El Celam invita a las parroquias a ser comunidades misioneras, participativas y abiertas a todos
IX encuentro virtual de recepción e implementación del Sínodo sobre la Sinodalidad
Escucha de la Palabra de Dios, corresponsabilidad de los bautizados, participación de las mujeres y los jóvenes y la presencia de la Iglesia en la vida cotidiana de los barrios, algunos de los temas tratados en el IX encuentro virtual de implementación del Sínodo sobre la Sinodalidad
(Micaela Alejandra Díaz Miranda/Paola Calderón Gómez/ADN Celam).- La escucha de la Palabra de Dios, la corresponsabilidad de los bautizados, la participación de las mujeres y los jóvenes, y la presencia de la Iglesia en la vida cotidiana de los barrios fueron algunos de los temas tratados en el noveno encuentro virtual de implementación del Sínodo sobre la Sinodalidad, organizado por el Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño (Celam).
El espacio reflexionó sobre la renovación misionera sinodal de las parroquias, a partir del número 117 del Documento Final del Sínodo, con el desafío de pasar de comunidades centradas en el templo y el sacerdote a una verdadera comunidad de comunidades misioneras.
Durante el encuentro, teólogos y responsables pastorales de Chile, Colombia y Argentina compartieron fundamentos teológicos y experiencias que muestran cómo la sinodalidad puede traducirse en nuevas formas de participación, discernimiento comunitario y presencia evangelizadora en los territorios.
Parroquia que se construye con la participación de todos
Mons. Ricardo Morales, religioso mercedario y obispo de Copiapó, en Chile, presentó cuatro elementos que considera fundamentales para renovar las parroquias desde una perspectiva sinodal: la centralidad de la Palabra de Dios, la corresponsabilidad bautismal, la participación de las mujeres y una mentalidad eclesial que reconozca que la misión pertenece a todo el Pueblo de Dios.
Desde su experiencia diocesana, resaltó el aporte de las comunidades eclesiales de base, que han favorecido la formación de laicos y laicas capaces de asumir responsabilidades y discernir los signos de los tiempos a la luz del Evangelio.
El obispo también subrayó la importancia de los consejos pastorales como espacios para escuchar las distintas voces de la comunidad y tomar decisiones compartidas. En su opinión, estos organismos no deben limitarse a cumplir una función formal, sino contribuir a que los bautizados ejerzan efectivamente su corresponsabilidad.
La participación de los laicos existe en la Iglesia latinoamericana
“La parroquia no le pertenece al párroco ni al obispo, sino que la parroquia nos pertenece a todos”, expresó, al insistir en que la renovación sinodal requiere superar los personalismos y reconocer los dones presentes en toda la comunidad.
Como ejemplo, compartió la experiencia de una laica casada, Nuri Seriche, a quien confió la responsabilidad pastoral de la parroquia San José. También relató cómo un grupo de mujeres laicas asumió el acompañamiento en los ritos de despedida de personas fallecidas, una tarea que inicialmente generó resistencia, pero que terminó siendo acogida y valorada por la comunidad.
Para Mons. Morales, estas experiencias muestran que la participación de los laicos no comienza después del Sínodo, sino que puede apoyarse en procesos comunitarios de formación y compromiso que ya existen en la Iglesia latinoamericana.
La familia y las pequeñas comunidades, primeras escuelas de sinodalidad
El presbítero Luis Fidel Suárez, de la arquidiócesis de Tunja, Colombia, abordó la identidad teológica de la parroquia y su misión a la luz del Concilio Vaticano II. Recordó que la parroquia está llamada a ser signo de comunión con Dios y de unidad entre los seres humanos, además de instrumento para anunciar el Reino de Dios.
Para integrar la sinodalidad en su vida cotidiana, propuso reconocer cuatro espacios de participación: la familia, las comunidades eclesiales de base, las iniciativas compartidas por toda la parroquia y las estructuras que permiten discernir y llevar adelante las decisiones comunitarias.
El sacerdote describió a la familia como la primera escuela de sinodalidad, porque en ella se aprende a escuchar, acoger, dialogar y discernir. Estas capacidades pueden proyectarse después hacia las pequeñas comunidades, donde las personas comparten la fe, la oración, la formación y la lectura de la realidad social.
