Biord: "Venezuela necesita paz, perdón y un proyecto consensuado del país que queremos y nos merecemos"
El arzobispo de Caracas preside la misa de Miércoles Santo por el Nazareno de San Pablo. "Te pedimos Jesús Nazareno que en Venezuela tengamos salud, trabajo digno, justicia, paz y, sobre todo, mucha esperanza sufrimiento nos recuerda que eres un Dios que camina con nosotros rumbo a la resurrección. Te pedimos Jesús Nazareno que en Venezuela tengamos salud, trabajo digno, justicia, paz y, sobre todo, mucha esperanza"
Acudimos como todos los años a acompañar al Nazareno de San Pablo. Este año le devolvemos la visita a su casa, pues el año pasado en el marco del Año Santo visitó las 11 zonas pastorales de nuestra arquidiócesis de Caracas, recorrió barrios y urbanizaciones, visitó nuestras calles y hospitales, peregrinó a los templos jubilares, salió a nuestro encuentro como peregrino de la esperanza.
Como hace 330 años, este año el Nazareno pasará nuevamente por la esquina de Miracielos. Fue en 1696, en medio de la epidemia de peste del vómito negro o escorbuto, se produjo el famoso milagro que la ha valido el nombre de “Limonero del Señor”, inmortalizado en el célebre poema de Andrés Eloy: “Por la esquina de Miracielos, / en sus Miércoles de dolor, / el Nazareno de San Pablo / pasaba siempre en procesión.” Durante su recorrido, la santa imagen tropezó con el famoso árbol, enredándose su cruz. De los frutos caídos, los devotos prepararon una buena limonada que, con la bendición de Dios, logró el prodigio de la curación de la peste, pues los enfermos sanaron rápidamente.
Fijémonos en una cosa: Dios podría haber hecho el milagro solo, sin embargo, quiere nuestra colaboración. Ese día se necesitó algunos que recogieran los limones, otros que trajeran el agua clara de Catuche, algunas señoras que le pusieran un poco de azúcar consolando a los enfermos, otras que repartieran la milagrosa limonada que curó a los pestosos, “bebiendo el ácido licor entre oración y oración”. Es así, el Señor quiere que colaboremos con Él en su plan de salvación.
Jesús Nazareno es el siervo de Yahvé, preconizado en los cantos del profeta Isaías, que carga la cruz de nuestras dolencias y enfermedades. Es elegido para salvar a su pueblo, para liberarlo de la esclavitud y del destierro, no es un hombre todopoderoso que ofende y aplasta a los demás, que impone su dominio e injusticia, sino un personaje humilde y sencillo, que ofrece la espalda a los que lo golpeaban, las mejillas a los que arrancaban su barba, que no esconde el rostro ante ultrajes y salivazos, que se levanta cuando cae, que soporta los latigazos, escupitajos y ofensas, que no duda ni desmaya. Jesús, completamente justo e inocente, es despreciado, desestimado, traspasado, llagado, arrancado de la tierra de los vivos, herido a muerte, y sin embargo se mantiene fiel ante la condena de los hombres e, inclusive, cuando Dios parece abandonarlo. Ante el sufrimiento humano, Dios no tiene otra respuesta que sufrir con el que sufre, llorar con el que llora, morir con el que muerte, para hacer brotar la esperanza. San Agustín, refiriéndose a la resurrección, decía que Jesús “muriendo hizo morir a la misma muerte”. Dios impasible, padece, sufre, para derrotar el mal, la muerte, la opresión y abrirnos a la esperanza de la vida, una vida eterna llena de felicidad y plenitud.
El evangelio de hoy nos presenta la traición de uno de los Doce. Judas Iscariote vende a Jesús por 30 miserables monedas. Lo entrega con un beso. Dios es siempre fiel, pero conoce y sufre la traición. Preguntémonos sobre nuestras pequeñas y grandes traiciones: a las personas que más queremos, a nuestra familia, a nuestros ideales y valores, a la patria, a Dios…Judas fue incapaz de pedir perdón y terminó ahorcándose en su desesperación, Pedro encontró a Jesús y, pidiendo perdón, renovó su amor a Jesús y se puso a su disposición para servir a los hermanos. Dios nos espera con su perdón, sigue confiando en nosotros, espera nuestra conversión y cambio de vida. Depende de nosotros.
