Conversión de san Pablo
25 de enero: III Domingo del Tiempo Ordinario
Os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados
(Isaías 49,1-6; Salmo 70; Juan 13,21-33.36-38)
“El Señor me llamó desde el vientre materno, de las entrañas de mi madre, y pronunció mi nombre. Hizo de mi boca una espada afilada, me escondió en la sombra de su mano; me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba y me dijo: «Tú eres mi siervo, Israel, por medio de ti me glorificaré». Y yo pensaba: «En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas». En realidad el Señor defendía mi causa, mi recompensa la custodiaba Dios” (Isa 49,1-4).
A medida que nos acercamos a los días de la Pasión del Señor, se hace más evidente el motivo por el que Jesús no rehúye beber el cáliz que le ofrece su Padre. El pasaje de Betania es una referencia para quienes se proponen aliviar el sufrimiento del Señor. Lo que hoy hagamos por su persona, y por los que más se asemejan al Nazareno en los días de su oblación, estuvo presente a los ojos de Dios en el momento histórico en el que Jesús fue entregado en manos de malhechores. En muchos lugares las Hermandades rinden culto especial a sus imágenes titulares. Emociona cómo personas humildes, sencillas y pobres tienen gestos de amor para con el Señor y para con su santísima madre.
En los diálogos que el Maestro de Nazaret mantiene con Nicodemo, de noche, ya le adelanta la razón de la Encarnación: “Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3,16-17). Y con máxima sinceridad les llega a decir a sus discípulos: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor” (Jn 15,9). Y ahora, Padre, glorifícame junto a ti, con la gloria que yo tenía junto a ti antes que el mundo existiese” (Jn 17,4-5).
“Os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados. Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor, esforzándoos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. (Ef 4, 1-3)
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