Misión, culturas y ecología en la Amazonía

El próximo Sínodo de Obispos para la Amazonía, que se va a celebrar próximamente, nos remite a cuestiones y realidades esenciales de la fe. La iglesia nace de la llamada (Gracia) del amor y seguimiento de Jesús, para servir a la misión que se realiza en el anuncio, celebración y servicio del Reino de Dios ya actuante en el mundo e historia, que se consuma en la vida plena-eterna. La misión supone pues anunciar la vida y pascua de Cristo, Dios encarnado y verdadero, que nos trae el Reino y su salvación con su amor fraterno, paz y justicia con los pobres de la tierra que nos va liberando de todo mal, pecado, muerte e injusticia.

Esta evangelización que efectúa la misión se condensa en la proclamación y aceptación del kerygma, la pascua de Jesús Crucificado y Resucitado por el Reino, que nos regala toda esta salvación liberadora e integral; con una conversión y seguir a Jesucristo, el Hijo, que nos lleva al Padre en el Espíritu, a la unión con el Dios vivo y verdadero, la Trinidad, misterio de comunión y amor. Celebrando así esta fe y conversión a Dios en Cristo y su Espíritu por medio del sacramento del bautismo, que nos libera del pecado, nos hace hijos de Dios e introduce en la comunidad de Jesús, la iglesia.

Y en este camino de la fe, hacemos memoria de esta pascua salvadora y liberadora del amor entregado de Cristo con la celebración de la eucaristía, que nos lleva a la confirmación de la fe para la vida plena en el Espíritu, insertándonos en la misión de la iglesia. Esto es, el anuncio, confesión y testimonio del Evangelio de Jesús y su vida de amor, paz y justicia con los pobres. La misión de la iglesia desarrolla toda esta iniciación cristiana, para ser discípulos misioneros en este seguimiento de Jesús, formando parte de la vida de iglesia. Siendo miembros de las comunidades del Pueblo de Dios, que se tienen que ir fundando y expandiéndose en las iglesias locales. Una iglesia, toda ella pueblo de Dios, con su diversidad de carismas y ministerios como el del orden que, en la iglesia católica, se sustenta con sus características propias hace ya más de dos milenios, tal como nos transmiten los sucesores de Pedro, los Papas.

Dicha misión evangelizadora con la transmisión de toda esta fe se va inculturando en los diversos pueblos, con el anuncio del Evangelio y su enseñanza moral, que acoge todo lo bueno de estas culturas como son la andinas e indígenas y (al mismo tiempo) las libera de todo mal e injusticia. No es posible identificar la fe y su ética con ninguna cultura que siempre es finita, limitada y no se puede sacralizar, valorando todos sus aspectos positivos a la misma vez que corrige sus fallos o limitaciones, propias de toda creación cultural y humana.

En este sentido, por tanto, el dialogo inter-cultural e inter-religioso es necesario e imprescindible para la misión, en el encuentro fraterno e inclusivo con todo lo verdadero y bello que contiene todas estas religiones y culturas. Evitando, asimismo, un pluralismo indiscriminado que no realza la singularidad y universalidad del Dios revelado en Cristo Salvador, que es el camino más auténtico y pleno de la salvación para el cristiano, para toda la humanidad y el mundo.

Tal como afirman los obispos españoles en un último documento, “Orientaciones doctrinales sobre la oración cristiana”, hay que dejar claro “el carácter absolutamente singular del acontecimiento de la Encarnación del Hijo de Dios…La Encarnación es un acontecimiento único y Jesucristo manifiesta la singularidad que le confiere su constitución divino-humana. La humanidad de Cristo, el camino concreto para llegar a Dios, tiene un carácter único y su enseñanza un valor” que no se puede equiparar a otras (cf. n. 8). “La universalidad salvífica de Jesucristo «abarca los aspectos de su misión de gracia, de verdad y de revelación»” (n. 4).

