Homilía del cardenal McElroy a los católicos LGBTQ sobre la misericordia, la redención y la santidad

El cardenal Robert McElroy, arzobispo de Washington, pronunció una homilía en el Gaston Hall de la Universidad de Georgetown durante la conferencia Outreach, el 20 de junio de 2026. A continuación, el texto íntregro.

McElroy, durante la homilía que pronunció en Georgetown
McElroy, durante la homilía que pronunció en Georgetown | Outreach
22 jun 2026 - 12:41

(Outreach).- El cardenal Walter Kasper, en su magnífico libro sobre la misericordia, afirma que el mayor atributo de Dios en su relación con la humanidad es la misericordia. Pues es en los momentos en que nos acercamos al Señor, resplandecientes precisamente en nuestra humildad y viéndonos tal como somos, cuando comprendemos la magnificencia de la gracia divina y el abrazo inmerecido de amor puro que Dios nos concede en cada instante de nuestra existencia. 

La misericordia es la primera palabra de Dios para nosotros. La misericordia es el gran don de Dios. La misericordia es la cultura que impregna la Iglesia, la cual reconoce tanto la pecaminosidad de la persona humana como el anhelo de redención y santidad, semillas de gracia sembradas en tierra fértil en nuestros corazones y almas, capaces de guiarnos a través de nuestros fracasos, nuestros momentos de extravío, nuestros instantes de éxtasis y nuestra resiliencia en esta peregrinación terrenal que emprendemos. 

En la segunda lectura de hoy de la Carta a los Romanos, Pablo refleja la abundante misericordia de Dios al hablar de la pecaminosidad en nuestras vidas y de la verdadera redención (5:12-15). Reconoce abiertamente que todo hombre y mujer está atrapado en el pecado, y que todos hemos contribuido al fracaso del plan divino para la humanidad, que atormenta nuestro mundo y desgarra nuestras almas.

Pero en las hermosas palabras finales del pasaje, Pablo deja claro que el pecado de la humanidad palidece ante la gracia que Dios nos ha concedido en la redención: «El don no es como la transgresión. Porque si por la transgresión de uno murieron muchos, ¡cuánto más abundó para muchos la gracia de Dios y el don generoso de un solo hombre, Jesucristo!».

 El cardenal Robert McElroy, arzobispo de Washington, celebró una misa para 500 participantes (algunos de los cuales aparecen en la foto) en la conferencia de divulgación para católicos LGBTQ en la Universidad de Georgetown el 20 de junio de 2026.

El don no es como la transgresión. Es mucho más profundo, más amplio, más trascendental. Es precisamente a la luz de esta realidad que podemos comprender la misericordia de Dios en nuestras vidas y en la vida de la Iglesia. Esto no significa que nuestros pecados sean secundarios en nuestras vidas o en nuestra vida de discipulado.

Por el contrario, la misericordia de Dios, precisamente en su inmensa bondad, nos llama a reconocer y afrontar nuestra pecaminosidad y a comprender cómo esta desfigura la belleza de nuestras almas y las bendiciones de nuestro mundo. La honestidad y la integridad son los fundamentos de la vida moral cristiana, y vivimos como cristianos convencidos de que estamos llamados a conformar nuestros corazones a las virtudes de Jesucristo: fe, integridad, compasión, sacrificio, oración, esperanza, castidad, perdón y amor profundo. Este es el camino hacia la santidad para todos nosotros, y exige el rechazo del pecado en todas sus dimensiones

Al reunirnos para esta conferencia en una iglesia que con tanta frecuencia ha herido a la comunidad LGBT a través de sus prejuicios y su exclusión, deberíamos encontrar gran esperanza en dos importantes acontecimientos que han tenido lugar durante el pontificado del Papa León XIV, los cuales constituyen semillas valiosas para el desarrollo del Evangelio en los años venideros. 

Curiosamente, ninguno de estos avances se centra específicamente en temas o personas LGBT. Se centran en el llamado a la santidad para todo creyente y en cómo se puede vivir en las realidades concretas de nuestro mundo moderno.

