"Haití no es un lugar seguro": Monseñor Dumas pide al Gobierno de EE.UU. que dé marcha atrás con el fin del TPS para los inmigrantes haitianos
En Estados Unidos aumentan las expulsiones forzosas, tras la suspensión para los migrantes haitianos de la norma cuyo objetivo es acoger y proteger a las personas ante situaciones humanitarias que impiden su repatriación en condiciones de seguridad
(Federico Piana/Vatican News).- «¿En qué sentido somos delincuentes?». Emma se lo lleva preguntando desde hace tiempo. Desde que el Gobierno de Estados Unidos suspendió para los inmigrantes haitianos el Estatus de Protección Temporal (TPS), una norma cuyo objetivo es acoger y proteger a las personas procedentes de países en los que las guerras, las catástrofes naturales y las graves situaciones humanitarias impiden su repatriación en condiciones de seguridad. Mientras persistan las crisis, los inmigrantes pueden permanecer legalmente en Estados Unidos, obtener un permiso de trabajo y evitar la expulsión forzosa. Pero ahora que el Tribunal Supremo y un tribunal federal de Washington -el primero en junio y el segundo en agosto de este año- han dado luz verde a la suspensión de la medida, para los 331.000 haitianos beneficiarios del TPS, la amenaza de la deportación se está haciendo cada vez más real.
El testimonio de Emma
Emma es un nombre ficticio. Sirve para proteger su anonimato y permitirle declarar a los medios vaticanos que la vigilancia y las detenciones de muchos haitianos por parte de los agentes del ICE, la agencia federal encargada de hacer cumplir las leyes de inmigración, son vividas por toda su comunidad como una caza inhumana «porque esos agentes llegan incluso a mostrar con orgullo a las personas esposadas como si fueran presas». Documentos confidenciales consultados y divulgados por algunos medios internacionales han revelado que la administración estadounidense está a punto de aumentar los vuelos de deportación hacia Haití, pasando de uno al mes a dos a la semana: el objetivo es repatriar al mayor número posible de inmigrantes haitianos en poco tiempo.
Deseo de estabilidad
Emma llegó a Miami hace unos años. Ahora tiene cuatro hijos, todos nacidos en Estados Unidos, todos ciudadanos estadounidenses. Consiguió encontrar un buen trabajo, tras dejar atrás un país ensangrentado y sumido en el caos, tras abandonarlo todo para empezar de cero. «Vinieron a buscarnos a nuestra tierra para que trabajáramos según sus necesidades y, al final, nos encontramos con una tobillera electrónica, como si fuéramos delincuentes. Dejamos nuestra nación, nacida de la conquista de la libertad, simplemente porque veíamos en Estados Unidos una tierra de oportunidades».
Documentos confidenciales consultados y divulgados por algunos medios internacionales han revelado que la administración estadounidense está a punto de aumentar los vuelos de deportación hacia Haití, pasando de uno al mes a dos a la semana
Miedo y consternación
Cada vez que Emma sale de casa, sus hijos se ponen muy nerviosos: «Viven constantemente en estado de alerta. Si pongo un pie fuera de la puerta, temen que los agentes del ICE me detengan y me lleven. Si me quedo en casa y suena el timbre, se sobresaltan. Mis hijos viven con el miedo constante de no volver a ver nunca más a sus padres. En su corazón se repite continuamente un terrible dilema: “¿Quién cuidará de nosotros si mamá o papá no vuelven nunca más?”».
Estados Unidos: El TPS para los haitianos va en contra de los intereses nacionales
Basándose en el informe del Departamento de Seguridad Interior, el secretario de Estado había explicado oficialmente que el TPS para los haitianos debía suspenderse porque «no existen condiciones extraordinarias y temporales en Haití que impidan a los ciudadanos haitianos regresar a su país de forma segura. Además, incluso si el Departamento hubiera determinado que existen condiciones extraordinarias y temporales que impiden a los ciudadanos haitianos regresar a su país de forma segura, la suspensión del Estatus de Protección Temporal para Haití es necesaria en cualquier caso, ya que permitir que los ciudadanos haitianos permanezcan temporalmente en Estados Unidos va en contra de los intereses nacionales».
