forman la predicación profética) por parte de las iglesias. No es que no haya, sino que no se oye con fuerza profética y no está articulado entre las diferentes autoridades eclesiásticas ni entre las diferentes iglesias.Da la impresión de que el ecumenismo profético o el profetismo ecuménico aún no se ha desarrollado bien.
En la cita que comentamos, monseñor nos habla de «los poderes de las tinieblas y del pecado». Son dos maneras de expresar lo mismo: el poder de las tinieblas y el poder del pecado. En varias ocasiones ha denunciado la idolatría de esos poderes (económicos, políticos e ideológicos). Estos poderes se han convertido en el sistema de la sociedad actual, se han arraigado en nuestra cultura y se han convertido en estructuras de poder, es decir, de pecado, que minan, obstaculizan y destruyen el avance del Reino de Dios en nuestra historia. En tiempos electorales, los líderes políticos y, especialmente, los candidatos a «puestos» tratan de sacar a la luz las posibles fallas y, sobre todo, las omisiones del «adversario» (aún hoy parece que han vuelto a ser «enemigos»). Al mismo tiempo, hacen lo imposible para esconder sus propias fallas históricas (sobre todo, si ya han estado en el gobierno) y omisiones (todo lo que prometieron y no cumplieron, todo lo que tenían que haber hecho y no hicieron).
Monseñor Romero miraba la sociedad, la historia y los acontecimientos desde la perspectiva de las personas pobres: la vulnerabilidad y la precariedad de sus viviendas, sus luchas por sobrevivir (sin trabajo, en la economía informal), su decepción histórica por la falta de atención sanitaria, su débil organización popular, la falta de acceso al agua potable, sus esperanzas tantas veces frustradas, etc. Y luego, denunciando esos poderes de la tiniebla, Monseñor habla en nombre de Jesús, el Cristo (el Salvador), llamando a todos y todas a «despertar y convertirse».Llamaba a los pobres a tomar conciencia de su realidad, que no era la voluntad de Dios, sino el grito de Dios pidiendo su liberación, y a convertirse en actores activos. Les llama a organizarse para defender sus derechos legítimos. Llama a los ricos (aquí se incluyen los políticos con sus lujosos salarios, seguros de vida, vehículos, seguridad, inmunidad —muchas veces impunidad—, bonos dos veces al año, etc.) a despertar y dejarse guiar por la luz que brilla en los pobres, a no dejarse seducir por el poder, el lujo, las riquezas y la corrupción, y a convertirse. Convertirse significa tomar conciencia de estar en las tinieblas del poder y salir de ellas. Oímos las claras llamadas de Monseñor Romero a la clase política y a los más ricos de nuestras sociedades. Pero, ¿cómo se escuchan hoy esas llamadas en nuestra sociedad?
Las iglesias estamos llamadas a asumir más nuestra responsabilidad ecuménica de ser la voz de los pobres, de ser «predicación de Cristo», no en términos teóricos, sino mediante la denuncia y el anuncio profético, para que los pobres tengan vida y en abundancia.
Monseñor Romero menciona en la misma cita que esa misión profética provoca conflictos con quienes viven del poder y de la riqueza. «Una predicación así tiene que encontrar conflicto, tiene que perder prestigios mal entendidos, tiene que molestar, tiene que ser perseguida. No puede estar bien con los poderes de las tinieblas y del pecado». ¿Estaría aquí la razón por la que la mayoría de los eclesiásticos no se arriesgan a ser esa voz profética que llama al pecado por su nombre y apellido y convoca a la conversión?
Cita 8 del capítulo V (Pecado y conversión) en el libro “El Evangelio de Mons. Romero”