Venezuela necesita paz, fruto de la verdad y de la justicia, necesita perdón, necesita generar confianza, necesita un proyecto articulado y consensuado del país que queremos y nos merecemos
La cruz que carga el Nazareno es signo de reconciliación. Tiene dos brazos que unen cuatro extremos: el brazo vertical nos lleva de la tierra al cielo, de lo humano a lo de Dios. El brazo horizontal: nos une por un lado a los hermanos a los que ofrecemos un gesto de paz y por, el otro lado, a la naturaleza que Dios nos regaló como casa común. En estos 800 años del tránsito de San Francisco de Asís, queremos encontrarnos con el Señor de la Cruz, que nos pide ser agentes de paz y bien: paz con Dios, paz con los hermanos, paz con la creación. No es un llamado idílico ni imposible: Venezuela necesita paz, fruto de la verdad y de la justicia, necesita perdón, necesita generar confianza, necesita un proyecto articulado y consensuado del país que queremos y nos merecemos. Tenemos delante una gran oportunidad para construir una paz duradera, comprometiéndonos en el bien común, en la mejora de la seguridad social, en una educación de calidad para niños, adolescentes y jóvenes, en la superación de la pobreza que golpea tantos hogares, en inversiones éticas y responsables que den trabajo digno y oportunidades para todos, en una ecología integral que respete la naturaleza. Venezuela necesita de nosotros, de todos los venezolanos. Es hora de asumir compromisos.
El Papa Francisco, siendo Arzobispo de Buenos Aires, comentando la parábola del Buen Samaritano invitaba “a ponerse la patria al hombro”. Es un llamado válido para los venezolanos: Todos, como los cargadores del Nazareno, debemos cargar la patria hacia un futuro mejor: Cito sus palabras: “Hombres y mujeres que hacen propia y acompañan la fragilidad de los demás, que no dejan que se erija una sociedad de exclusión, sino que se aproximan –se hacen prójimos– y levantan y rehabilitan al caído, para que el Bien sea Común”. Nuestra “existencia está lanzada al camino de hacer patria”, pero, como en la parábola, todos en el camino encontramos al hombre herido. “Hoy y cada vez más ese herido es mayoría, en la humanidad y en nuestra patria. La inclusión o la exclusión del herido al costado del camino define todos los proyectos económicos, políticos, sociales y religiosos. Todos enfrentamos cada día la opción de ser buenos samaritanos o indiferentes viajantes que pasan de largo. Y si extendemos la mirada a la totalidad de nuestra historia y a lo ancho y largo de la patria, todos somos o hemos sido como estos personajes: todos tenemos algo de herido, algo de salteador, algo de los que pasan de largo y algo del Buen Samaritano... No tenemos derecho a la indiferencia y al desinterés o a mirar hacia otro lado. No podemos “pasar de largo” como lo hicieron los de la parábola. Tenemos responsabilidad sobre el herido que es la Nación y su pueblo. Se inicia hoy una nueva etapa en nuestra Patria signada muy profundamente por la fragilidad: fragilidad de nuestros hermanos más pobres y excluidos, fragilidad de nuestras instituciones, fragilidad de nuestros vínculos sociales... ¡Cuidemos la fragilidad de nuestro pueblo herido! Cada uno con su vino, con su aceite y su cabalgadura” (hasta aquí el Papa Francisco). Por eso hoy delante del Nazareno, queremos comprometernos con ese herido que es Venezuela, y necesitamos como dice la campaña de la Cuaresma: “sanar la herida, abrazar la vida”.
Mándanos, Señor, a muchos Cirineos que ayuden a cargar la cruz de los demás, que compartan el peso de los injustamente encarcelados, de los migrantes, de lo que no tienen un trabajo digno, de los que pierden la esperanza. Mándanos a muchas verónicas que limpien el rostro sudoroso y sangriento de los que sufren, de los despojados y sin hogar. Mándanos a muchas Magdalenas y mujeres de Jerusalén que lloren con los que lloran, que acompañen el sufrimiento, que den una palabra de consuelo y de ánimo. Mándanos a la Virgen María, que, al pie de la cruz, es la Madre Dolorosa, la madre que recibe el cuerpo inerte de los hijos sacrificados por las guerras, los conflictos y la violencia. Jesús Nazareno, gracias por caminar con nosotros y compartir nuestra suerte. Pasa delante de nuestras casas, míranos con misericordia, ten compasión de los que pasan hambre y de los enfermos, carga con nuestro sufrimiento como sacrificio para la salvación de todos. Cada uno de nosotros, tomando su propia cruz, te sigue por la Vía Sacra hacia el Gólgota, única escalera que sube al cielo. Te pedimos Jesús Nazareno que en Venezuela tengamos salud, trabajo digno, justicia, paz y, sobre todo, mucha esperanza sufrimiento nos recuerda que eres un Dios que camina con nosotros rumbo a la resurrección. Te pedimos Jesús Nazareno que en Venezuela tengamos salud, trabajo digno, justicia, paz y, sobre todo, mucha esperanza. Que así sea.
