Guatemala, Israel y Gaza (IV): La Iglesia ante los nuevos crucificados de la historia
Si la tercera parte de esta reflexión nos condujo a descubrir que la memoria sólo alcanza su plenitud cuando se convierte en responsabilidad ética, quedan todavía algunas preguntas decisivas: ¿qué significa recordar desde la fe cristiana? ¿Qué misión corresponde a la Iglesia cuando la humanidad continúa produciendo nuevas víctimas? ¿Puede la memoria convertirse en una verdadera espiritualidad capaz de transformar la historia? A estas preguntas intentan responder la reflexión que sigue de la cuarta y última parte.
La Iglesia ante los nuevos crucificados de la historia
La memoria cristiana alcanza su máxima autenticidad cuando se traduce en compasión activa. No basta recordar a Cristo crucificado; es necesario reconocerlo allí donde continúa padeciendo en los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Ésta constituye una de las intuiciones más revolucionarias del Evangelio y uno de los rasgos más originales de la espiritualidad cristiana. Jesús no dejó a sus discípulos un catálogo de ideas para conservar celosamente, sino una nueva visión de la vida, una forma nueva de mirar la realidad, un nuevo modo de insertarse en ella para transformarla desde los valores del Reino. Allí donde un ser humano es herido en su dignidad, allí donde la vida es despreciada, donde el pobre es descartado o donde la guerra convierte a los inocentes en víctimas, allí continúa resonando el misterio de la cruz.
Por eso la Iglesia no puede reducir su misión solo a la administración de los sacramentos ni al cuidado de su propia vida interna o de su propia institucionalidad. Todo ello deberá hacerlo, pero desde la perspectiva del Reino. Cada Eucaristía celebrada, cada página del Evangelio proclamada y cada mártir venerado impulsan necesariamente a salir al encuentro de quienes permanecen tendidos al borde del camino de la historia. La memoria del Señor no encierra a la comunidad creyente dentro de sus templos; la convierte en un pueblo samaritano, dispuesto a inclinarse sobre toda herida humana sin preguntar primero por la identidad del herido.
La parábola del buen samaritano constituye, quizá como ninguna otra, la síntesis más luminosa de esta vocación. El sacerdote y el levita conocían las Escrituras, observaban la Ley y participaban del culto. Sin embargo, pasaron de largo. El samaritano, considerado extranjero y sospechoso por la religiosidad oficial de su tiempo, fue el único capaz de dejarse conmover por el sufrimiento de un desconocido. Jesús no pregunta quién tenía la doctrina más perfecta; pregunta quién se hizo prójimo. La respuesta cambia para siempre la comprensión cristiana de la memoria. Recordar a Dios significa hacerse cercano al ser humano herido.
Esta enseñanza adquiere hoy una actualidad ineludible. Las heridas del mundo han cambiado de rostro, pero no de profundidad. Millones de personas continúan huyendo de las guerras y de la persecución; pueblos enteros padecen el hambre como consecuencia de conflictos armados y del sistema económico neoliberal que “mata y excluye”; familias son expulsadas de sus hogares y despojadas de sus tierras; niños crecen bajo el estruendo de las bombas y el azote de la desnutrición crónica y aguda; comunidades indígenas siguen siendo discriminadas y despojadas de sus territorios; migrantes arriesgan su vida buscando un futuro digno; la creación misma gime bajo el peso de un modelo económico que sacrifica la vida en nombre del beneficio. Todos ellos forman parte de los nuevos crucificados de la historia.
Frente a esta realidad, la Iglesia está llamada a custodiar una memoria peligrosa, en el sentido más profundamente evangélico del término. Es peligrosa porque cuestiona las falsas seguridades, denuncia la idolatría del poder, desenmascara las estructuras de pecado y recuerda que ninguna razón política, económica, militar o religiosa puede justificar la negación de la dignidad humana. La memoria del Crucificado constituye una permanente resistencia frente a toda pretensión de convertir la violencia en destino inevitable de la humanidad.
