¿Una capilla construida por contrabandistas? Esta es la historia de San Antonio de Panzacola en Coyoacán, México
¿Mito o historia?… Aunque la leyenda no se puede confirmar, lo que sí está documentado es la interesante historia de esta pequeña capilla que ha atravesado siglos de transformaciones en Coyoacán
(Cynthia Fabila L./Desde la Fe).- La noche había cubierto el pueblo de Coyoacán; pasaban de las nueve y, sobre el camino de tierra, apenas se escuchaba el traqueteo de las ruedas de algún carruaje y el ladrido lejano de los perros.
El murmullo del agua rompía el silencio y, de vez en cuando, el canto de un búho sobresaltaba la aparente calma.
Dentro de una de las casonas, una familia esperaba con tensión. Cualquier ruido los ponía en alerta, pues aquello a lo que se dedicaban no les permitía vivir en paz. La mercancía de contrabando que ocultaban podía meterlos en problemas y cada minuto crecía el temor de ser descubiertos por la policía.
Todos se movían con prisa y nadie hablaba de más. Bastaba una mirada para entenderse. Cada movimiento se hacía con rapidez y cautela. Apilaban bultos contra la pared, algunos envueltos en telas gruesas y otros atados con cuerdas, acomodados cuidadosamente para que parecieran parte del mobiliario.
Pero aquella noche tan temida se hizo realidad. Alguien había dado aviso del contrabando oculto en aquella casa. De pronto, se escucharon dos golpes secos en el portón de madera y el miedo se apoderó de todos. Había poco tiempo para pensar y ningún lugar evidente donde esconderse.
La memoria popular conserva la versión de que la familia escondió la mercancía en un cuarto trasero, al fondo de la casona. Se encomendó a san Antonio de Padua. No tenían mucho que ofrecerle y tampoco podían prometer riquezas ni grandes obras. Lo único que pudieron decirle fue “Si logramos salir de esto y los policías no encuentran la mercancía, construiremos un templo para que todos sepan que fuiste tú quien intercedió para salvarnos”.
Mientras la familia hacía su promesa, las autoridades derribaron una parte del portón y comenzaron a registrar la casa. Se escuchaban pasos fuertes y apresurados de una habitación a otra. La madera crujía al caer al suelo, las sillas y los muebles rechinaban con el movimiento, se oía el estrépito de los vidrios y la cerámica al romperse.
La familia logró escapar y la policía no encontró el contrabando. Con el peligro atrás, llegó el alivio, pero también el momento de cumplir lo prometido a san Antonio de Padua.
El relato popular refiere que la familia de contrabandistas cumplió su palabra y mandó construir una pequeña capilla dedicada al santo. Más de dos siglos y medio después, esta todavía permanece junto al antiguo Puente de Panzacola, en Coyoacán.
¿Pero realmente los contrabandistas construyeron la capilla?
En realidad, no existe un documento histórico que confirme que aquella noche ocurrió exactamente como cuenta la tradición. El Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) registra este relato como parte de la tradición oral de Coyoacán, pero no se cuenta con evidencia suficiente para comprobar que una familia dedicada al contrabando haya construido el templo en agradecimiento a san Antonio de Padua.
Incluso, la historia de la capilla es más compleja, pues durante mucho tiempo se le atribuyó una antigüedad mayor, pero las investigaciones del INAH apuntan a que el templo que conocemos actualmente corresponde probablemente al siglo XVIII.
¿Cuándo se construyó realmente la capilla?
La historia de San Antonio Panzacola no es sencilla de fechar, pues se cuentan con varias versiones a lo largo del tiempo y sitúa su construcción en siglos diferentes.
De acuerdo con el Catálogo Nacional de Monumentos Históricos e Inmuebles del INAH, autores e historiadores como Federico Gamboa, José Lorenzo Cossío y Jorge Eduardo Aceves la sitúan en el siglo XVI. Otros, como Luis Everaert, Salvador Novo y César Octavio Larrañaga, consideran que pudo haber sido levantada durante el siglo XVII.
Por su parte, el historiador Xavier Moyssén ubicó su construcción en el siglo XVIII, una fecha que el Catálogo del INAH considera la más acertada, ya que una de las principales pistas se encuentra en un mapa de Coyoacán elaborado en 1750 por Carlos Casuso.
En el mapa aparecen las capillas y templos ubicados entre el río Magdalena y el convento dominico de San Juan Bautista; no obstante, la capilla de Panzacola no aparece representada, lo que permite pensar que todavía no había sido construida en ese momento.
Además, esta hipótesis coincide con otro momento importante en la historia del lugar. Entre 1771 y 1772 se realizaron trabajos relacionados con la hechura o reparación del Puente de Panzacola, por lo que el INAH considera posible que la capilla haya sido construida en años posteriores.
