Conversión de san Pablo
25 de enero: III Domingo del Tiempo Ordinario
No dudes en encomendarte a María, la madre de Jesús.
“María dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava. | Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí” (Lc 1, 46-49)
María exulta de alegría, medita, conoce las Escrituras, intercede, y sobre todo queda absorta ante el misterio que abraza en su propio Hijo. Ella es solidaria, servidora, discípula de Jesús. Es verdad que Jesús recibió de María la enseñanza de las primeras oraciones y, a su vez, la cercanía al Hijo de Dios le transmitió la intimidad orante. Pero ¡Cuánta observación de madre, de mujer, y de creyente sobre Jesús se convirtieron en escuela para el niño, joven y adulto!
Santa María, ruega por nosotros pecadores, por quienes son atrapados en su cuerpo y hacen de su carne un ídolo. Por quienes perecen en el consumismo presentista sin más horizonte que el instante, con el afán de posesión que les lleva a una mayor ansiedad, por quienes arrastran enfermedad, deformación, envejecimiento y llevan en su carne la pasión de tu Hijo, por cuantos han obedecido la llamada vocacional y adelantan con sus vidas generosas los valores del Reino y han dejado todo para servir enteramente a Dios y se gozan en la consagración de su cuerpo para alabanza de tu Hijo y testimonio de fuerza en la debilidad.
Santa María, ruega por los pueblos que te invocan como patrona y al mirarse en ti, mantienen su esperanza y por los que no son respetados en su cuerpo y dignidad de personas, por quienes no tienen libertad ni pan.
No dudes en encomendarte a María, la madre de Jesús.
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