La próxima beatificación de Augusto Ramírez Monasterio se inscribe precisamente en esta tradición profética. La Iglesia reconoce en él no solamente la fidelidad heroica de un discípulo, sino también la actualidad permanente del Evangelio vivido hasta las últimas consecuencias. Su testimonio recuerda que la santidad nunca separa al creyente de la historia; por el contrario, lo introduce más profundamente en ella para compartir el destino de los pobres, de los perseguidos y de quienes ven amenazada su vida y su dignidad.
La beatificación de un mártir no representa únicamente un acontecimiento para la Iglesia. Constituye también una invitación dirigida a toda la sociedad guatemalteca. Nos recuerda que la reconciliación auténtica nunca nace del olvido impuesto, sino de la verdad acogida con humildad, de la justicia ejercida con rectitud y del perdón entendido no como renuncia a la memoria, sino como victoria del amor sobre el resentimiento. Sólo una memoria reconciliada puede convertirse en fundamento de una paz duradera.
Por ello, la Iglesia de Guatemala se encuentra hoy ante una oportunidad providencial. Al contemplar el testimonio de sus mártires, está llamada a renovar su vocación profética y samaritana. No para vivir anclada en las heridas del pasado, sino para acompañar con esperanza los desafíos del presente. La memoria de quienes entregaron la vida por el Evangelio debe traducirse en una Iglesia cada vez más cercana a los pobres, más comprometida con la verdad, más valiente en la defensa de la justicia y más disponible para construir puentes de reconciliación allí donde otros levantan muros de odio o de indiferencia
Porque, al final, la fidelidad a los mártires no consiste únicamente en conservar sus nombres en nuestros calendarios litúrgicos o en levantar monumentos en su honor. La verdadera memoria cristiana consiste en prolongar su testimonio. Allí donde una comunidad decide defender la vida amenazada; allí donde un creyente opta por la verdad, aunque tenga un costo; allí donde una Iglesia pone el Evangelio por encima de cualquier interés ideológico; allí donde alguien se inclina sobre el sufrimiento del hermano para devolverle esperanza, la sangre de los mártires continúa fecundando la historia y anunciando que el Reino de Dios sigue creciendo silenciosamente en medio del mundo.
La memoria que salva: una esperanza para la humanidad
Después de este recorrido, podemos volver a la pregunta que dio origen a esta reflexión: ¿para qué recordar? La respuesta no puede reducirse a un ejercicio de reconstrucción histórica ni a una exigencia moral, por importantes que ambas sean. Recordamos porque creemos que Dios continúa actuando en la historia y porque estamos convencidos de que ninguna vida entregada por amor, ninguna víctima inocente y ninguna lágrima derramada por causa de la justicia caen en el vacío. La memoria cristiana nace de esa certeza pascual: el Crucificado ha resucitado, y por ello el mal, la violencia y la muerte nunca tienen la última palabra.
Ésta es la gran esperanza que la Iglesia ofrece al mundo. No una esperanza ingenua, incapaz de mirar de frente el horror de la guerra, la injusticia o el sufrimiento de los pueblos. Tampoco una esperanza que invite a olvidar las heridas de la historia para alcanzar una paz aparente. La esperanza cristiana brota precisamente de la memoria. Pero de una memoria purificada por la verdad, reconciliada con la justicia y fecundada por el amor. Sólo una memoria así puede liberar al ser humano del resentimiento sin condenarlo al olvido; sólo ella permite construir un futuro donde la reconciliación no sea sinónimo de impunidad, sino fruto de la verdad acogida con humildad y del perdón ofrecido con libertad.
La memoria del genocidio que marcó la historia reciente de Guatemala nos recuerda que ningún proyecto político, ninguna ideología y ninguna razón de Estado pueden situarse por encima de la dignidad inviolable de la persona humana. La memoria del Holocausto continúa advirtiendo a la humanidad hasta dónde puede conducir la deshumanización cuando se convierte en política. La tragedia que viven hoy tantos pueblos —entre ellos el el palestino y el ucraniano, desgarrados por años de violencia, miedo, terrorismo, ocupación, destrucción y muerte— nos interpela para que el «Nunca Más» deje de ser una consigna pronunciada después de cada catástrofe y se convierta en un compromiso efectivo con la paz, el derecho internacional y la protección incondicional de toda vida humana.
