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Diez años de la Diócesis de Jutiapa en Guatemala: una Iglesia sinodal, misionera y comprometida con los pobres frente al avance de la ultraderecha autoritaria

El mapa generado por la IA es una propuesta visual, no un mapa cartográfico oficial.

Al cumplir una década, la Diócesis de San Francisco de Asís de Jutiapa en Guatemala está llamada a renovar su identidad como Iglesia local, profética y sinodal, frente a las ultraderechas autoritarias, la instrumentalización política de la fe y las alianzas entre nacionalismo religioso y poder que invaden el continente latinoamericano y Guatemala no es la expeción.

La Iglesia no existe para conservarse, sino para evangelizar

Cumplir diez años de vida diocesana es mucho más que celebrar una fecha, recordar acontecimientos o reconocer los esfuerzos realizados. Es, ante todo, una oportunidad para preguntarse qué Iglesia estamos construyendo, a quién sirve, desde dónde anuncia el Evangelio y qué esperanza ofrece a un pueblo que continúa padeciendo desigualdades, exclusiones y profundas heridas sociales.

El mensaje de monseñor Antonio Calderón Cruz, obispo de la Diócesis de San Francisco de Asís de Jutiapa, con motivo de esta primera década, propone una ruta espiritual y pastoral que merece ser profundizada. La inspiración de Francisco de Asís, la memoria de san Óscar Arnulfo Romero, la presencia maternal de María, el proyecto pastoral misionero diocesano y la invitación a “escuchar, discernir y actuar: Cristo es nuestra esperanza” constituyen mucho más que referencias devocionales. Son fundamentos para imaginar y construir una Iglesia renovada, capaz de interpretar los signos de los tiempos y comprometerse con las esperanzas y sufrimientos de su pueblo.

La pregunta decisiva es si esta celebración nos ayudará a consolidar una Iglesia encerrada en sus estructuras o una comunidad que salga al encuentro de la historia, especialmente allí donde la dignidad humana es amenazada. Porque una diócesis no alcanza su madurez simplemente cuando cumple años, sino cuando aprende a ser signo creíble del Reino de Dios en medio de las contradicciones de su territorio.

Una diócesis no alcanza su madurez simplemente cuando cumple años, sino cuando aprende a ser signo creíble del Reino de Dios en medio de las contradicciones de su territorio.

Una nueva eclesiología: la Iglesia local como sujeto de la misión

La renovación eclesial exige superar una concepción de la diócesis como estructura administrativa encargada de organizar parroquias, distribuir responsabilidades y garantizar el funcionamiento de los servicios religiosos. Sin despreciar estas tareas, es necesario recuperar una comprensión más profunda: la Iglesia particular es una comunidad concreta de discípulos y discípulas de Jesús, reunida por el Espíritu, presidida por su obispo en comunión con el presbiterio y llamada a encarnar el Evangelio en una realidad histórica determinada.

Esta perspectiva encuentra un fundamento importante en Evangelii gaudium, donde el papa Francisco presenta a cada Iglesia particular como sujeto primario de la evangelización, llamado a discernir, purificarse y reformarse para cumplir mejor su misión. La Iglesia no puede limitarse a reproducir modelos pastorales ni esperar pasivamente que las personas acudan a sus templos. Debe hacerse presente en los espacios donde transcurre la vida, se sufren las injusticias y se buscan caminos de dignidad.

Para Jutiapa, esta convicción implica reconocer que la misión comienza escuchando la realidad de los pueblos como parte importante de la planificación pastoral; además, deben formar parte del discernimiento pastoral la historia de despojo de las comunidades campesinas, las aspiraciones de la juventud sin oportunidades de estudio y trabajo, las dificultades de las familias en contextos de empobrecimiento, la migración criminalizada, la desigualdad social y las heridas provocadas por la corrupción e impunidad

La Iglesia local no es una sucursal que recibe instrucciones y ejecuta programas. Es una comunidad que, en comunión con la Iglesia universal, discierne cómo hacer presente a Jesucristo en su propia tierra. Su identidad católica no se debilita por asumir las preguntas de su pueblo; al contrario, se hace más auténtica cuando traduce el Evangelio a los lenguajes, desafíos y esperanzas de la historia.

