Un Proyecto Espiritual: Misión Justicia y Paz

En este día que celebramos la fiesta de todos los santos. Y como respuesta a los tiempos difíciles que vivimos en el mundo e iglesia, queremos presentar una propuesta de renovación para la humanidad y para la iglesia a la que ella misma, como nos manifiesta actualmente el Papa Francisco, nos está llamando. En la línea que nos marcara el Concilio Vaticano II, se trata de asumir nuestra vocación a la santidad que, en este sentido por el mismo bautismo, nos ha sido regalada por Dios. La santidad que no es ni más ni menos que desde el Don de Dios, en un proceso de conversión permanente, ir buscando la plenitud del amor fraterno en la pobreza solidaria, en la responsabilidad por el bien común y compromiso por la justicia liberadora con los pobres de la tierra. Es el conocimiento y experiencia de los santos en el seguimiento de Jesús con su Espíritu que, en su iglesia, nos hace asumir y actualizar todo este legado de la santidad en la realidad histórica actual.

Como nos enseña la iglesia y nos transmitiera Pablo VI, esta santidad en el amor se realiza en el compromiso por la paz y la justicia en el mundo, que supone un conocimiento y análisis de la realidad social e histórica de nuestro mundo actual. Y tiene como clave constitutiva la formación y praxis en el carácter social de la Biblia y del Evangelio, en el pensamiento social cristiano y en la conocida como doctrina social de la iglesia. Toda esta imprescindible enseñanza social de la fe, que supone e implica la lucha por la paz y la justicia con los pobres, es esencial para la misión de la iglesia. La evangelización de la iglesia tiene como elementos constitutivos toda esta realización de la paz y de la justicia social-global. El protagonismo de los pobres en su promoción liberadora e integral. La defensa de la dignidad del trabajo y de los trabajadores, de los derechos humanos y del desarrollo (humano, ecológico e integral).

Está en la entraña de la misión evangelizadora defender y promover la civilización del amor, la vida digna de las personas, la dignidad y vida de los pobres, de los excluídos y todas las víctimas. Lo cual realiza la vocación profética de la iglesia: en el anuncio del Evangelio del Reino de la paz y la justicia liberadora que Dios nos regala; y, asimismo, en la denuncia de todo aquello que vaya en contra de la vida y dignidad de las personas, de toda injusticia, mal y pecado que oprime e impide el bien común. Es la encarnación e inculturación del Evangelio y de la fe que transforma todas las relaciones inhumanas, las culturas y las estructuras sociales de pecado, los sistemas políticos y económicos injustos.

Una santidad que desde la vocación y misión específica de la santidad bautismal del laicado se realiza, de forma más directa e inmediata, en la caridad política que busca transformar toda la realidad en el bien y en la justicia con los pobres. El carisma e identidad peculiar del laicado en la iglesia es esta gestión y renovación que, más inmediata y directamente, va ajustando al Reino de Dios y su justicia toda esta realidad personal y social, cultural, económica, política e histórica.

Creemos que todo ello, por tanto, es lo que más necesita el mundo, la fe e iglesia. Todo este carisma y misión que personal y comunitariamente, en la santidad del amor y de la pobreza solidaria, en comunidades solidarias y eclesiales: anuncia y promueve el Evangelio de la paz y justicia liberadora con los pobres de la tierra; impulsa el conocimiento y formación del pensamiento social de la fe e iglesia para ponerlo en práctica en la realidad histórica, y que se vaya realizando la civilización del amor; promociona una laicado formado y maduro que realiza su vocación específica en la caridad política, para la búsqueda del bien común, en la gestión y renovación de un mundo más justo y fraterno como Dios quiere. Es una vida cristiana con una espiritualidad y mística profunda. Una experiencia honda y de encuentro personal con el Dios revelado en Jesús, que lleva a la realización y felicidad humana, espiritual y trascedente que culmina en la vida plena, eterna.
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