Desde esa perspectiva, Guatemala posee una palabra que ofrecer al mundo. No porque haya superado plenamente las heridas de su pasado, sino precisamente porque continúa aprendiendo, entre avances y retrocesos, que la verdad, la justicia y la reconciliación son caminos largos, frágiles y exigentes. Nuestra historia nos concede una autoridad nacida del sufrimiento: la autoridad de afirmar que ninguna sociedad encuentra la paz ocultando a sus víctimas, silenciando su memoria o relativizando el valor de la vida humana. La paz auténtica sólo florece allí donde la memoria es reconocida como un acto de justicia y como una escuela permanente de humanidad.
En este horizonte adquiere una profunda fuerza simbólica la próxima beatificación de Augusto Ramírez Monasterio. La Iglesia no celebra en él el triunfo de una ideología ni la victoria de una parte sobre otra. Celebra el triunfo del Evangelio vivido con radicalidad; celebra la fecundidad de una existencia entregada por amor; celebra la certeza de que la santidad puede florecer incluso en los escenarios más oscuros de la violencia. Su testimonio nos recuerda que la memoria cristiana nunca permanece encerrada en el pasado. Cada mártir es una semilla del Reino sembrada en la historia para que broten nuevas generaciones de hombres y mujeres comprometidos con la verdad, la justicia, la compasión y la paz.
Quizá éste sea el mayor desafío que enfrenta hoy la Iglesia y, con ella, toda la humanidad. No basta con conservar archivos, levantar monumentos o celebrar aniversarios. Es necesario transformar la memoria en una espiritualidad y en una ética capaces de orientar nuestras decisiones personales, eclesiales, sociales y políticas. Recordar a Cristo significa reconocerlo en los crucificados de nuestro tiempo. Recordar a los mártires significa prolongar su entrega allí donde la vida continúa siendo amenazada. Recordar a las víctimas significa impedir que aparezcan nuevas víctimas. Ésta es la única memoria verdaderamente fecunda: aquella que se convierte en responsabilidad, en compasión activa y en construcción perseverante de la paz.
Las reflexiones precedentes han querido recorrer un itinerario que comenzó en las exhumaciones de las víctimas del genocidio guatemalteco, se abrió después al drama contemporáneo de Gaza y culmina ahora en la memoria pascual que la Iglesia celebra y testimonia. No se trata de establecer paralelismos simplistas ni de confundir procesos históricos diferentes. Se trata de afirmar una convicción profundamente humana y profundamente cristiana: cada víctima pertenece a toda la humanidad. Allí donde una persona es humillada, donde un pueblo es perseguido, donde un niño muere bajo las bombas, donde una familia es expulsada de su tierra o donde la verdad es silenciada por la fuerza, toda la familia humana resulta herida.
Por eso, el futuro dependerá en gran medida de la calidad de nuestra memoria. Una memoria manipulada alimentará nuevos odios; una memoria selectiva perpetuará nuevas injusticias; una memoria encerrada en sí misma levantará nuevos muros. En cambio, una memoria iluminada por el Evangelio abrirá caminos de encuentro, reconciliación y fraternidad. Sólo una humanidad que aprenda a recordar desde la compasión podrá aprender también a vivir desde la paz.
Las palabras del profeta Miqueas resuenan entonces con una actualidad sorprendente: «Ya se te ha indicado, hombre, lo que es bueno y lo que el Señor espera de ti: tan sólo practicar la justicia, amar con ternura y caminar humildemente con tu Dios» (Miq 6,8). En ellas convergen la memoria de Israel, la Pascua de Jesucristo, el testimonio de los mártires y la esperanza de los pueblos. Allí encuentra también su sentido último esta trilogía.
Porque la memoria que salva no es la que permanece prisionera del ayer. Es la que, sostenida por el Dios de la vida, transforma el presente y hace posible un futuro donde la justicia abrace a la paz, la verdad se encuentre con la reconciliación y la dignidad de toda persona humana sea reconocida como el fundamento irrenunciable de la convivencia entre los pueblos. Sólo entonces podremos decir, con verdad, que hemos recordado para vivir y que hemos hecho memoria para que la humanidad nunca más vuelva a recorrer los caminos del odio y de la muerte.