Por tanto, aunque la tradición sitúa su origen en una promesa hecha por unos contrabandistas, la evidencia histórica apunta hacia una construcción del siglo XVIII.
-El Puente de Panzacola y la capilla de San Antonio de Padua, en una representación de José María Velasco realizada en 1860. La obra muestra el antiguo paisaje de Coyoacán, con el río Magdalena, el puente y la capilla rodeados por un entorno rural. Foto Museo Soumaya.
El puente de Panzacola y el paisaje que el tiempo transformó
Hoy, la Capilla de San Antonio Panzacola se encuentra en la esquina de avenida Universidad y Francisco Sosa, entre el intenso tránsito vehicular y el estrepitoso movimiento de la ciudad, muy distinto a dos siglos atrás, cuando el paisaje era muy distinto.
La pequeña capilla estaba junto al río Magdalena y al antiguo Puente de Panzacola, un paso que permitía a los viajeros continuar hacia la villa de San Ángel desde la Ciudad de México. El puente de mampostería fue construido en 1763 y estaba dedicado a san Antonio de Padua, de modo que templo y puente quedaron unidos no solo por su cercanía, sino también por el nombre.
En ese entonces, el agua corría junto al camino y, antes de la apertura de avenida Universidad, la capilla contaba incluso con una plaza conocida como Panzacola, según los registros citados por el INAH.
Ese paisaje llamó la atención de varios artistas, ya que a finales del siglo XVIII y durante el XIX, pintores, litógrafos y dibujantes encontraron en Panzacola un escenario digno de ser representado.
En 1780, el viajero inglés William Reynolds pintó Iglesia de Panzacola con vista al Iztaccíhuatl. Años después, Eugenio Landesio, maestro de la Academia de San Carlos, dibujó la capilla desde la parte posterior.
También Casimiro Castro llevó Panzacola a sus dibujos y uno de ellos fue convertido posteriormente en una litografía por J. Campillo para ilustrar México y sus alrededores, obra publicada en 1856. El propio INAH considera estas representaciones un testimonio del ambiente que existía entonces en esta zona.
Aunque el paisaje cambió, una parte de aquel conjunto histórico permanece. La capilla y el antiguo Puente de Panzacola siguen en pie, y este último es considerado por el INAH como el único de los antiguos puentes virreinales de la Ciudad de México que se conserva.
La capilla que llegó a estar en ruinas
Hubo un momento en que el pequeño templo se encontraba en condiciones muy distintas a las actuales. Para 1913 la capilla estaba abandonada y en ruinas, sus paredes presentaban deterioro, el altar se encontraba desvencijado y algunas de las pinturas de su interior estaban rotas.
No obstante, el templo logró sobrevivir, el INAH señala que en 1969 y 1987 se realizaron trabajos de restauración y también se construyó la escalera de acceso al pequeño atrio.
La capilla fue declarada Monumento Histórico en 1932 y posteriormente quedó incluida en la Zona de Monumentos Históricos de Coyoacán, establecida mediante decreto en 1990.
¿Qué guarda la capilla en su interior?
Aunque su tamaño es reducido, la capilla conserva en su interior piezas que permiten acercarse a la historia religiosa y artística de este rincón de Coyoacán.
De acuerdo con el INAH, en la cabecera se conserva un retablo que resguarda una pequeña imagen de san Antonio de Padua. También hay pinturas alusivas a la Virgen de Guadalupe y a San Juan Nepomuceno, esta última una obra anónima de la segunda mitad del siglo XVIII.
En la sacristía se conserva una escultura del Calvario y otra pequeña de la Purísima, tallada en madera. Sin duda que estas imágenes y otros elementos permiten descubrir parte del patrimonio religioso y artístico que ha acompañado su historia.
También sobrevivió al sismo de 2017
El paso del tiempo no ha sido el único desafío para la capilla. Después del sismo del 19 de septiembre de 2017 se realizaron visitas de inspección para valorar los daños en el inmueble y se identificaron desprendimientos de aplanado en el acceso, fisuras en la clave del arco, daños en el entablamento y las enjutas, además de grietas en la cornisa y en la torre norte. También se registraron desprendimientos de materiales y acabados.
Hoy, la capilla permanece junto a la avenida Universidad y Francisco Sosa, en un entorno muy distinto al que la rodeaba siglos atrás. El antiguo río Magdalena, los caminos y la plaza de Panzacola formaban parte de un paisaje que fue transformándose conforme Coyoacán se incorporó al crecimiento de la ciudad.
Pero el templo y el antiguo Puente de Panzacola permanecen como dos de los elementos que todavía permiten reconocer aquel paisaje y aunque la leyenda no se puede confirmar, lo que sí está documentado es la historia de una pequeña capilla que ha atravesado siglos de transformaciones en Coyoacán.