Esta eclesiología reclama también una transformación de las relaciones internas. Los laicos no pueden seguir siendo considerados simples colaboradores de las decisiones clericales. Mujeres y hombres, jóvenes y adultos, comunidades y ministerios deben participar responsablemente en el discernimiento y la acción evangelizadora. La sinodalidad no consiste en organizar reuniones, sino en aprender a caminar juntos, reconocer los carismas del pueblo de Dios y asumir corresponsablemente la misión.

La Iglesia particular es una comunidad concreta de discípulos y discípulas de Jesús, reunida por el Espíritu, presidida por su obispo y llamada a encarnar el Evangelio.

San Francisco: la pobreza que cuestiona al poder

No es indiferente que la Iglesia local de Jutiapa lleve el nombre de san Francisco de Asís. Su espiritualidad contiene una crítica radical a toda forma de cristianismo que pretenda reconciliar el Evangelio con la acumulación, el privilegio y la indiferencia ante el sufrimiento humano.

La pobreza franciscana no es una exaltación romántica de la miseria ni una invitación a resignarse ante ella. Es libertad frente a los ídolos del dinero y del poder; fraternidad con las criaturas; cercanía con quienes la sociedad considera insignificantes. Es una manera de vivir que denuncia, mediante el testimonio, la pretensión de poseerlo todo y dominar a los demás.

La diócesis de Jutiapa al tener como referencia fundamental al hermano Francisco de Asís está llamada, por tanto, a preguntarse si sus opciones pastorales hacen visible la libertad evangélica. ¿Están las comunidades cerca de los pobres o solamente hablan de ellos? ¿La solidaridad transforma las causas de la exclusión o se limita a aliviar temporalmente sus consecuencias? ¿La voz de quienes padecen injusticias encuentra espacio en la vida eclesial?

La opción preferencial por los pobres no puede quedar reducida a un departamento de pastoral social. Debe atravesar la predicación, la formación, la administración de los recursos, la organización comunitaria y el discernimiento de las prioridades diocesanas.

Cuando la Iglesia se coloca del lado de quienes sufren, no abandona el Evangelio para entrar en la política. Descubre una dimensión constitutiva de su fidelidad a Jesús. El criterio no es la cercanía a un partido ni la adhesión a una ideología, sino la defensa de la vida, la dignidad humana, la justicia y el bien común.

No es indiferente que la Iglesia local de Jutiapa lleve el nombre de san Francisco de Asís

San Óscar Romero: una Iglesia que no tiene miedo de la verdad

El mensaje del obispo diocesano Antonio Calderón Cruz vincula la esperanza mariana con el testimonio de san Óscar Arnulfo Romero, mártir, profeta y pastor. Esta referencia posee una fuerza particular para Centroamérica, donde la violencia, la desigualdad y la concentración del poder han desafiado reiteradamente la misión de las comunidades cristianas.

Romero comprendió que anunciar el Evangelio exige escuchar el clamor de las víctimas y denunciar aquello que destruye la vida. Su testimonio recuerda que una Iglesia verdaderamente pastoral no puede refugiarse en una neutralidad que, ante la injusticia, termina favoreciendo a quienes tienen mayor poder.

La profecía cristiana no consiste en convertir el púlpito en tribuna partidista ni en sustituir el discernimiento evangélico por consignas políticas. Consiste en proclamar una verdad que incomoda a cualquier poder cuando este atropella la dignidad humana, manipula las instituciones o utiliza a los pobres como instrumentos de sus intereses.

Guatemala necesita una Iglesia capaz de hablar con libertad frente a los poderes económicos, políticos, judiciales y criminales, sin conceder privilegios morales a quienes se presentan como defensores de la religión. Necesita comunidades que formen ciudadanos críticos, promuevan la participación responsable y defiendan la justicia sin convertirse en apéndices de ningún proyecto partidario.

La memoria de san Romero de América obliga a una pregunta exigente: ¿qué credibilidad tiene una Iglesia que proclama la conversión personal, pero guarda silencio ante estructuras que producen exclusión, impunidad y sufrimiento? La respuesta no se encuentra en discursos más contundentes, sino en una práctica pastoral coherente, valiente y cercana a las víctimas.

