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Iglesias de Colombia y Ecuador advierten de violencias invisibles en las fronteras y exigen respuestas integrales para proteger la vida

Las Iglesias advierten que la paz fronteriza exige más que control militar: reclaman justicia, presencia institucional, protección ambiental y atención a las comunidades vulnerables

Encuentro de Iglesias de Colombia y Ecuador en Tumaco
Encuentro de Iglesias de Colombia y Ecuador en Tumaco
10 oct 2026 - 19:08

(Luz Marina Medina Garavito/ADN Celam).- Tras cuatro días de diálogo en Tumaco, las Iglesias de Colombia y Ecuador advirtieron que el miedo, el confinamiento y el control social mantienen ocultas distintas expresiones de la crisis humanitaria que afecta a las comunidades fronterizas, y reclamaron respuestas conjuntas.

Las violencias, las economías ilícitas y la exclusión social que afectan a las comunidades fronterizas hicieron que los participantes de Colombia y Ecuador trabajaran en acciones para fortalecer la cooperación. Se trata de articular esfuerzos entre ambos países para responder de manera permanente a los desafíos sociales y humanitarios.

Representantes de las ocho jurisdicciones eclesiásticas y de los organismos de pastoral social de Colombia y Ecuador insistieron en que la situación fronteriza demanda respuestas integrales y una cooperación permanente, centradas en la protección de las comunidades y no únicamente en el control territorial.

“La frontera es mucho más que una línea que separa dos Estados. Es un territorio de vida y de encuentro”, afirmaron las Iglesias, al destacar la diversidad cultural y humana de los pueblos indígenas, las comunidades afrodescendientes y campesinas, las familias y las personas que cruzan la frontera en busca de protección y nuevas oportunidades.

Violencias que permanecen ocultas

El análisis de los corredores Pacífico, Andino y Amazónico evidenció la presencia de economías ilícitas y redes criminales que profundizan la inseguridad en la frontera. Las Iglesias alertaron sobre el narcotráfico, la minería ilegal, el contrabando, el tráfico de armas, la extorsión y la trata de personas, actividades que se entrelazan con las disputas por el control territorial y social.

Igualmente, advirtieron que la reducción de los hechos violentos reportados no significa necesariamente que hayan mejorado las condiciones de vida de las comunidades fronterizas. “La violencia adquiere formas cada vez menos visibles”, alertaron, al señalar que “el miedo, el confinamiento y el control social pueden ocultar una crisis que continúa afectando profundamente a las comunidades”.

Frente a esta realidad, las Iglesias reafirmaron su compromiso de no permanecer indiferentes ante las violencias que vulneran la dignidad humana y obligan a numerosas personas a abandonar sus territorios. "Cada persona amenazada, desplazada, reclutada, explotada o forzada a abandonar su territorio posee una dignidad que no puede ser negociada", subrayaron.

Comunidades vulnerables y deterioro ambiental

Las Iglesias manifestaron especial preocupación por las comunidades que enfrentan con mayor rigor las consecuencias de la violencia, entre ellas los pueblos indígenas, las comunidades afrodescendientes, las familias campesinas, las personas migrantes y refugiadas, así como las mujeres y los menores de edad.

A las violencias y las economías ilícitas se suma el deterioro ambiental que afecta a los territorios fronterizos. La minería ilegal, los cultivos ilícitos, la deforestación, la contaminación de los ríos y la variabilidad climática ponen en riesgo la salud, la seguridad alimentaria y la permanencia de las comunidades en sus territorios.

Al vincular las problemáticas ambientales con las condiciones de vida de las poblaciones fronterizas, las Iglesias destacaron la necesidad de proteger tanto a las comunidades como a sus territorios. “Cuidar la vida humana y cuidar la casa común son una misma responsabilidad”, recalcaron.

Llamado a respuestas integrales y cooperación binacional

Las Iglesias insistieron en que la seguridad fronteriza no puede depender únicamente del control territorial o de las acciones militares. A su juicio, garantizar la paz también implica combatir las redes criminales, atender las necesidades humanitarias, ampliar las oportunidades para la población y fortalecer la presencia institucional y comunitaria.

El documento insiste en que construir paz implica mucho más que garantizar la seguridad: "La paz es una tarea más amplia", señala, al llamar a promover el cuidado ambiental y una acción coordinada entre ambos países.

Como parte de este compromiso, las Iglesias acordaron profundizar el análisis conjunto de la realidad fronteriza, fortalecer el acompañamiento pastoral a las comunidades y promover iniciativas de protección de la vida, reconciliación y construcción de paz, en coordinación con instituciones públicas, organizaciones sociales y actores de la cooperación internacional.

Iglesias renuevan compromiso con la paz y fraternidad

Las Iglesias exhortaron a las autoridades colombianas y ecuatorianas a fortalecer la cooperación binacional y adoptar medidas centradas en las comunidades fronterizas. "La protección de la vida exige cooperación, corresponsabilidad y decisiones que pongan en el centro a las personas y a las comunidades", enfatizaron.

Después de 34 años de trabajo articulado, las Iglesias de Colombia y Ecuador reafirmaron su compromiso de acompañar a las comunidades fronterizas, fortalecer su capacidad de afrontar las violencias y promover caminos de esperanza. "Allí donde los límites políticos separan, el Evangelio nos llama a reconocernos hermanos", expresa el comunicado de cierre.

Segundo Encuentro Binacional de Pastoral Fronteriza Colombia-Ecuador

Tumaco, Nariño, octubre de 2026

Comunicado

Reunidos en Tumaco, representantes de las ocho jurisdicciones eclesiásticas que acompañan los territorios de frontera entre Colombia y Ecuador, junto con Cáritas Ecuador y el Secretariado Nacional de Pastoral Social, Cáritas Colombiana, hemos celebrado el Segundo Encuentro Binacional de Pastoral Fronteriza.

