Desde el Vaticano, América Latina abre un diálogo sobre las drogas: "Lo que salva es la familia", afirma Emilce Cuda

El encuentro internacional promovido por el CELAM, la CAL y la OEA del 25 al 27 de agosto pone en común experiencias de prevención, recuperación e integración y plantea una respuesta basada en la comunidad, la fe y la corresponsabilidad ante las adicciones y el reclutamiento criminal de jóvenes

Participantes en el encuentro promovido por el CELAM, la CAL y la OEA
Participantes en el encuentro promovido por el CELAM, la CAL y la OEA | @Vatican Media
26 ago 2026 - 21:01

(Sebastián Sansón Ferrari / Vatican News).- No se trata solamente de hablar de drogas. Tampoco solamente de hablar de quienes consumen. En el Vaticano, el diálogo internacional sobre la respuesta basada en la fe a las drogas y al reclutamiento criminal de jóvenes puso sobre la mesa una cuestión más profunda: qué tipo de comunidades son necesarias para que un adolescente o un joven encuentre allí pertenencia, cuidado, dignidad y un proyecto de vida antes de que otros ocupen ese lugar.

Del 25 al 27 de agosto, representantes de América Latina y el Caribe, junto a experiencias provenientes de Asia, África y Europa, participan en el encuentro "Respuesta basada en la fe a las drogas y al reclutamiento criminal de jóvenes: un diálogo desde América Latina y el Caribe hacia el mundo", promovido por la Pastoral Latinoamericana de Acompañamiento y Prevención de Adicciones (PLAPA) del CELAM y la Comisión Interamericana para el Control del Abuso de Drogas (CICAD) de la OEA. A través de la metodología de las Conversaciones en el Espíritu, se generan espacios de escucha, reflexión, resonancia y discernimiento colectivo para identificar desafíos comunes y posibles respuestas. El congreso finalizará con una audiencia con el Santo Padre León XIV, a quien presentarán las conclusiones de este evento. 

La iniciativa hunde sus raíces en una experiencia nacida en Argentina durante el período en que Jorge Mario Bergoglio era arzobispo de Buenos Aires: la Familia Grande del Hogar de Cristo, orientada a recuperar a jóvenes afectados por las adicciones y acompañarlos en su reintegración social. Desde allí, la experiencia comenzó a proyectarse hacia América Latina y, posteriormente, a articularse con la OEA. El resultado de ese camino es un método de acompañamiento que ahora busca ampliar su alcance mediante un manual elaborado colectivamente.

Emilce Cuda
Emilce Cuda | Noticias Obreras

Para Emilce Cuda, secretaria de la Pontificia Comisión para América Latina, el punto decisivo está en comprender que la recuperación no termina cuando una persona deja de consumir. El desafío es evitar la recaída y reconstruir los vínculos que permiten volver a vivir en comunidad.

"Lo que salva es la familia", explica. Cuando una persona atraviesa una adicción, muchas veces su propia familia la considera enferma, la castiga o se avergüenza de ella. Por eso, el "método" busca que los centros de acompañamiento puedan convertirse también en una familia para quien ha perdido la suya. Y después aparece una segunda dimensión: la integración social. Recuperar la confianza y la autoestima, capacitarse y acceder a un trabajo forman parte de un mismo proceso, porque, como subraya Cuda, el trabajo contribuye a afirmar la dignidad de la persona.

La diferencia respecto de otros abordajes no está en negar el aporte de la medicina o de la ciencia, sino en sumar otra dimensión. El método que se presenta en Roma se define como una respuesta basada en la fe: comienza por acercarse a la persona, ganar su confianza, ponerse a su lado y acompañarla en una comunidad.

"La Iglesia tiene que entender que esto le compete"

El padre Carlos Olivero, coordinador de la Red Eclesial de Comunidades Organizadas (RECOR) del CELAM, de la que forma parte la PLAPA, formula el desafío desde una perspectiva pastoral. La Iglesia, sostiene, está llamada a ser "familia de los que están más rotos", de quienes quedaron "tirados al costado del camino", y a cuidar a sus jóvenes para que no sean arrancados de sus manos.

Por eso, para Olivero, una de las principales resistencias que hay que superar es la idea de que las adicciones constituyen exclusivamente un asunto para especialistas. Neurocientíficos, psicólogos y psiquiatras tienen, naturalmente, un papel fundamental. Pero la Iglesia tiene otro: ser comunidad, abrazar la vida y acompañarla.