“San Romero de América” comprendió que anunciar el Evangelio exige escuchar el clamor de las víctimas y denunciar aquello que destruye la vida.

Frente a las ultraderechas fascistas: discernir los ídolos revestidos de religión

Uno de los grandes desafíos contemporáneos de la evangelización es el crecimiento de movimientos ultranacionalistas, autoritarios, racistas y excluyentes que buscan legitimación en determinados sectores religiosos. En distintos países de América Latina la apelación a Dios, la defensa retórica de la familia o la invocación de una supuesta identidad cristiana se han convertido en recursos para movilizar adhesiones políticas, deslegitimar adversarios y presentar determinadas opciones ideológicas como si fueran mandatos divinos.

El problema no es que los creyentes participen en la vida pública. Su compromiso ciudadano es legítimo y necesario. El problema aparece cuando se identifica una opción política con la voluntad de Dios, se convierte al adversario en enemigo moral o se justifica la concentración autoritaria del poder mediante un lenguaje religioso.

Cuando el cristianismo se transforma en instrumento de dominación, pierde su capacidad de cuestionar a los poderosos y termina bendiciendo aquello que debería discernir críticamente. La cruz deja de ser signo de entrega y solidaridad para convertirse en emblema de una identidad cerrada que divide a la humanidad entre elegidos y enemigos.

Esta tentación interpela también a las Iglesias. Ninguna comunidad está inmunizada contra la manipulación de la conciencia religiosa. Por eso, la formación cristiana debe ayudar a distinguir entre fe y propaganda, entre valores evangélicos y agendas partidistas, entre la legítima presencia pública de la religión y su utilización para restringir derechos o debilitar la democracia.

Una Iglesia sinodal no impone respuestas mediante el miedo ni reclama obediencia política en nombre de Dios. Educa para la libertad responsable, escucha las preguntas de la sociedad y forma conciencias capaces de evaluar las propuestas políticas a la luz de la dignidad humana, la justicia, la solidaridad y la paz.

Uno de los grandes desafíos contemporáneos de la evangelización es el crecimiento de movimientos ultranacionalistas

Sionismo del Estado de Israel, fundamentalismo y sufrimiento palestino

Este discernimiento debe extenderse a las alianzas entre determinadas corrientes neopentecostales y proyectos políticos vinculados al sionismo de Estado Impulsado por Israel y la administración de Donald Trump. Conviene precisar los términos: el sionismo comprende tradiciones históricas y políticas diversas; no todas comparten las mismas posiciones, y criticar las decisiones de un Estado no equivale a rechazar al pueblo judío ni a tolerar el antisemitismo.

La preocupación se dirige específicamente al sionismo de carácter fundamentalista que interpreta determinados acontecimientos geopolíticos como cumplimiento literal de profecías bíblicas y, desde esa lectura, convierte el respaldo incondicional al Estado de Israel o a sus gobiernos en una obligación religiosa. Algunas de estas corrientes presentan la política territorial y militar como parte de un designio divino, reduciendo el espacio para el discernimiento ético y el reconocimiento de los derechos palestinos.

Un estudio publicado en 2025 en la revista brasileña Caderno CRH examina las conexiones entre el sionismo del Estado de Israel y sectores de la extrema derecha internacional, identificando redes donde convergen nacionalismo religioso, intereses políticos y estrategias de poder. Este fenómeno merece atención crítica, también en América Latina.

La cuestión teológica fundamental es esta: ¿puede una interpretación de la Biblia justificar que el sufrimiento de un pueblo sea considerado secundario frente a un supuesto destino providencial? ¿Puede invocarse a Dios para relativizar los derechos humanos, la protección de la población civil o la obligación de buscar una paz justa?

La respuesta cristiana debe ser inequívoca: ningún proyecto nacional, ninguna promesa religiosa y ninguna alianza geopolítica están por encima de la dignidad humana. La Santa Sede ha defendido una solución que reconozca el derecho de israelíes y palestinos a vivir en paz y seguridad, junto con las legítimas aspiraciones de ambos pueblos.

