El cardenal Cupich llama a defender a los inmigrantes: «No podemos pretender adorar a Dios mientras permanecemos indiferentes al forastero»
El cardenal vincula la Eucaristía con la acogida de los migrantes y reclama una reforma migratoria, un trato humano en los centros de detención y responsabilidad ante las vulneraciones de derechos
La defensa de los inmigrantes no es un añadido opcional a la fe ni una actividad caritativa separada del culto. Para el cardenal Blase Cupich, arzobispo de Chicago, constituye una exigencia del seguimiento de Jesús y «un acto de adoración divina». Así lo afirmó en la homilía pronunciada el 3 de octubre en la iglesia Old St. Patrick’s, durante la misa de apertura de «Ciudad de Acogida: Un seminario sobre la solidaridad católica y el viaje de la migración», cuyo texto está fechado el 8 de octubre de 2026.
El mensaje -una homilía, más que una carta pastoral- combina la memoria migratoria de Chicago con una denuncia de las políticas y prácticas que generan miedo entre los recién llegados. Su propuesta es inequívoca: la oración dentro de las iglesias debe desembocar en solidaridad fuera de ellas.
«Nuestra defensa de los inmigrantes es tan importante para nuestro discipulado como nuestra adoración», sostiene Cupich. Y añade que quienes elevan sus voces en oración no pueden desentenderse de «los silenciosos y profundos suspiros de familias que han caminado miles de kilómetros solo para encontrar seguridad, refugio y un futuro para sus hijos».
Una ciudad construida por quienes llegaron de fuera
Cupich abre su reflexión con una imagen de Chicago como cruce de historias, lenguas y esperanzas. «Si caminas por las calles de Chicago, escuchas la historia del mundo entero», afirma. Esa historia se reconoce en el tren elevado, en las panaderías de barrio, en los autobuses y en las escaleras de las parroquias.
El cardenal recuerda a las primeras generaciones de inmigrantes que fundaron parroquias, a las familias afroamericanas que emigraron al norte y a las comunidades latinas y asiáticas que hoy transforman los barrios y llenan las iglesias. Por eso, el arzobispo no presenta esa diversidad como una amenaza, sino como parte constitutiva de la identidad de la ciudad.
Chicago, explica, fue forjada por personas que buscaban «un lugar donde construir una vida y un nuevo comienzo para sus familias». Celebrar ese legado obliga también a reconocer a quienes siguen llegando con el mismo anhelo.
Pero la memoria no basta. «No podemos ignorar que el espíritu de acogida y de acompañamiento a los recién llegados se ha visto muy mermado en nuestro país», advierte.
Contra el miedo y las deportaciones indiscriminadas
La homilía recuerda el pronunciamiento de los obispos estadounidenses reunidos en Baltimore el pasado mes de noviembre. Cupich enumera los motivos de la preocupación episcopal, que son, entre otros, la elaboración de perfiles raciales, la aplicación inhumana de las leyes migratorias, la difamación de los inmigrantes, las condiciones peligrosas en los centros de detención y los obstáculos a la atención pastoral.
A esa relación añade la pérdida abrupta y arbitraria del estatus legal, las amenazas contra el carácter especial de iglesias, hospitales y escuelas, y la separación de los niños de sus padres.
El cardenal no deja margen a la ambigüedad sobre la posición que atribuye al episcopado: «Les dijimos a nuestros hermanos y hermanas migrantes que los apoyamos y dejamos claro que nos oponemos a la deportación masiva e indiscriminada».
La alternativa que plantea es una reforma migratoria de fondo. «Una vez más, exhortamos a nuestros representantes electos a que impulsen una reforma migratoria significativa, pues es el único camino para el bien de todos». Y advierte que la situación actual, insiste, exige «un llamado a la acción para todos los discípulos de Jesús».
«Recuerden de dónde vienen»
Cupich articula su argumentación en torno a las lecturas bíblicas de la celebración. La primera remite a la memoria de Israel como pueblo extranjero y desplazado: «Amen al extranjero, porque ustedes también fueron extranjeros en la tierra de Egipto».
No se trata, explica, de tolerar al recién llegado por lástima. Se trata de reconocer en él una historia que también pertenece a la propia comunidad. El cardenal resume esa exigencia con una exhortación: «Recuerden de dónde vienen. No olviden su propia historia, porque ustedes también fueron marginados».
Para Chicago, esa memoria tiene consecuencias concretas. Con la salvedad de los pueblos indígenas, recuerda Cupich, casi todos los antepasados de sus habitantes llegaron a tierras desconocidas y tuvieron que afrontar discriminación y barreras sociales.
