Carta a nuestros hermanos y hermanas de Latinoamérica y el Caribe "Los pueblos de América Latina sufren hambre y sed, claman por oxígeno y medicina, ruegan por un empleo y un espacio para que sus hijos jueguen"

Iglesia en América Latina
Iglesia en América Latina

"América Latina se ha convertido en el epicentro mundial de la pandemia, dejando millones de contagiados y centenares de miles de fallecidos y desempleados, viviendo situaciones de hambre, miedo, incertidumbre, xenofobia y aporofobia"

"Según Oxfam, la Cepal y la Fao, los ricos de América Latina son hoy un 17% más ricos, a costa de 16 millones de nuevos empobrecidos"

"En esta realidad de temor y muerte, donde se critica a quien sale a buscar el pan de cada día, se rechaza al vecino contagiado de Covid-19 y se desconfía del extranjero y del diferente, ponemos nuestro aliento en la caminada por la historia"

Como hijos e hijas de Dios, Padre y Madre, que nos ha creado para que tengamos vida en abundancia. Con la mirada puesta en Jesús hermano, que nos enseña a amarnos como hermanos. Empujados por el Espíritu que levanta su voz en medio de nuestros pueblos. Nosotros, teólogos y teólogas de diversas Iglesias, apostando por la verdad, la solidaridad y el cariño, redactamos esta carta de amistad, animados por las palabras de San Romero de América: “La Iglesia debe predicar su palabra para salvar del pecado, de la esclavitud; para derribar la idolatría y proclamar al único Dios que nos ama... Aunque eso signifique cruz y humillación, pero nunca traicionar su mensaje…”.

Reconocemos que muchas veces actuamos sin coherencia y no llegamos a tiempo a la estación de la historia, dejando que el tren de la vida parta. Cuán ciertas son las palabras de Dietrich Bonhoeffer: “Nuestra Iglesia en estos últimos años ha luchado sólo por su supervivencia, como si fuera un fin en sí misma, incapaz de ser representante de la palabra reconciliadora y salvadora para el mundo [...] Llegará el día en que seremos llamados a pronunciar la Palabra de Dios de tal manera que el mundo se renueve; será lenguaje nuevo, liberador y salvador, el lenguaje de Jesús”.

“Muchas son las angustias del justo” (Salmo 34,20)

Hace seis meses, la Organización Mundial de la Salud declaró al mundo en emergencia sanitaria ante el avance del nuevo coronavirus, el Covid-19. Hoy, América Latina se ha convertido en el epicentro mundial de la pandemia, dejando millones de contagiados y centenares de miles de fallecidos y desempleados, viviendo situaciones de hambre, miedo, incertidumbre, xenofobia y aporofobia. Pueblos que sufren hambre y sed, que claman por oxígeno y medicina, que ruegan por un empleo y un espacio para que sus hijos jueguen, que viven en condiciones indignas, en soledad e invisibilizados.

Iglesia de América Latina
Iglesia de América Latina Agencias

Asistimos a esfuerzos por reactivar la economía con leyes que excluyen y estigmatizan a los pobres, discursos apocalípticos, preeminencia del capital por encima de la persona, llamados a “quedarse en casa” sin aclarar cómo deben sobrevivir los que poco o nada tienen. Y los medios de comunicación hacen toda una campaña para llamar a los pueblos a arrimar el hombro, porque “todos estamos en el mismo barco”. ¡No! No hay un solo “barco”. Unos viajan en yates, otros se aferran a tablas y otros -¡más de 200 mil!- ya no nos acompañan en este viaje.

Vemos con indignación que la pandemia deja en evidencia gobiernos interesados en mezquinos intereses, más que en atender a la mayoría empobrecida y desangrada. ¡Si no nos mata el Covid, lo hará la corrupción! Nos hablan de “nueva normalidad”. ¿Cuál? si es la misma de siempre, llena de sufrimiento, explotación y confinamiento.

Según Oxfam, la Cepal y la Fao, los ricos de América Latina son hoy un 17% más ricos, a costa de 16 millones de nuevos empobrecidos, sumidos en la informalidad laboral, autoempleo, explotación -especialmente de mujeres-, migración forzada, asesinatos, trata de personas, incremento de la delincuencia y de economías ilícitas -narcotráfico y contrabando-. Y el impacto del hambre ya es también significativo.

El Papa, en Albano, con una pintada al fondo
El Papa, en Albano, con una pintada al fondo

“El pobre gritó y el Señor lo escuchó, y lo salvó de sus angustias” (Salmo 34,7)

En esta realidad de temor y muerte, donde se critica a quien sale a buscar el pan de cada día, se rechaza al vecino contagiado de Covid-19 y se desconfía del extranjero y del diferente, ponemos nuestra confianza en el Señor de la Vida, nuestro aliento en la caminada por la historia. Hacemos nuestras las palabras de Job: “Tierra, no cubras mi sangre, no se detenga mi pedido de justicia. En el cielo está mi testigo, en la altura mi defensor” (Job 16,18-19).

