Misión Idente de Bolivia: Dignidad que empieza en la escuela, fe que se hace profesión y pan, raíces de futuro
Aldeas aisladas, desnutrición y deserción escolar marcan la vida cotidiana en la Chiquitanía, donde las mujeres consagradas han abierto espacios de acogida y estudio
(Eleanna Guglielmi/Vatican News).- Nacida del legado jesuita que entrelazaba la fe, el arte y la música, la Misión de San Miguelito en la Chiquitanía, Bolivia, se remonta a 1998, cuando los misioneros Identes se hicieron cargo de una antigua escuela agrícola fundada a principios de la década de 1960 para los hijos de los agricultores. Desde entonces, la escuela se ha convertido en una "ciudad monástica" y durante décadas ha educado a cientos de jóvenes en disciplinas técnicas y humanísticas. Este mapa de distancias ha dado origen a una orquesta juvenil que preserva la música de la Chiquitanía, una academia de fútbol, un programa itinerante de actividades extraescolares, un instituto de formación, becas universitarias y proyectos de protección forestal y medicina tradicional. Una misión entrelazada con el desarrollo humano, donde la santidad se mide en los pequeños pasos de cada día.
La dignidad que empieza en la escuela
"Muchos niños llegan a la escuela sin saber leer ni escribir", afirma Amy Barilla, misionera idente. "Por eso, el cuidado extraescolar no es un lujo, sino una cuestión de dignidad: darles la oportunidad de empezar desde el mismo punto de partida que los demás". Muchos niños de entre 5 y 13 años presentan un grave retraso en lectura y matemáticas, relacionado con la desnutrición, la falta de estimulación y la falta de apoyo familiar.
Con la adolescencia, las tasas de deserción escolar aumentan, impulsadas por la pobreza, la violencia doméstica y el trabajo infantil. Las aulas multigrado, carentes de recursos y estrategias, agravan la brecha. Por todas partes, aldeas dispersas, campos agrícolas frágiles y monocultivos vulnerables a la sequía dificultan aún más la vida cotidiana.
La fe se hace profesión y pan
"Nuestro sueño era acompañar a las nuevas generaciones sin perder las raíces de su identidad", afirma Deisy Choque. La Escuela de Música "Coro y Orquesta San Miguelito" acoge a 35 niños y adolescentes de seis pueblos: violines, guitarras y violonchelos se convierten en instrumentos de crecimiento personal y pertenencia cultural. "El violonchelo me ayudó a crecer, y ahora sueño con ir a la universidad", revela María Laura, una de las alumnas.
Además de la música, la Escuela de Fútbol involucra a aproximadamente 250 jóvenes, transformando el deporte en una oportunidad para la disciplina y la prevención de riesgos sociales. "En el campo, aprendemos respeto y amistad: es como una segunda familia", afirma Milos.
A través de un instituto de formación continua, los misioneros, junto con los misioneros, ofrecen cursos de artesanía, agricultura sostenible y medicina tradicional, con especial énfasis en la autonomía de las mujeres. "Para nosotros, la santidad también significa pan, educación y dignidad", reitera Deisy Choque. "La fe no se expresa sólo con palabras, sino cuando una familia tiene qué comer y un niño encuentra la fuerza para seguir estudiando", afirma Jean Djeling.
Raíces que se convierten en futuro
La Chiquitanía aún conserva el recuerdo de las misiones jesuitas que, desde el siglo XVII, han dado origen a una cultura original y resiliente: procesiones, cantos y fiestas patronales siguen marcando la vida comunitaria. «Proteger nuestra tierra es parte de nuestra fe», enfatiza Milos. «El bosque seco de la Chiquitanía es más que naturaleza: es memoria, cultura y vida para quienes lo habitan». Por ello, la misión promueve la conservación forestal, la educación ambiental, el rescate de la medicina tradicional y las prácticas agrícolas sostenibles.
Al mismo tiempo, apuesta cada vez más por la comunicación digital para dar a conocer la labor de San Miguelito y atraer el apoyo de universidades, voluntarios y benefactores.
La santidad es un destino compartido
"La santidad no es un ideal lejano, sino una posibilidad cotidiana que se refleja en el estudio, el trabajo y la vida comunitaria", dicen Amy y Deisy. La experiencia enriquece no solo a las comunidades, sino también a quienes se dedican a ella. "Cada vez que un joven de la Chiquitanía recibe una beca, es como si toda la comunidad fuera admitida en la universidad", añade Jean. "No solo formamos individuos: invertimos en el futuro colectivo".
Cada vez que un joven de la Chiquitanía recibe una beca, es como si toda la comunidad fuera admitida en la universidad
La dispersión de las comunidades, la escasez de sacerdotes, la crisis del combustible y la falta de servicios siguen siendo obstáculos cotidianos. "A menudo tenemos que reducir los viajes de los niños a San Miguelito, y somos nosotros quienes viajamos para llegar a los pueblos", explican los misioneros. Sin embargo, su mirada permanece hacia adelante: "Con fe, compromiso y solidaridad, incluso una tierra remota puede convertirse en una fuente de futuro".
