El Cordero de Dios
18 de enero, II Domingo del Tiempo Ordinario
El Cordero de Dios
“Al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel». (Jn 1, 29-31)
Juan, discípulo del Bautista y testigo de la identidad de Jesús como Cordero de Dios, es quien nos narra la boda de Caná, la pasión y muerte del Señor —a quien atraviesan con una lanza— y la visión gloriosa del Cordero degollado en el Apocalipsis.
El Evangelio nos presenta al Cordero de Dios, el Buen Pastor que se hace Cordero. Él es el Hijo amado que da su vida, como aquel cordero que, en tiempos de Abraham, sustituyó el sacrificio de Isaac, su hijo amado. Por la vida entregada de este Cordero se salvan las ovejas dispersas. Gracias al Cordero degollado se alcanza la gloria de Dios. Él es el único capaz de abrir el libro de los siete sellos, el único que da sentido a la vida de quienes lo siguen y han lavado sus túnicas en la sangre de este Cordero.
María, la madre de Jesús, llevó en sus brazos al Verdadero Cordero que quita el pecado del mundo. Ella, como la zarza que trababa al cordero que sustituyó la muerte de Isaac, nos brinda en el banquete de Caná de Galilea el signo que anticipa la Redención. La Iglesia, cada vez que celebra la Eucaristía, antes de comulgar nos presenta en el pan santo al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, y nos invita a la Cena del Señor, al banquete de bodas.
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