Guatemala, ante su hora decisiva: luces, límites y desafíos del mensaje de los obispos
Guatemala secuestrada, justicia cooptada y la urgencia de una palabra que incomode
Guatemala ha cruzado una línea peligrosa. Ya no se trata de una crisis pasajera ni de un conflicto político más. El país vive una captura sistemática del Estado, una degradación deliberada de la justicia y una normalización de la impunidad como forma de gobierno. La nación atraviesa uno de esos momentos en los que la historia se acelera y obliga a tomar posición. No se trata de una coyuntura más, sino de una encrucijada que pone en juego la democracia, la justicia, la credibilidad institucional y la esperanza de los más pobres. En este contexto, el reciente Mensaje de la Conferencia Episcopal de Guatemala, publicado al cierre de su asamblea plenaria, (30 de enero 2026) constituye una palabra relevante, necesaria y, al mismo tiempo, insuficiente. Relevante por su lucidez y oportunidad; necesaria por la autoridad moral que aún conserva la Iglesia; insuficiente porque la gravedad del momento exige una palabra más audaz, más concreta y más profética.
Luces
El Mensaje parte de un reconocimiento honesto de la difícil situación política y social del país. Los obispos no niegan la crisis, no la minimizan ni la espiritualizan. Al contrario, afirman que la coyuntura interpela de manera directa a los pueblos que forman Guatemala y obliga a mirar el futuro inmediato con esperanza, pero con una esperanza activa, responsable y comprometida. Esta primera afirmación es ya una toma de postura: la esperanza cristiana no es evasión ni consuelo barato, sino fuerza ética para resistir y transformar la realidad.
Uno de los grandes aciertos del documento es su lectura del momento político como una “hora decisiva”. Los obispos señalan con claridad la trascendencia de los procesos de elección de segundo grado: magistrados del Tribunal Supremo Electoral, de la Corte de Constitucionalidad, Contralor General de Cuentas, Fiscal General y autoridades universitarias. No se trata de nombramientos técnicos ni administrativos, sino de decisiones que condicionarán la democracia, la lucha contra la corrupción y la confianza ciudadana en las instituciones durante los próximos años. En un país marcado por la cooptación del Estado, esta advertencia tiene un enorme peso ético.
El Mensaje acierta también al subrayar que la Universidad de San Carlos no es solo una institución académica, sino un actor clave en el entramado del poder político y judicial. Reconocerlo rompe con una visión ingenua de la institucionalidad y muestra que la Iglesia es consciente de cómo se configuran los equilibrios reales de poder en Guatemala. En este punto, el documento cumple una función pedagógica importante para amplios sectores de la ciudadanía.
Otro eje fundamental del Mensaje es su anclaje pastoral en el Congreso Misionero Guatemalteco VI y en la sinodalidad. Los obispos se presentan como “peregrinos de esperanza” que han escuchado el clamor de las comunidades y han reafirmado el compromiso de caminar como Iglesia junto a los pobres. No se trata de un añadido piadoso, sino de una clave hermenéutica: la fe cristiana, afirman, no puede vivirse de espaldas a la justicia ni al bien común. Esta afirmación recoge lo mejor de la tradición social de la Iglesia y la sitúa en continuidad con el magisterio latinoamericano y universal.
En un país donde la selección de autoridades ha estado marcada por pactos oscuros, tráfico de influencias y negociaciones espurias, este llamado tiene una dimensión profética innegable
Asimismo, el llamado a las Comisiones de Postulación y al Congreso de la República para que actúen con honestidad, sentido social, respeto al Estado de Derecho y transparencia es claro y necesario. En un país donde la selección de autoridades ha estado marcada por pactos oscuros, tráfico de influencias y negociaciones espurias, este llamado tiene una dimensión profética innegable. Los obispos recuerdan que la idoneidad, la capacidad y la honradez no son virtudes opcionales, sino requisitos éticos irrenunciables.
El Mensaje también aborda problemáticas estructurales que no siempre aparecen en los pronunciamientos eclesiales: el crimen organizado, la extorsión, el sicariato y la crisis del sistema penitenciario. Al reconocer la ingobernabilidad de las cárceles y el miedo difundido entre la población, los obispos ponen el dedo en una herida profunda del Estado guatemalteco. Del mismo modo, la referencia a la migración, al racismo y a la criminalización de los migrantes en Estados Unidos, junto con el reconocimiento del enorme aporte de las remesas a la economía nacional, introduce una mirada ética que trasciende fronteras y conecta lo local con lo global.
