Rostro de Cristo entre costales
“Cuando despreciamos al pobre, al cortador de café, o de caña, o de algodón, al campesino que hoy va en caravanas buscando el sustento de todo el año, pensemos, hermanos, no lo olvidemos, es el rostro de Cristo. Rostro de Cristo entre costales y canastos de cortador. Rostro de Cristo entre torturas y maltratos de las cárceles. Rostro de Cristo muriéndose de hambre en los niños que no tienen qué comer. Rostro de Cristo el necesitado que pide una voz a la Iglesia. “ (26 de noviembre de 1978).
Quizás monseñor Romero inspiró el texto de la III Conferencia Episcopal Latinoamericana celebrada en Puebla a finales de enero de 1979. En él, los obispos hablan de la realidad y dicen: «La situación de extrema pobreza generalizada adquiere en la vida real rostros muy concretos en los que deberíamos reconocer los rasgos sufrientes de Cristo, el Señor, que nos cuestiona e interpela». Luego mencionan los rostros de niños golpeados por la pobreza desde antes de nacer; de jóvenes que no encuentran su lugar en la sociedad; de indígenas y afroamericanos que viven en situaciones inhumanas; de campesinos privados de tierra y sometidos a la explotación; de obreros mal pagados y con dificultades para organizarse; de subempleados y desempleados, despedidos en tiempos de crisis del modelo de desarrollo; de marginados y hacinados urbanos que viven en la pobreza frente a la ostentación de la riqueza de unos pocos; y de ancianos marginados por ya no ser productivos.
Monseñor Romero lo expresa con palabras que el pueblo entiende bien. Él veía el «rostro de Cristo entre costales y canastos de cortador», hablando de la miseria en la que tienen que vivir y trabajar las personas cortadoras de café, algodón y caña. Podemos incluir ahora a las y los trabajadores de las máquinas de coser en las maquilas y en muchas otras empresas donde no se respeta la dignidad de las y los trabajadores. Incluyamos también a todas las personas que sobreviven gracias a la economía informal en las calles: vendedores ambulantes.
Luego menciona rostro de Cristo entre torturas y maltratos de las cárceles. No estamos hoy en las mismas circunstancias. Pero las cárceles siguen sobrepobladas hasta niveles totalmente inhumanos. Todavía tenemos presentes las imágenes de los centenares de presos amontonados, medio desnudos. Las imágenes de los pandilleros presos en el CECOT dan escalofríos. Todavía hay personas que están encerradas sin haber sido juzgadas. . Jesús habló de su presencia en los presos (Mt 25, 36). Monseñor menciona el rostro de Cristo en las cárceles. Quizás no nos guste, pero está claro en el Evangelio.
«Rostro de Cristo muriéndose de hambre en los niños que no tienen qué comer». Jesús está presente en aquellos que sufren hambre, que mueren de hambre. Hoy podemos añadir en El Salvador: en las familias que perdieron su vivienda y a algún familiar arrastrado por el agua. La preocupación por la salud no puede dejar de lado el grito de las miles de familias que pasan hambre por no tener trabajo, por tener la economía paralizada. Pero no debemos quedarnos aquí, hay que mirar más allá de nuestras fronteras: hambrunas provocadas en Palestina, Sudán y otros países.
Desde Europa, debemos añadir los rostros de Cristo en las familias que buscan refugio en nuestro país, familias de migrantes que huyen de guerras y hambrunas. Rostros de Cristo en las familias que buscan una vivienda asequible.Rostros de Cristo en las personas sin hogar que duermen en nuestras calles. Rostros de Cristo en las familias que pronto se quedarán sin subsidio de supervivencia. Rostros de Cristo en los heridos y moribundos de las guerras. Rostros de Cristo en...
El último «rostro de Cristo» del que habla Monseñor en esta cita es: «Rostro de Cristo el necesitado que pide una voz a la Iglesia». Habrá necesitados que pidan a la Iglesia que sea su portavoz, como grito al cielo, como denuncia y lamento de su miseria. Pero la mayoría de los necesitados solo lloran y gritan.Ninguna iglesia debe esperar a que las familias o comunidades en desgracia pidan ayuda. Deben actuar «de oficio», es decir, por ser Iglesia, por llamarse cristiana. Deben traducir el amor de Dios que proclaman en acciones muy concretas de solidaridad y servicio. No basta con ser la voz de la denuncia. El profetismo pierde su esencia si no promueve activamente la solidaridad. No basta con hablar (en nombre de los necesitados), hay que caminar con ellos en la búsqueda y construcción de soluciones. No basta con denunciar los atropellos a los derechos humanos; hay que ser, en primer lugar, promotor de los derechos y los deberes. Hay que meterse en el barro.
Aunque lamentamos sobre todo el silencio de líderes y comunidades de iglesias, también hay experiencias muy valientes de comunidades y personas eclesiales que no tienen miedo de «estar en el barro» con esos Cristos sufrientes.
Quien quiera encontrarse con Jesús debe mirar esos rostros que el Evangelio anuncia en términos bíblicos, que monseñor presentaba en la realidad salvadoreña y que Puebla ha visibilizado a nivel continental. Pero debemos abrir los ojos y los oídos a nivel mundial. Esos rostros de Cristo sufriente se encuentran muy cerca de nosotros.
Cita 9 del capítulo II (Jesús de Nazareth) en el libro “El Evangelio de Mons. Romero”