El reto implica, en sus palabras, una "conversión pastoral": comprender que el Evangelio no se reduce al culto o a la moral, sino que toca todas las dimensiones de la existencia, incluida la manera en que se organizan las comunidades.

Uno de los momentos del encuentro, guiado por el padre Carlos Olivero.

Y hay una segunda palabra que atraviesa su reflexión: sinodalidad. "Nadie se salva solo", repite. Una parroquia que descubre que antiguos jóvenes de su catequesis están consumiendo drogas o incluso han sido captados por grupos criminales necesita de otras organizaciones, de otras comunidades y de otras experiencias para responder. Caminar juntos, aprender unos de otros y sostenerse mutuamente aumenta la capacidad de afrontar una realidad que ningún actor puede resolver por sí mismo.

El manual de la PLAPA, elaborado mediante un proceso que involucró a más de 300 personas de 18 países de América Latina y el Caribe, pretende precisamente ofrecer un lenguaje y un marco común. Olivero lo considera a la vez punto de llegada y punto de partida: un mapa amplio que integra dimensiones espirituales, eclesiales, comunitarias, psicológicas y neurobiológicas para que quienes trabajan en distintos territorios puedan caminar en una misma dirección.

El objetivo es también actualizar un precedente. En 2001, se presentó el manual «Iglesia, droga y toxicomanía», elaborado entonces por el Pontificio Consejo para la Salud. La propuesta latinoamericana busca ahora abrir un proceso de actualización y colaboración internacional que permita contar con herramientas prácticas frente a una realidad que ha cambiado.

La paz se construye con todos

Desde México, Ana Paula Hernández Romano, coordinadora nacional del Diálogo Nacional por la Paz, lleva al encuentro una convicción que atraviesa toda la iniciativa: nadie puede delegar en otro la responsabilidad de construir las condiciones que protejan a los jóvenes.

La Iglesia debe asumir lo que le corresponde; el Gobierno, su responsabilidad; las madres y los padres, la propia; pero también las universidades y las empresas. "De manera corresponsable" deben participar todos los sectores, plantea.

En un país atravesado por la violencia y el narcotráfico, la construcción de paz y la protección de los jóvenes no pueden pensarse como intervenciones puntuales. Son, dice Hernández Romano, una "carrera de largo aliento".

Por eso considera especialmente valioso que el encuentro de Roma pueda generar lazos regionales estables, con reuniones periódicas y objetivos concretos. Identificar factores de riesgo individuales, familiares, comunitarios y estructurales y, desde allí, construir respuestas comunes aparece como uno de los caminos posibles.

La experiencia mexicana, añade, nació como un proceso sinodal dentro de la Iglesia y fue creciendo gracias a su capacidad de vincularse con otros sectores. Esa apertura, afirma, permite que la Iglesia pueda incidir de manera más contundente en la realidad.

De la droga al reclutamiento: el territorio como clave

La perspectiva de Jimena Kalawski, jefa de Reducción de la Demanda de Drogas de la CICAD de la OEA, ayuda a situar el diálogo en un proceso que comenzó hace años. Desde 2018, la OEA y representantes de la Iglesia fueron construyendo una colaboración que desembocó en materiales de formación y en un curso implementado en 14 países de la región.

El punto de encuentro está en el territorio. Las comunidades pueden llegar a personas y familias que muchas veces quedan fuera de los servicios estatales. De allí la importancia de fortalecer redes que combinen conocimiento técnico y acompañamiento comunitario, así como un diálogo entre fe y ciencia.

Pero el desafío se ha ampliado. Ya no se habla solamente del consumo de sustancias, sino también de los mecanismos mediante los cuales las organizaciones criminales buscan a los más vulnerables.

Las bandas de narcotráfico, explica Kalawski, tienden a buscar a personas expuestas a factores de riesgo similares a los que aparecen en las problemáticas de consumo. En territorios atravesados por la violencia o el desplazamiento, niños y jóvenes necesitan un lugar seguro y un espacio de pertenencia. El crimen organizado puede presentarse inicialmente bajo esa apariencia: prometer protección, cuidado, dinero o una vida mejor. Después, salir puede convertirse en una cuestión de supervivencia.

Por eso la respuesta, insiste, exige comunidad. Y también presencia: estar allí donde se encuentran quienes sufren, conocer de primera mano las realidades del territorio y poner al servicio de esas personas los recursos personales, espirituales y profesionales disponibles.