Límites
Sin embargo, precisamente porque el diagnóstico es en muchos aspectos certero, emergen con fuerza los límites del Mensaje. El primero de ellos es el carácter excesivamente general de su lenguaje en algunos tramos decisivos. Se exhorta a la honestidad, a la transparencia y al bien común, pero se evita nombrar con claridad las prácticas concretas que han vaciado de contenido estas palabras: la cooptación de las Comisiones de Postulación, la instrumentalización del sistema de justicia, la captura de instituciones clave por redes político-económicas y criminales. En un contexto como el guatemalteco, la generalidad corre el riesgo de convertirse en ambigüedad.
Un segundo límite es una prudencia pastoral que, aunque comprensible, roza la autocontención. El Mensaje evita mencionar actores, estructuras o dinámicas concretas de poder que hoy amenazan abiertamente la democracia. No se nombra el pacto de impunidad, no se denuncia explícitamente la judicialización selectiva ni los intentos de revertir la voluntad popular expresada en las urnas. Esta omisión no invalida el Mensaje, pero sí reduce su capacidad de interpelación pública en un momento que exige mayor valentía.
Silencios
Hay también silencios que llaman la atención. El documento no profundiza en las causas estructurales de la pobreza y la desigualdad, ni cuestiona el modelo económico que reproduce exclusión y concentra la riqueza en pocas manos. Tampoco se hace una autocrítica eclesial más explícita sobre las ambigüedades históricas de la Iglesia frente al poder político y económico. En un país herido por décadas de injusticia, esta autocrítica sería un signo potente de coherencia evangélica.
Otro silencio significativo es la ausencia de una defensa más explícita del orden democrático frente a los intentos de desestabilización. La neutralidad institucional puede ser pastoralmente comprensible, pero en contextos de amenaza a la democracia corre el riesgo de ser interpretada como equidistancia moral. La Doctrina Social de la Iglesia enseña que la neutralidad ante la injusticia termina favoreciendo al más fuerte.
Desafíos
Con todo, el Mensaje deja abiertos desafíos que interpelan no solo a los obispos, sino a toda la Iglesia y a la sociedad guatemalteca. El primero es pasar del pronunciamiento a la acción. Las palabras, por lúcidas que sean, necesitan traducirse en procesos concretos de formación ciudadana, acompañamiento comunitario y vigilancia ética de los procesos institucionales. Una Iglesia sinodal no puede limitarse a exhortar desde arriba; debe generar espacios reales de participación y discernimiento desde abajo.
No basta con llamar a la honestidad; es necesario desenmascarar las estructuras de pecado que corroen la vida pública. Esto implica incomodar al poder
El segundo desafío es profundizar la dimensión profética. No basta con llamar a la honestidad; es necesario desenmascarar las estructuras de pecado que corroen la vida pública. Esto implica incomodar al poder, asumir costos y aceptar que la fidelidad al Evangelio no siempre será bien recibida por las élites políticas y económicas.
Un tercer desafío es acompañar de manera real y sostenida a los laicos y laicas que asumen responsabilidades públicas. El llamado a participar en la vida política es correcto, pero insuficiente si no va acompañado de formación ética, respaldo comunitario y protección institucional frente a la persecución y el desgaste. No se puede enviar a los laicos al “campo de batalla” sin redes de apoyo.
Finalmente, el gran desafío es hacer de la sinodalidad una cultura social. En un país fragmentado, polarizado y desconfiado, la sinodalidad puede ofrecer una pedagogía del diálogo, de la escucha y de la corresponsabilidad. Pero esto solo será posible si la Iglesia se atreve a vivir lo que predica, incluso cuando ello implique revisar privilegios, romper silencios y asumir conflictos.
Profética
El Mensaje de los obispos guatemaltecos es, en definitiva, una palabra necesaria y oportuna. Ofrece luces importantes y abre caminos de esperanza. Pero la hora que vive Guatemala exige una palabra más incisiva, más concreta y más valiente. Una palabra que no solo acompañe, sino que también sacuda; que no solo exhorte, sino que también denuncie; que no solo consuele, sino que movilice. Porque cuando la justicia es amenazada y la democracia está en riesgo, la Iglesia no puede contentarse con ser prudente: está llamada a ser profética.
