15 de septiembre: Nuestra Señora de los Dolores
15 de septiembre: La Virgen de los Dolores
Texto evangélico
“Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción —y a ti misma una espada te traspasará el alma—, para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones” (Lc 2, 33-35).
Invocación
Señora, Santa María:
Tú eres la mujer de la que el Génesis anunciaba que pisaría la cabeza de la serpiente; la Hija de Sion, a quien los profetas invitaron a exultar de alegría porque el Señor la habitaba.
Tú eres la novia a quien el salmista canta y anima a engalanarse porque el Rey se ha enamorado de ella; la esposa del Cantar de los Cantares, la amada a la que corteja Dios y lleva al huerto cerrado, a la viña en flor.
Tú eres la Nazarena, que dio crédito a la revelación divina y asumió la vocación más sobrecogedora de la historia. Eres la peregrina, andariega, solidaria y servicial, capaz de echarse a los caminos abandonada a la Providencia.
Tú eres el reflejo de la sabiduría divina, el diseño perfecto del proyecto divinizador de la humanidad, la joven a la que el ángel Gabriel llama «llena de gracia», amada de Dios. Isabel, tu prima, te llama «bendita entre todas las mujeres».
Tú eres la orante, la iniciada en las Escrituras, que sabe iluminar la historia desde la luz de las profecías; la Madre de la Palabra hecha carne, la que dio a luz al Hijo de Dios, el Verbo eterno hecho hombre; la mujer meditativa de las palabras y acontecimientos que excedían tu comprensión y que acrisolaron tu fidelidad.
Tú eres la Madre de la nueva humanidad, de todos los hombres redimidos por la cruz de tu Hijo Jesús; la Madre de la Iglesia, la intercesora y medianera. Al contemplar esta historia de predilección que Dios tuvo contigo, la Iglesia te invoca como Madre suya.
Este día contemplamos de manera especial que tú eres la mujer fuerte, recia, que se mantuvo de pie ante la prueba suprema de ver a tu Hijo crucificado, cimentada en la confianza que te daba la Palabra de Dios.