De ahí una de las frases más contundentes de la homilía: «No podemos pretender adorar a Dios mientras permanecemos indiferentes al forastero, porque el Dios que adoramos es el Dios de la justicia que libera a los desplazados». La acogida no aparece así como una concesión generosa de quienes ya están instalados, sino como una obligación nacida de la memoria, la justicia y la fe.
Encontrar a Jesús fuera de los muros
La referencia a la carta a los Hebreos lleva a Cupich a recordar que Jesús sufrió fuera de las puertas de la ciudad. El cardenal convierte esa imagen en una invitación a abandonar la comodidad de los espacios propios para acercarse a quienes viven en los márgenes. «Si queremos encontrar a Jesús hoy en la Arquidiócesis de Chicago, no podemos quedarnos cómodamente dentro de nuestros muros», afirma.
Ese encuentro requiere ir «a los albergues, a los centros de acogida, a los barrios donde las familias intentan rehacer sus vidas enfrentándose a enormes adversidades». La llamada interpela directamente a las comunidades católicas, a las que no basta con esperar a que los necesitados entren en la parroquia. Hay que salir a buscarlos allí donde la vulnerabilidad y el desamparo se hacen más visibles.
«Cuando los trabajadores indocumentados son explotados, Cristo está siendo explotado»
El núcleo de la homilía llega con Mateo 25 y la identificación de Jesús con los más pequeños. Cupich se detiene en un matiz: «Jesús no dice: “Lo hicisteis por mí”, sino: “Me lo hicisteis”».
A partir de ahí establece un vínculo entre el encuentro eucarístico y el reconocimiento de Cristo en las personas migrantes. No los presenta como experiencias religiosas desconectadas, sino como dimensiones de un mismo discipulado.
«Cuando una madre camina miles de kilómetros con sus hijos para escapar de la violencia, Cristo está caminando», afirma. «Cuando un joven espera en el frío a las afueras de un albergue con la esperanza de recibir una comida caliente, Cristo está esperando». Y añade: «Cuando los trabajadores indocumentados son explotados por carecer de protección legal, Cristo está siendo explotado».
Con esa identificación, Cupich eleva la asistencia parroquial por encima de una mera prestación de servicios. Proporcionar abrigos, alimentos, clases de inglés y ayuda legal no es, en sus palabras, «una simple labor social», sino encontrar a Cristo y participar «en el discipulado eucarístico».
«El mismo Cristo que dice: “Este es mi cuerpo, entregado por ustedes”, es el Cristo que camina junto a nosotros en los cuerpos vulnerables, heridos y quebrantados de nuestros prójimos», sostiene.
Del altar a la calle
Cupich apela también a san Juan Crisóstomo para mostrar que esta conexión no es una ocurrencia reciente. En la homilía cita una formulación atribuida al predicador de la Iglesia antigua: «El que dijo: “Este es mi cuerpo”, es el mismo que dijo: “Fui forastero y no me acogisteis”».
La consecuencia que extrae es exigente: «Inclinarse ante la hostia consagrada con indiferencia hacia el extraño constituye una ruptura fundamental de la lógica eucarística».
Para el cardenal, honrar a Cristo en el altar sin reconocerlo en los marginados supone separar lo que la fe exige mantener unido. La caridad, entendida desde esa perspectiva, deja de ser únicamente un deber moral y se convierte en una expresión de adoración. «Al servir, amar y honrar a los más necesitados, reconocemos el rostro y la carne del Señor que acabamos de recibir en el altar», explica.
Una llamada a compromisos concretos
La homilía concluye con una agenda de actuación. Cupich pide a los católicos que insten a los legisladores a aprobar «una reforma migratoria significativa y sensata» y que exijan a las fuerzas del orden un desempeño humano de sus funciones.
Reclama asimismo que se rindan cuentas por las vulneraciones deliberadas de derechos humanos, que se garantice el acceso pastoral a las personas detenidas cuya libertad religiosa está amenazada y que se amplíe el trabajo para alimentar, vestir, alojar y educar a quienes lo necesitan.
No plantea elegir entre oración y compromiso. Pide que ambos se reconozcan como parte de una misma fidelidad. La celebración de una «ciudad de acogida» sólo cobra pleno sentido si se traduce en protección efectiva de quienes llegan buscando refugio.
Su última afirmación resume el alcance de la llamada: «Nuestra defensa de los inmigrantes pertenece a cada uno de los discípulos de Jesús, y es, en su sentido más auténtico, un acto de adoración divina».