Iglesia sinodal se construye desde la cercanía
El padre Suárez también puso de relieve la importancia de articular los consejos pastorales parroquiales, las asambleas zonales y parroquiales, los equipos de animación y las distintas instancias de coordinación pastoral. Estas estructuras, explicó, deben facilitar que las propuestas de la comunidad sean escuchadas, discernidas y traducidas en acciones.
Al recuperar una reflexión de la Comisión Teológica Internacional, recordó que la Iglesia sinodal se construye desde la cercanía con la gente y sus dificultades cotidianas, de modo que el Pueblo de Dios pueda vivir su identidad bautismal y participar en la misión evangelizadora.
Parroquias abiertas al barrio y capaces de caminar con los jóvenes
Carolina Bacher Martínez, doctora en Teología por la Universidad Católica Argentina y académica de la Universidad Católica de Temuco, en Chile, hizo hincapié en la diversidad de las experiencias parroquiales y en la necesidad de superar modelos excesivamente centralizados.
La teóloga recordó que las parroquias forman parte de un territorio y de una Iglesia diocesana con la que están llamadas a relacionarse. Propuso reconocer la diversidad de pequeñas comunidades y los liderazgos que surgen de los dones de los bautizados.
Bacher señaló, además, que la participación parroquial no es una experiencia extendida entre todos los integrantes del Pueblo de Dios, especialmente entre los jóvenes. Y planteó la necesidad de construir espacios intergeneracionales en los que puedan participar activamente y aportar sus sueños y búsquedas.
La comunidad parroquial como lugar de acogida y esperanza
La renovación también implica que las parroquias sean lugares acogedores para quienes se acercan desde la religiosidad popular y, al mismo tiempo, comunidades que salen al encuentro de sus vecinos. Esto supone acompañar las situaciones de sufrimiento, atender las necesidades del territorio y participar en la promoción del bien común.
Como ejemplo, relató la experiencia de una comunidad de Buenos Aires que acompañó a familias afectadas por el asesinato de tres jóvenes en 2001. La parroquia sostuvo el acompañamiento, la oración y la memoria de las víctimas, e impulsó la creación de un espacio de oración en el barrio.
Esta experiencia, explicó, muestra que una comunidad parroquial puede convertirse en un lugar de acogida y esperanza, especialmente para quienes atraviesan situaciones de dolor.
Escuchar para discernir y salir al encuentro
La reflexión teológica se complementó con la experiencia del presbítero Gonzalo Rebollo, párroco de la comunidad San Fernando, en la diócesis de San Isidro, Argentina, quien compartió un proceso de renovación del Consejo Pastoral Parroquial. En su comunidad, el consejo comenzó a revisar su funcionamiento mediante la conversación en el Espíritu, una metodología de escucha y discernimiento comunitario. El proceso permitió constituir un equipo animador integrado por dos jóvenes menores de 40 años, dos adultos de 70 años y el párroco, buscando una participación diversa en edades y género.
Rebollo explicó que esta transformación no consistió únicamente en modificar la composición del consejo, sino también en revisar su misión. En lugar de limitarse a organizar las actividades propuestas por el párroco, el organismo comenzó a promover espacios de escucha, discernimiento y búsqueda de caminos misioneros. Uno de los frutos de este proceso se manifestó en el cementerio ubicado junto al centro parroquial. A partir de la observación de las personas que acudían a visitar las tumbas de sus seres queridos, los equipos pastorales discernieron la posibilidad de ampliar la presencia de la Iglesia.
Lo que inicialmente se realizaba durante fechas especiales, como el Día de la Madre y la conmemoración de los fieles difuntos, se convirtió en una presencia misionera mensual, con voluntarios que se acercan a saludar, escuchar, ofrecer oración y acompañar a quienes viven el duelo. Para el sacerdote, esta experiencia evidencia que los organismos de participación pueden convertirse en espacios efectivos de discernimiento y ayudar a que la comunidad parroquial salga al encuentro de las personas, especialmente allí donde experimentan dolor y soledad.
