"La realidad no permite rodeos" SEDAC, un mensaje necesario, pero insuficiente: Centroamérica exige una palabra profética más valiente
"El reciente Mensaje del Secretariado Episcopal de América Central (SEDAC) al Pueblo de Dios en América Central, con motivo de su Asamblea Ordinaria, aunque honesto y pastoral, queda corto frente a la gravedad de las causas estructurales que están desangrando nuestros pueblos"
"Centroamérica necesita que sus pastores proclamen una palabra que rompa el silencio cómplice, que confronte explícitamente a quienes destruyen la vida, que denuncie a los poderes que gobiernan para intereses privados mientras condenan a la pobreza a millones"
"Hoy, una Iglesia profética no puede limitarse a nombrar los efectos: debe señalar las causas y a los causantes. La esperanza cristiana no es evasión: es compromiso"
"Hoy, una Iglesia profética no puede limitarse a nombrar los efectos: debe señalar las causas y a los causantes. La esperanza cristiana no es evasión: es compromiso"
| Víctor M. Ruano P. Pbro. Diócesis de Jutiapa, Guatemala
El reciente Mensaje del Secretariado Episcopal de América Central (SEDAC) al Pueblo de Dios en América Central, con motivo de su Asamblea Ordinaria celebrada en Honduras, del 24 al 28 de noviembre, 2025, llega en un momento decisivo para la región. Sus palabras de esperanza, su reafirmación del Credo de Nicea y su preocupación por la juventud, la migración y la Casa Común son, sin duda, un aporte pastoral valioso. Sin embargo, Centroamérica vive una de las etapas más oscuras desde el fin de los conflictos armados, y el mensaje —aunque honesto y pastoral— queda corto frente a la gravedad de las causas estructurales que están desangrando nuestros pueblos.
La realidad no permite rodeos. La región está capturada por una élite político-económica que ha consolidado una red de corrupción, crimen organizado, militarización encubierta y extractivismo desbordado. Los obispos denuncian con fuerza la explotación depredadora que devasta la Casa Común, el asesinato de líderes ambientales, la criminalización de defensores comunitarios y la migración forzada de millones. Pero no nombran a los responsables directos: gobiernos autoritarios, regímenes corruptos, sistemas de justicia coludidos que promueven la impunidad, empresas extractivas en connivencia con el crimen, redes político-militares que operan como estructuras de poder paralelo, y sectores empresariales sin escrúpulos que ven la región únicamente como un territorio de saqueo para enviar sus jugosas ganancias a la banca española u otras de Europa.
La referencia al extractivismo es clara en el mensaje, pero no se explicita el vínculo entre minería, narcotráfico, tráfico de personas, corrupción estatal y fuerzas de seguridad penetradas por el crimen organizado. La omisión no es menor. Sin señalar esas conexiones, la denuncia pierde filo y puede parecer solo una advertencia moral, cuando lo que la región exige es una palabra profética que llame las cosas por su nombre.
El SEDAC lamenta la muerte y persecución de líderes socioambientales. Pero faltó reconocer que muchos de ellos fueron asesinados en contextos donde la Iglesia local —a veces por miedo, otras por presión política o económica— guardó silencio o llegó tarde para acompañarlos. Se echa en falta una autocrítica valiente, que muestre que la Iglesia también está caminando hacia una conversión pastoral y estructural.
Otro gran silencio está en la escalada autoritaria que vive Centroamérica. En varios países: se cierran espacios democráticos, se persigue a la prensa, se cooptan cortes constitucionales, se encarcelan opositores, se elimina el estado de derecho.
Los obispos hablan de “realidades preocupantes”, pero no mencionan la palabra clave: autoritarismo. Sin nombrarlo, los poderes que destruyen a nuestros pueblos continúan avanzando sin resistencia moral suficiente.
El mensaje también toca de manera general lacrisis juvenil, pero no profundiza en las raíces de esa desesperanza: la falta de oportunidades causada por sistemas educativos obsoletos, economías oligárquicas, salarios de miseria, exclusión digital, y una creciente industria del crimen que recluta jóvenes porque saben que el Estado los ha abandonado. La pastoral juvenil no puede reducirse a animación espiritual: necesita una lectura sociopolítica de las causas que expulsan a la juventud de sus países y la lanzan a las manos del crimen o a la migración forzada.
Nos vamos quedando con una Pastoral Juvenil que gira en torno a la Jornada Mundial de la Juventud, preocupada más por obtener los fondos que permitan a los más privilegiados o amigos de los asesores asistir al evento, el próximo será en Corea del Sur, que apuntalar una incidencia efectiva de los jóvenes en la sociedad en que viven. Se han proliferado la celebración de Jornadas Diocesanas o nacionales muy pobres de contenido socio-político-evangélico-pastoral, y mucha animación espiritual de corte neopentecostal que a la larga se vuelve entretenimiento y no compromiso serio con los valores del Reino
En cuanto a la migración, el mensaje reconoce su dramatismo, pero no denuncia de manera abierta la complicidad de los Estados, que usan la migración como válvula de escape para sostener economías dependientes de remesas mientras abandonan a su gente. La Iglesia está llamada a decirlo con claridad: la migración centroamericana es hija directa de la corrupción, el saqueo de los territorios, la violencia estatal y la falta de oportunidades creadas deliberadamente por élites indiferentes.
A pesar de estos vacíos, el mensaje tiene puntos luminosos: la preocupación por la Casa Común, la defensa de la vida de líderes comunitarios, la importancia de la educación, el llamado a acompañar a los jóvenes. Pero la región está en un punto crítico y no basta con exhortaciones generales. Centroamérica necesita que sus pastores proclamen una palabra que rompa el silencio cómplice, que confronte explícitamente a quienes destruyen la vida, que denuncie a los poderes que gobiernan para intereses privados mientras condenan a la pobreza a millones.
"La misión no es solo consolar, sino despertar conciencias, denunciar estructuras de pecado, defender a las víctimas y ponerse al lado del pueblo que sufre"
Hoy, una Iglesia profética no puede limitarse a nombrar los efectos: debe señalar las causas y a los causantes. La misión no es solo consolar, sino despertar conciencias, denunciar estructuras de pecado, defender a las víctimas y ponerse al lado del pueblo que sufre. El mensaje del SEDAC camina en esa dirección, pero necesita avanzar un paso más: arriesgarse con valentía evangélica, porque la región ya no resiste más discursos prudentes.
La esperanza cristiana no es evasión: es compromiso. Y el pueblo centroamericano espera una palabra que ilumine, pero también que denuncie con toda claridad lo que genera muerte para poder abrir camino a la vida digna y plena para todos y todas.
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