Fra Angelico y Juan Bautista Maíno, en los cupones de la Lotería Nacional Dos dominicos, 'protagonistas' de los sorteos de Navidad y El Niño en España

La adoración de los Magos, de Juan Bautista Maíno, y el sorteo del Niño
La adoración de los Magos, de Juan Bautista Maíno, y el sorteo del Niño

El prior del convento dominicano de San Pedro Mártir de Toledo le encarga el retablo mayor de la nueva iglesia. Constaba de un total de diez pinturas, las cuatro principales representaban los cuatro momentos principales de la redención: Nacimiento de Cristo y Adoración de los Pastores, Adoración de los Magos, Resurrección y Pentecostés

Juan Bautista Maíno fue siempre un artista poco reconocido y un dominico desconocido. En 2009 la conservadora del Museo del Prado Leticia Ruiz Gómez organiza una exposición sobre la figura del dominico que sirve para recuperar a Juan Bautista descubriéndolo como uno de los mejores pintores del siglo XVII

Los décimos del sorteo de la Lotería del Niño de este año, llevan por imagen la obra de otro gran artista dominico: La adoración de los Reyes Magos, de Fr. Juan Bautista Maíno. No es el único: en el Gordo de Navidad, Loterías del Estado apostó por una obra de otro ilustre dominico, Fra Angelico, con el cuadro 'La Virgen de Granada'. Ambos se conservan en el Museo del Prado.

Pero, ¿quién fue Juan Bautista Maíno? Los dominicos nos lo cuentan:

Juan Bautista Maíno nació en Pastrana (Guadalajara) y desde su nacimiento fue un hombre de mundo de triple nacionalidad: español por nacimiento, portugués por parte de madre e italiano por su padre. La villa de Pastrana era de por sí un lugar donde se mezclaban culturas variopintas, desde los judeoconversos hasta los moriscos, y multitud de portugueses llegados a la ciudad residencia del príncipe de Éboli.

Su familia se dedicaba al comercio de la seda, la principal industria de Pastrana, y contaban con una posición económica desahogada. Pronto la familia se tuvo que trasladar de Pastrana. La idea primera fue aventurarse al continente africano, en concreto Angola, donde seguir con los negocios familiares. Finalmente fue el padre quien marchó al continente africano y Juan Bautista parece que se quedó en Madrid junto a su madre.

En la capital del reino pasó su adolescencia iniciando quizás sus estudios como pintor. Pronto marcha a Italia, donde tenía familiares, para hacerse cargo de los negocios de familia y continuar sus estudios de pintura. Llega a Roma en torno a 1604, tal vez antes. Por los archivos de la parroquia de San Lorenzo in Lucina se sabe que era vecino de ese barrio y que bautizó a un hijo natural que había tenido con una mujer llamada Ana Vargas. No se sabrá más de esta mujer y del hijo. Según los archivos de la parroquia de Santa Andrea delle frate, se sabe que permaneció en Roma unos años más y que poco a poco su nivel de vida fue subiendo pues en los archivos consta que tenía un criado a su servicio.

De esa época romana poco podemos saber de la vida de Juan Bautista y ni siquiera de la obra que pudo dejar realizada, porque sólo se reconoce un lienzo para la iglesia de San Antonio de los Portugueses. Su estancia en Roma le sirvió para empaparse de las corrientes pictóricas del momento, con la especial influencia de Caravaggio (de hecho se le consideró el principal caravaggista español) y más aún de alguno de sus seguidores, particularmente Orazio Gentileschi (1563-1639).

Su estilo se irá configurando a partir de esta experiencia en Roma. Se caracterizará por la delicadeza de sus obras, unos colores intensos, el minucioso dibujo de los contornos, el amplio uso de ricos paños.

La siguiente etapa de su vida tendrá lugar en Toledo en donde se establece a su vuelta de Roma en 1610. Tampoco se conoce mucho de su obra en esa época, solamente la decoración del Palacio de don Francisco Rojas y Guzmán y un retablo para las Concepcionistas de Pastrana.

Un encargo le cambiaría la vida. El prior del convento dominicano de San Pedro Mártir de Toledo le encarga el retablo mayor de la nueva iglesia. Constaba de un total de diez pinturas, las cuatro principales representaban los cuatro momentos principales de la redención: Nacimiento de Cristo y Adoración de los Pastores, Adoración de los Magos, Resurrección y Pentecotés.

«Mientras pintaba el retablo de san Pedro Mártir y se relacionaba con los dominicos, maduró su vocación de consagrado y la opción por aquella comunidad. Frente al valor artístico que le configuraba dentro de un gremio prestigioso, la fe le invitaba a posturas radicales y cortes en su carrera, o al menos a decisiones llenas de riesgos para su desenvolvimiento. Aquello era más que un sentimiento religioso, era una imperiosa demanda interior que le exigía un régimen de vida diferente. Fray Juan Bautista Maíno profesó el 27 de julio de 1613.

«Yo, Juan Bautista Maíno, hago profesión y prometo obediencia…»

Luego se postraba hasta tumbarse, en gesto profético de más fuerza plástica que sus mismas pinturas. «Las Cuatro Pascuas» de Jesús se prolongaban, desde el Retablo, en la quinta «pascua» de su profesión. El pintor era sobrepasado por el creyente. »

Terminada su mejor obra, el retablo de san Pedro Mártir, y también sus estudios de filosofía y teología, marcha a Madrid y de la mano de fray Antonio de Sotomayor, confesor de los reyes, se pone al servicio del rey como profesor de dibujo del príncipe, futuro Felipe IV.

Su producción pictórica no fue muy abundante durante ese tiempo. Parece que se volcó en su vocación religiosa a la cual subordinó todo lo demás, incluida su pasión por la pintura. Se limitará a ejercer como profesor del príncipe, o como asesor en materias de pintura (participó como juez en un concurso de pinturas para la Casa Real que ganó Velázquez). Pero no dejó de pintar, animado muchas veces por sus hermanos que le encargan los lienzos de Santo Domingo in Soriano, o el retablo del oratorio del noviciado del convento de San Esteban en Salamanca; otras veces animado por el rey quien le encarga una obra para el Salón de Reinos del Buen Retiro.

En Madrid se vio envuelto en el proceso abierto por la Inquisición contra una mujer, Luisa de Briñas, a la que se acusaba de falsa espiritualidad y que estaba relacionada con el Colegio de Santo Tomás en el que Juan Bautista vivía. Fue llamado a testificar en dos ocasiones y apoyó a la mujer convencido de su sincera vida espiritual.

Poco sabemos de la etapa final de su vida. Probablemente se retirara a su convento para vivir los últimos años de su vida. Falleció el 1 de abril de 1649 «in conventu St. Tomae Matritensis Frater Joannes Baptista octogenarius». Fue enterrado en la capilla del Rosario de la iglesia de Santo Tomás bajo en famoso cuadro de Santo Domingo que él mismo había pintado.

Juan Bautista Maíno fue siempre un artista poco reconocido y un dominico desconocido. En 2009 la conservadora del Museo del Prado Leticia Ruiz Gómez organiza una exposición sobre la figura del dominico que sirve para recuperar a Juan Bautista descubriéndolo como uno de los mejores pintores del siglo XVII.

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