En medio del sufrimiento clamamos por la justicia de Dios, confiados de que Él nos escucha: “Bien vista tengo la aflicción de mi pueblo, y he escuchado su clamor en presencia de sus opresores; pues ya conozco sus sufrimientos. He bajado para librarle y para subirle de una tierra buena y espaciosa, tierra que mana leche y miel” (Ex 3,7-8).

Pero no queremos quedarnos sólo en la confianza, sino levantar nuestra denuncia contra la idolatría del mercado que construye su templo a costa de la sangre de los muertos y el dolor de los sin-techo, sin-empleo, sin-seguridad. Ídolos que mercantilizan la salud y la educación, ocultando que lo que vivimos es fruto de la depredación del ecosistema, en nombre de la maldita acumulación. “¡Ay de ustedes, los ricos!, porque han recibido su consuelo. ¡Ay de ustedes, los que ahora están hartos!, porque tendrán hambre. ¡Ay de los que ríen ahora!, porque tendrán aflicción y llanto” (Lc 6, 24-25).

Coronavirus
Coronavirus

Sabemos que no estamos solos, nos tenemos y acompañamos en nuestro caminar. Jesús está con nosotros, alentando la solidaridad, la minga, la olla común, el trueque. Creemos que cuando “el pobre cree en el pobre, se puede cantar libertad”. “Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque mantienes ocultas estas cosas a los sabios y entendidos y se las revelas a la gente sencilla. Sí, Padre, así fue de tu agrado” (Mt 11,25-26).

“Organizar la Esperanza”

El dolor frente a esta pandemia nos pone de cara con el Jesús Sufriente, pero también con el Resucitado. Entre y con los pobres encontramos esperanza y alegría. Pero la esperanza suele ser frágil. Por eso, invitamos a nuestros pueblos a “organizar la esperanza”, indispensable para enfrentar la injusticia. Que el compromiso del personal de salud, de los vecinos solidarios, de las comunidades y barriadas que se organizan, sean gestos orientados a construir el Reino de Dios. Resuena en nosotros la voz de Ignacio Ellacuría: “La verdad de la realidad no es lo ya hecho; es sólo una parte de la realidad. si no nos volvemos a lo que está haciéndose y a lo que está por hacer, se nos escapa la verdad de la realidad”.

El coronavirus avanza en  América Latina
El coronavirus avanza en América Latina

No debemos quedarnos en acciones puntuales y desorganizadas. Invitamos a nuestros hermanos y hermanas de la Patria Grande a dar paso a la vida y a sacarle provecho al tiempo de pausa y duelo, a prepararnos para seguir construyendo el Reino de Dios en estas circunstancias. Actuar con precaución, pero no con temor; redoblar cuidados, sin perder la alegría; apostar por la compasión, no por la lástima; leer la realidad, sin perder la esperanza; levantar la voz indignada y endurecida, sin perder la ternura. Que en cada compromiso familiar, eclesial, barrial, se haga presente el Dios de la historia. ¡Siempre lo ha estado, acompañando nuestra lucha por hacer realidad un mundo hermanado por la justicia y mutua filiación! “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, sediento, forastero, desnudo, enfermo o en la cárcel, y te asistimos? Él les responderá: "En verdad les digo cuando lo hicieron con un pequeño, conmigo lo hicieron” (Mt 25,37-40). Porque en momentos de crisis e incertidumbre hacemos nuestras las palabras de Pedro Casaldáliga: “Todo es relativo, menos Dios y el Hambre”.

Reordenemos nuestros valores, abandonemos nuestros egos y seamos esperanza para las víctimas, a ejemplo de Jesús que “pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos” (Hch 10,38). Es tiempo de revertir los principios en los que se asientan nuestras vidas y construir sociedades de relaciones justas, que apuestan por un nuevo trato, que priorizan el trabajo sobre el capital y lo comunitario sobre lo individual.

Confiemos en las palabras de Tonantzin, la Virgen de Guadalupe, dichas a los millones de Juan Diego de nuestra América: “Escucha, ponlo en tu corazón, hijo mío el menor, que no es nada lo que te espantó, lo que te afligió, que no se perturbe tu rostro, tu corazón; no temas esta enfermedad ni ninguna otra, ni cosa punzante, aflictiva”.

Clamor creyente del pueblo latinoamericano
Clamor creyente del pueblo latinoamericano EFE

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