En la unión con Dios Padre en Cristo, el Hijo eterno e increado, con sus hermanos (todos los seres humanos) y con toda su creación se realiza el más auténtico buen vivir. Esa ecología integral que une inseparablemente el amor de Dios y a toda persona, la justicia social-global con los pobres y la ambiental con el cuidado de la casa común que es nuestro planeta tierra. Una ecología humana e integral, con una bioética global, que cuida y protege la vida en todas sus fases, desde el inicio con la fecundación-concepción, dimensiones y formas.

Como dicen los obispos argentinos en un último documento, “El Dios de la Vida y del Amor Humano”, “elegimos la vida, nos manifestamos siempre a favor de ella y comprometemos todos nuestros esfuerzos en cuidarla y promoverla como el mayor bien que recibimos. La misma defensa de la vida nos lleva a cuidar de los niños no nacidos, pero también la vida de los pobres, de los indefensos, de los vulnerables: toda vida es sagrada, vale toda vida”. Francisco afirma, y nos lo recuerdan en este citado documento sus hermanos los obispos, que hay que defender la vida y dignidad de toda persona, de los pobres, los trabajadores, los niños esclavos u otras víctimas de cualquier esclavitud, trata o abuso; frente a toda agresión a la vida, a cualquier mal, desigualdad e injusticia laboral, social y global.

La ecología social e integral promueve los principios del ser de la persona sobre el tener, de la pobreza solidaria frente al ídolo de la riqueza-ser rico. El bien común por encima del individualismo posesivo e insolidario, el destino universal de los bienes que tiene la prioridad sobre la propiedad, el trabajo digno con un salario justo que está antes que el capital. En donde se antepone la economía real, el desarrollo humano e integral y el trabajo decente a la usura y especulación de esta economía que mata, extractivista e insostenible. Se basa así en la espiritualidad y conversión a Jesucristo con la vida de santidad en el amor fraterno, en la pobreza evangélica, solidaria en austeridad y decrecimiento, en la comunión de bienes y acción por la justicia con los pobres de la tierra. Frente al productivismo, desarrollismo, vida burguesa, consumismo, lujo y codicia. Es la iglesia pobre con los pobres como sujetos protagonistas de su promoción liberadora e integral en contra de todo elitismo, “liderismo” y asistencialismo paternalista.

En esta línea de dicho documento de la iglesia argentina con Francisco, la ecología humana e integral afirma el valor del amor único e irrepetible entre el hombre y la mujer que, en su fidelidad fecunda, conforman el matrimonio con la familia abierta a la vida, a los hijos y a la solidaridad. Citando a Francisco, los obispos argentinos nos advierten contra ideologías e ideologizaciones que “niegan la diferencia y la reciprocidad natural entre la mujer y el varón, y se constituyen como una seria amenaza al vínculo primario y esencial del binomio humano”. Es una antropología real, encarnada e integral que acoge el don de la realidad corporal del hombre y la mujer en su unidad, complementariedad y diversidad; con ese amor fecundo y bello del matrimonio-familia, que se realiza en la santidad, misión y militancia solidaria por la justicia con los pobres.

Y es que, remitiendo a otro significativo documento de la Congregación para la Educación Católica, “Varón y mujer los creó”, “la luz de una ecología plenamente humana e integral” nos muestra “el núcleo de esa ecología del hombre, que se mueve desde el «reconocimiento de la dignidad peculiar del ser humano»; desde la necesaria relación de su vida «con la ley moral, escrita en su propia naturaleza». Y así se hace “necesario reiterar la raíz metafísica de la diferencia sexual: de hecho, hombre y mujer son las dos formas en que se expresa y se realiza la realidad ontológica de la persona humana. Esta es la respuesta antropológica…” (cf. nn. 24-30). Tal como se observa, como nos enseña todo lo expuesto hasta aquí la tradición bíblica y de la iglesia con el magisterio de los Papas como Francisco, estas claves y criterios de la misión son esenciales para la conversión misionera, pastoral y ecológica en la Amazonía y todo el mundo

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