Fueron los pastores, los 'sencillos y humildes', los primeros en anunciar la Buena Nueva "El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo" 
(Jn 1,9)

La adoración de los Pastores. El Greco
La adoración de los Pastores. El Greco

Cada vez me atrae más "La Adoración de los Pastores": por la pintura del barroco, pero también porque, como personas del pueblo, representan a los "sencillos y humildes" o a los "niños y pequeños" (Mt 11,25), a los que Dios se suele manifestar con preferencia

Los pastores fueron, además, los primeros adoradores del Niño, los primeros en anunciar la Buena Nueva

Los grandes pintores del barroco nos han dejado representaciones de “La Adoración de los Pastores” que muestran al niño, “envuelto en pañales”, rodeado por María, José y los pastores, como una fuente de luz en la tiniebla

¡Hagamos como los pastores: dejémonos iluminar con la luz del Verbo Encarnado y calentar y purificar con su fuego para que nos parezcamos más a Él!

Con motivo de “La Adoración de los Reyes Magos”, la Iglesia ha instituido la fiesta de la Epifanía o Manifestación del Señor, porque, según la tradición, el Señor se ha manifestado a los gentiles o no-judíos, simbolizados por los tres reyes o magos, como el “Salvador del mundo”.

Sin embargo, cada vez me atrae más “La Adoración de los Pastores”: por la pintura del barroco, pero también porque, como personas del pueblo, representan a los “sencillos y humildes” o a los “niños y pequeños” (Mt 11,25), a los que Dios se suele manifestar con preferencia.

Aunque no existe un día de fiesta explícito para ello en el año litúrgico, la noche de Natividad del Señor, la “Nochebuena” en la gran lengua española, en la que rezan la mayoría de los católicos, puede considerarse ciertamente una fiesta de “La Encarnación de Dios y de la Adoración de los Pastores”, porque estos son los primeros destinatarios de la Buena Nueva del nacimiento del Mesías y Salvador del mundo.

Los pastores son también los primeros adoradores del Niño en el pesebre, “envuelto en pañales”. Creyeron a los ángeles y se prepararon rápidamente para ir a ver al Niño: “Vayamos, pues, a Belén, y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha comunicado”. También fueron los primeros en anunciar la Buena Nueva, porque les contaron a María y José “lo que se les había dicho de aquel niño”.

Se dice que “todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores”, mientras “María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lc 2,12-19). El relato lucano del Nacimiento de Jesús y de la Adoración de los Pastores fue vinculado en la historia del arte con el prólogo del evangelio de Juan: “El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo” (Jn 1:9), y esta luz “brilla en la tiniebla” (Jn 1:5).

Los grandes pintores del barroco –no sólo en la Iglesia Católica, donde fueron exhortados por el Concilio de Trento a seguir el relato bíblico y a crear obras que, como una “catequesis con el pincel”, nos lleven a la devoción– nos han dejado representaciones de “La Adoración de los Pastores” que muestran al niño, “envuelto en pañales”, rodeado por María, José y los pastores, como una fuente de luz en la tiniebla. La luz que emana del Niño se refleja sobre todo en el rostro pasmado de María, pero también en los rostros de José y los pastores, y tanto más cuanto más cerca miran al Niño con ternura.

Esto se puede observar en “La Adoración de los Pastores” de Bartolomé Murillo, Francisco de Zurbarán , Gerard van Horthorst o Matthias Stomer, pero también en la de El Greco y Rembrandt. En estos dos últimos, uno también tiene la impresión de que el Niño, “envuelto en pañales”, no sólo es luz en la tiniebla, sino un foco de calor, un “fuego” para los que se acercan a él. De esta manera, El Greco y Rembrandt plasmaron muy bien la visión “mística” del misterio de la Encarnación: “Lo que pretende Dios es hacernos dioses por participación, siéndolo Él por naturaleza; como el fuego convierte todas las cosas en fuego” – decía el gran “doctor místico” Juan de la Cruz.

¡Hagamos como los pastores: dejémonos iluminar con la luz del Verbo Encarnado y calentar y purificar con su fuego para que nos parezcamos más a Él! Esto no aclarará todas nuestras preguntas frente a las adversidades de la existencia humana, que Él también experimentó, desde el nacimiento en el establo y la huida a Egipto hasta su muerte, “y una muerte de cruz” (Fil 2:8), abandonado por todos. Pero podría dar a nuestra vida una nueva perspectiva: A pesar de todo, vale la pena vivir de acuerdo con los valores del Evangelio (ÉL prometió “el ciento por uno”, Mc 10:30; Mc 4,20), defender una vida digna para todos, asumir la visión de los “pequeños” de la historia, cuidar del prójimo y del medio ambiente, creer en un Dios cuya esencia es el “amor” (1 Juan 4:16) y en quien por ello, como dijo Don Quijote, “más resplandece y campea la misericordia que la justicia”.

¡Que esta luz también brille en la actual pandemia y nos enseñe más humildad y autoconocimiento, así como una nueva forma de vida que deje atrás el orgullo de la hibris, y que sepa poner acentos cristianos en la polifonía de las culturas y religiones del mundo en busca de una nueva espiritualidad y un nuevo humanismo!

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