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“El grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma: nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía, pues lo poseían todo en común. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor. Y se los miraba a todos con mucho agrado. Entre ellos no había necesitados, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero de lo vendido y lo ponían a los pies de los apóstoles; luego se distribuía a cada uno según lo que necesitaba” (Act 4, 32-35).
El texto que se proclama hoy es un referente esencial, tanto para los fieles cristianos, como para quienes viven consagrados. Desde el comienzo la comunidad de los creyentes fue solidaria para con los pobres y admiraba a sus contemporáneos.
Durante los tres primeros siglos ser creyente significaba asumir el riesgo del martirio a la vez que vivir de forma fraterna y comprometida para que no hubiera nadie con necesidad.
A pesar del riesgo que corrían los discípulos de Jesús, no cedieron en su testimonio, y lo daban con mucho valor, arriesgando su vida. Para nosotros esta referencia será siempre un ejemplo que debe espolear nuestra identidad cristiana.
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