Un sacerdote que conoció la adicción desde dentro

Entre los testimonios escuchados en Roma, el del padre Roberto Delacruz introduce una dimensión especialmente personal. Sacerdote de la Archidiócesis de Manila y responsable de Sanlakbay -"Un solo camino"-, un programa comunitario de acompañamiento a personas con dependencia de sustancias, conoce la adicción no solamente desde el ministerio pastoral.

Antes de su conversión, él mismo estuvo involucrado en el consumo y el tráfico de drogas. Fue encarcelado en varias ocasiones y pasó por diferentes programas de rehabilitación. La experiencia, cuenta, le enseñó a mirar de otro modo a quienes atraviesan una dependencia: desde la empatía.

Sanlakbay nació en 2016, en un contexto marcado por la violenta campaña contra las drogas emprendida entonces en Filipinas. Ante el elevado número de personas que se entregaban a las autoridades, el cardenal Luis Antonio Tagle le pidió que pusiera en marcha un programa comunitario. Su propia historia estaba detrás de esa elección.

Delacruz sostiene que la fe puede desempeñar un papel fundamental en una verdadera transformación. No se refiere solamente a abandonar una sustancia, sino a cambiar la mirada sobre Dios, sobre los demás y sobre uno mismo.

Él mismo había sido el mismo hombre antes y después de la conversión. Lo que cambió, explica, fue su "mindset": la manera de mirar a Dios y al otro. Después de múltiples intentos de rehabilitación, encontró en una experiencia centrada en el conocimiento de Dios, de su propia identidad y de la dignidad humana una posibilidad de cambio que los tratamientos anteriores no habían conseguido producir.

Su conclusión es sencilla y, al mismo tiempo, exigente: colaboración y comunión pueden salvar vidas. Salvar a una persona con adicción significa también salvar a su familia y, en última instancia, contribuir a salvar a la sociedad.

"Hay que salir de nuestros espacios"

Desde Italia, Simone Feder lleva al encuentro la experiencia de diez años de trabajo con jóvenes y personas afectadas por las adicciones desde la Casa del Giovane de Pavía. Su conclusión nace de una realidad concreta: ya no basta con esperar que las personas lleguen a los centros.

"Debemos salir de nuestros setting", explica. Hay que ir al encuentro de quienes viven el sufrimiento en los llamados «no lugares», allí donde muchas veces no llega la respuesta institucional. La presencia debe ser profesional, pero también humana: un escucha que, en sus palabras, «parte del corazón».

Otro instante del encuentro este miércoles 26 de agosto de 2026

Su experiencia en Rogoredo comenzó en 2017, después de una observación de su hija. Vivían cerca de la zona y ella le preguntó por qué, dedicándose desde hacía años a las adicciones, no había ido a ver qué ocurría allí. Feder fue. Encontró a jóvenes que se dirigían hacia el bosque como hacia un "santuario de la desesperación". Jóvenes que no estaban yendo a la universidad ni a la escuela, sino hacia un lugar donde encontraban una oferta permanente de droga, incluso por pequeñas cantidades de dinero.

Pero detrás de esa escena encontró algo todavía más profundo: soledad y desesperación. Por eso, al regresar de Roma, Feder se lleva una tarea concreta: poner en red los conocimientos, los saberes, las dificultades y las oportunidades de los distintos territorios. Y dar voz a quienes no la tienen. Habitar los espacios donde los jóvenes corren el riesgo de perderse y trabajar con las familias para que toda la comunidad se convierta en una "comunidad educadora".

La prevención comienza en casa

Desde Brasil, Denise Ferreira, coordinadora nacional de la Pastoral de la Sobriedad, insiste en otro territorio decisivo: el hogar. La Iglesia brasileña cuenta con una extensa red de voluntarios y comunidades capaces de llegar a las periferias, a las grandes ciudades y también a las zonas rurales. Esa capilaridad, sostiene, constituye una de las grandes fortalezas de la acción preventiva.

Pero la prevención no comienza necesariamente en una institución especializada. Puede comenzar con tres preguntas familiares aparentemente sencillas: dónde está el hijo, con quién está y qué está haciendo.

El diálogo y la convivencia familiar construyen un lugar seguro. Y cuando un joven encuentra seguridad, confianza y acogida en su propia familia, disminuye el espacio que puede ocupar un grupo criminal que se presenta como una alternativa de pertenencia. Ferreira considera, además, que el reclutamiento criminal debe dejar de ser un asunto reservado a las pastorales que trabajan directamente con las adicciones. Tiene que entrar también en la catequesis, la pastoral familiar y otros espacios de la vida eclesial. Es necesario, plantea, construir una estrategia específica para prevenirlo.

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