Vinieron a buscarnos a nuestra tierra para que trabajáramos según sus necesidades y, al final, nos encontramos con una tobillera electrónica, como si fuéramos delincuentes
Haití, sumido en la violencia y la inseguridad
Pero Haití no es un país seguro. En la noche entre el 23 y el 24 de agosto, en las colinas al este de la capital Puerto Príncipe, el enésimo ataque de las bandas provocó una masacre: más de 47 muertos, según un balance de las Naciones Unidas, y el secuestro de decenas de hombres y mujeres. No se trata de un caso aislado, sino del síntoma de una violencia endémica que se suma a la fuerte inestabilidad política y a la inmensa pobreza.
El sentido llamamiento de monseñor Dumas a Trump
«La pregunta es: ¿Haití hoy en día es realmente un país al que se pueda devolver a alguien con tranquilidad? La realidad nos da una respuesta dramática». Monseñor Pierre-André Dumas, obispo de la diócesis haitiana de Anse-à-Veau-Miragoâne y vicepresidente de la Conferencia Episcopal del país caribeño, nos contó que precisamente por eso no pudo resistir: hace unos días envió una carta con un llamamiento al presidente Donald Trump. «Señor presidente –escribió-, le pedimos respetuosamente que reconsidere la situación de los haitianos afectados por la suspensión del TPS y que utilice todos los medios legales y humanitarios disponibles para evitar las repatriaciones forzosas mientras Haití siga en una situación de tan grave inestabilidad y peligro.
Los beneficiarios haitianos del TPS trabajan, pagan impuestos, crían a sus hijos, prestan servicio en sus iglesias y comunidades, y contribuyen cada día a la sociedad estadounidense. Muchos de ellos son madres y padres de niños nacidos en Estados Unidos y ciudadanos estadounidenses. No pedimos a Estados Unidos que renuncie a sus propias leyes. No pedimos a Estados Unidos que renuncie a la seguridad de sus fronteras. Pedimos a Estados Unidos que aplique sus propias leyes con humanidad cuando están en juego vidas humanas».
La Iglesia en defensa de los migrantes
Monseñor Dumas aún no se ha recuperado del todo del atentado que, en 2024 en Puerto Príncipe, una de las bandas armadas que causan estragos en el país intentó perpetrar contra él, molesta por su compromiso con la paz y la reconciliación. Sigue convaleciente en Florida y desde allí ha seguido con esperanza la misión que, a finales de julio, el cardenal Chibly Langlois, obispo de Les Cayes en Haití, el arzobispo de Cincinnati, monseñor Robert Gerald Casey, monseñor Jacques Fabre, obispo de Charleston, y el arzobispo de Miami, monseñor Thomas Gerard Wenski, llevaron a cabo en Washington para pedir a cada uno de los senadores su apoyo a una propuesta de prórroga de tres años para todos los TPS. Dumas explicó que este gesto «ha sido un gran signo de fraternidad episcopal, de valentía eclesial y de solidaridad concreta», que sintetiza plenamente la posición de toda la Iglesia estadounidense en defensa de la dignidad de los migrantes y de su derecho a una vida plena y serena.
Elizabeth y sus miedos
Elizabeth también es un nombre ficticio. Al igual que Emma, emigró de Haití a Estados Unidos hace mucho tiempo y todos sus hijos nacieron en Estados Unidos. Ellos también son ciudadanos estadounidenses. Al igual que Emma, nos pide mantener el anonimato para contar su historia, pues teme las represalias del ICE: «nunca se sabe lo que te pueden hacer».
Junto a su marido, ha trabajado incansablemente para reconstruir su vida allí. A pesar de las dificultades, ambos han vuelto a estudiar utilizando sus ahorros para obtener títulos académicos. «Este año hemos alcanzado nuestros objetivos académicos y nuestro hijo mayor ha empezado la universidad, inspirado por el ejemplo que hemos intentado darle. El fin del TPS ha traído a nuestras vidas una profunda incertidumbre y un gran dolor. Es como si todos los sacrificios que hemos hecho y la estabilidad que hemos construido con tanto esfuerzo se vieran de repente en peligro».
Elizabeth, al igual que Emma, se pregunta cómo es posible que, de la noche a la mañana, sean vigilados, detenidos, arrestados y deportados a Haití después de haber dedicado años enteros «a educar a nuestros hijos para que amen a Estados Unidos, para que respeten al país que nos acoge y a las personas con las que entramos en contacto». En el fondo, para ambas, la pregunta es siempre la misma: «¿En qué sentido somos delincuentes?».