La misión evangelizadora exige, por tanto, una lectura bíblica rigurosa, una formación teológica responsable y una espiritualidad que no convierta la tragedia humana en argumento ideológico. El Dios de Jesucristo no puede ser apropiado para justificar la deshumanización de nadie.

EL PAÍS. Palestinos recuperan el cuerpo sin vida de una niña de entre los escombros de la vivienda de la familia palestina Al Faseih, tras un ataque israelí sobre el campo de refugiados de Al Shatea, este martes. 02 de noviembre, 2023. MOHAMMED SABER (EFE) | El PAIS

Escuchar, discernir y actuar: una esperanza que se hace historia

El itinerario pastoral propuesto por la Diócesis de Jutiapa para los próximos años ofrece una respuesta concreta a estos desafíos.

Escuchar significa abrir los oídos al clamor de las comunidades, reconocer la voz de quienes habitualmente quedan al margen y permitir que la realidad cuestione nuestras seguridades. No basta con escuchar aquello que confirma nuestras ideas: también hay que acoger las preguntas incómodas, las denuncias legítimas y las experiencias que revelan las contradicciones de nuestra práctica eclesial.

Discernir implica interpretar la realidad a la luz de la Palabra de Dios, de la tradición viva de la Iglesia y de los signos de los tiempos. Requiere comunidades bien formadas, capaces de desenmascarar la manipulación religiosa, examinar críticamente los discursos políticos y distinguir la esperanza cristiana de las promesas mesiánicas de los gobernantes.

Actuar significa traducir la fe en compromisos verificables: acompañar a las víctimas, fortalecer la organización comunitaria, defender la dignidad de las personas migrantes, promover la participación ciudadana, educar para la paz y denunciar las estructuras que reproducen la exclusión. La sinodalidad adquiere su verdad cuando desemboca en una misión compartida y fecunda.

María, Nuestra Señora de Lourdes, invocada en el mensaje del obispo Antonio, como madre del consuelo y de la esperanza, acompaña este camino. Pero la esperanza cristiana no es evasión espiritual ni espera pasiva. Es confianza en Dios que moviliza las energías humanas para transformar aquello que contradice su proyecto de vida.

Presbiterio de la diócesis de Jutiapa, Guatemala

Una década para abrir caminos, no para levantar monumentos

Los diez años de la Diócesis de San Francisco de Asís de Jutiapa constituyen una oportunidad para renovar el compromiso con una Iglesia de puertas abiertas, fraterna, alegre, sinodal y misionera. No se trata simplemente de multiplicar actividades, sino de transformar las relaciones, las prioridades y las prácticas que configuran la vida diocesana.

El futuro de esta Iglesia dependerá, en buena medida, de su capacidad para formar comunidades adultas en la fe, laicas y laicos corresponsables, presbíteros cercanos a su pueblo y agentes pastorales preparados para interpretar críticamente los desafíos culturales y políticos de nuestro tiempo.

La celebración diocesana por una década de camino alcanzará su mayor fecundidad si ayuda a construir una Iglesia pobre y para los pobres, libre ante los poderes, comprometida con la justicia y capaz de dialogar sin renunciar a la verdad del Evangelio.

En tiempos en que algunos pretenden utilizar el nombre de Dios para dividir, excluir o legitimar el autoritarismo, la misión de las comunidades eclesiales consiste en mostrar que la fe auténtica ensancha la fraternidad, protege la vida y hace posible la esperanza.

La pregunta que debe acompañar a la diócesis durante su segunda década no es cuántas estructuras ha consolidado, sino cuántas vidas ha contribuido a dignificar, cuántas comunidades ha ayudado a organizar y cuántas heridas sociales ha decidido acompañar y sanar.

Porque “Cristo es nuestra esperanza” no significa que podamos desentendernos de la historia. Significa que, precisamente porque esperamos en Él, no aceptamos que la injusticia tenga la última palabra. Y una Iglesia que cree verdaderamente en esa esperanza no teme caminar con su pueblo, escuchar sus clamores y comprometerse, con humildad y valentía, en la construcción de una Guatemala más justa, fraterna y reconciliada.

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