Nos hemos encontrado como Iglesias hermanas, llamadas a escuchar los clamores y las esperanzas de los pueblos que habitan estos territorios y a discernir, a la luz del Evangelio, los desafíos que hoy interpelan nuestra misión. La frontera es mucho más que una línea que separa dos Estados. Es un territorio de vida y de encuentro, tejido durante generaciones por pueblos indígenas, comunidades afrodescendientes y campesinas, familias, comunidades de fe y personas que se desplazan de un lado a otro buscando trabajo, protección, encuentro y futuro.

Nuestra presencia en estos territorios tampoco comienza hoy. Durante 34 años, las Iglesias particulares de Colombia y Ecuador han recorrido un camino de cercanía, cooperación y solidaridad frente a las violencias, las crisis humanitarias y las distintas formas de exclusión que afectan a las comunidades fronterizas. Este caminar compartido ha permitido acompañar a quienes sufren, defender la vida y los derechos humanos, acoger a personas migrantes y refugiadas, fortalecer comunidades y alzar la voz cuando la dignidad humana ha sido vulnerada. La consolidación de una instancia binacional permanente nos permite hoy renovar este compromiso y proyectarlo hacia el futuro.

Durante estos días hemos querido mirar juntos la realidad para discernir juntos nuestra respuesta pastoral. La lectura de los corredores Pacífico, Andino y Amazónico nos muestra una frontera atravesada por profundas contradicciones. Es un territorio de intercambio y riqueza humana, cultural y ambiental, pero también un espacio donde el narcotráfico, la minería ilegal, el contrabando, el tráfico de armas, la extorsión y la trata de personas se entrecruzan con disputas por corredores estratégicos y diversas formas de control territorial y social.

Nos duele especialmente constatar que la violencia adquiere formas cada vez menos visibles. La disminución de hechos violentos registrados no significa necesariamente que haya disminuido el sufrimiento: el miedo, el confinamiento y el control social pueden ocultar una crisis que continúa afectando profundamente a las comunidades.

Como Iglesia, no podemos acostumbrarnos a estas realidades ni permitir que la violencia se vuelva parte normal de la vida cotidiana. Cada persona amenazada, desplazada, reclutada, explotada o forzada a abandonar su territorio posee una dignidad que no puede ser negociada. Por ello, queremos permanecer particularmente cerca de los pueblos indígenas y comunidades afrodescendientes, de las familias campesinas, de las personas migrantes y refugiadas, de las mujeres, y de las niñas, niños y adolescentes que experimentan de manera más intensa las consecuencias de estas violencias.

Escuchamos igualmente el clamor de la tierra unido al clamor de los pobres. La minería ilegal, los cultivos ilícitos, la deforestación, la contaminación de los ríos y fuentes de agua y los efectos de la variabilidad climática están poniendo en riesgo la salud, la alimentación y la permanencia de numerosas comunidades. En estos territorios comprendemos de manera especialmente concreta que cuidar la vida humana y cuidar la casa común son una misma responsabilidad.

Ante estas realidades, consideramos que la seguridad de la frontera no puede reducirse al control de los pasos fronterizos ni a respuestas exclusivamente militares. Reconocemos la responsabilidad de los Estados de proteger a la población, garantizar derechos, fortalecer la justicia y enfrentar las redes criminales y sus economías. Al mismo tiempo, sabemos que la paz es una tarea más amplia: requiere oportunidades dignas de vida, instituciones cercanas a las comunidades, protección humanitaria, cuidado ambiental, fortalecimiento del tejido comunitario y una cooperación efectiva entre Colombia y Ecuador.

Nuestra respuesta quiere brotar de la identidad misma de la Iglesia. Queremos ser una Iglesia que acoge, protege, escucha, acompaña y construye puentes; una Iglesia cercana a las comunidades y capaz de caminar con ellas en la búsqueda de caminos de justicia, reconciliación y paz. La presencia cotidiana de parroquias, comunidades, agentes pastorales y organizaciones eclesiales a ambos lados de la frontera constituye una riqueza que queremos poner cada vez más al servicio de la vida.

Por ello, este Segundo Encuentro nos compromete a fortalecer tres caminos comunes: leer y discernir permanentemente la realidad de la frontera y conservar la memoria de sus pueblos, fortalecer la acción pastoral y comunitaria para la protección de la vida, la construcción de paz y la reconciliación, la respuesta humanitaria y el cuidado de la casa común y consolidar la articulación e incidencia binacional, trabajando con las comunidades y dialogando con las instituciones públicas, las organizaciones sociales, la cooperación internacional y otros actores presentes en los territorios.

Hacemos también un llamado fraterno a las autoridades de Colombia y Ecuador, a las organizaciones sociales, a la cooperación internacional y a todos aquellos que tienen responsabilidades en estos territorios. Las dinámicas que atraviesan la frontera superan la capacidad de respuesta de un solo país. La protección de la vida exige cooperación, corresponsabilidad y decisiones que pongan en el centro a las personas y a las comunidades.

Al concluir este encuentro renovamos nuestro compromiso de caminar juntos. Queremos permanecer al lado de quienes sufren, pero también reconocer y fortalecer la enorme capacidad de los pueblos fronterizos para cuidar la vida, resistir a la violencia y construir esperanza.

La frontera no debe ser solamente el lugar donde terminan dos países. Para la Iglesia, es también un lugar de encuentro: allí donde los límites políticos separan, el Evangelio nos llama a reconocernos hermanos. Que el Dios de la vida nos ayude a hacer de esta frontera un territorio de fraternidad, justicia y paz.

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