La primera razón para la esperanza reside en la reflexión que el Papa León XIV ofreció durante su inspirador viaje a África. En declaraciones a la prensa, el Papa afirmó que « la unidad o la división en la Iglesia no deben girar en torno a cuestiones sexuales ». Esta sencilla declaración contextualiza el llamado a la castidad como componente de la vida moral cristiana. Con demasiada frecuencia, tanto en las declaraciones magisteriales como en el ámbito popular, los pecados sexuales han sido condenados con tal vehemencia que, para muchos creyentes, se convierten en la principal obligación moral de los cristianos. Esto es totalmente contrario al Evangelio de Jesucristo. 

Cuando el Papa León XIV señala la importancia comparativa de la justicia económica, la guerra y la paz, la inmigración y el racismo como elementos clave de la vida moral cristiana, está rechazando este falso reduccionismo que concentra las obligaciones morales en el ámbito sexual.

El segundo acontecimiento de gran importancia para comprender nuestra vocación a la santidad en el mundo contemporáneo es la publicación del informe del Grupo de Estudio 9 del Sínodo de 2024. Este Grupo de Estudio tuvo la importante tarea de aplicar la teología pastoral del Papa Francisco de manera integrada con la enseñanza y la práctica católicas. El Grupo de Estudio 9 presentó con valentía sus conclusiones a favor de un nuevo paradigma basado en el kerygma:

La misión de la iglesia no consiste en proclamar de forma abstracta y aplicar deductivamente principios establecidos de manera inmutable y rígida, sino en fomentar un encuentro vivo con la persona del Señor Jesús resucitado, interactuando con la experiencia vivida de la fe del pueblo de Dios… en relación con las diversas situaciones de la vida y los múltiples contextos culturales.

Desde una perspectiva antropológica, el informe es innovador: «Cada persona es una singularidad cuya plenitud y singularidad se constituyen en relación con el otro, con la sociedad y con la cultura». Este énfasis en la singularidad refleja la preciosidad de la que habla el Evangelio de hoy sobre el gorrión. ¡Cuánto más valiosos somos cada uno de nosotros en nuestra singularidad a los ojos de Dios, que comprende los recovecos de nuestro corazón y se deleita en la diversa belleza de nuestra humanidad! Visto así, el llamado a la santidad es un encuentro personal con el Señor Jesucristo que abarca toda nuestra vida y nos llama a caminar juntos en la vida de la Iglesia: únicos, pero formados juntos en Jesucristo. 

Creo que esta es la mayor contribución que el Papa Francisco ha hecho a la vida de la Iglesia: el llamado a reformar nuestra concepción de la teología pastoral y considerarla un elemento central para comprender el llamado del Evangelio y la formación de la enseñanza católica

El método pastoral de Jesús seguía un patrón específico y constante. Primero, el Señor acogía a quienes acudían a él en busca de ayuda. Luego, los asistía con el problema que los agobiaba. Solo entonces los llamaba a la transformación. Este patrón debe reflejarse de manera constante en la práctica pastoral de la iglesia y en nuestro propio servicio pastoral a quienes encontramos en nuestra vida dentro del contexto de la fe.

Creo que esta es la mayor contribución que el Papa Francisco ha hecho a la vida de la Iglesia: el llamado a reformar nuestra concepción de la teología pastoral y considerarla un elemento central para comprender el llamado del Evangelio y la formación de la enseñanza católica. La práctica pastoral no consiste en comprender cómo aplicar un conjunto de principios ya formados y a menudo reificados a situaciones concretas. Parte de la convicción de que las situaciones concretas en las que se encuentran las personas son dimensiones constitutivas de cómo debe formarse la doctrina a la luz del kerygma. 

Nos reunimos mientras los frutos de la sinodalidad aún se hacen evidentes. Oremos para que, en las conversaciones que se desarrollen en el Espíritu y que nos guíen en los próximos años, todo el pueblo de Dios avance hacia el futuro que Dios está construyendo para nuestra Iglesia.

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