Misión fructífera: “muchos samaritanos creyeron por el testimonio que había dado la mujer”
Jesús evangeliza a una mujer y, a través de ella, a su pueblo (Domingo 3º Cuaresma A 08.03.2026)
Introducción: “¡Dichosa tú que has creído!” (Lc 1, 39-56)
El texto tiene tres partes:
a) El viaje de María a casa de Zacarías e Isabel
El viaje está provocado, según la señal ofrecida por el ángel, por el avanzado estado de gestación de Isabel (Lc 1,36). María vive la fe en compromiso con el prójimo necesitado. Su amor es mediación, expresión, de la fe en Dios, Padre todos. Ofrece a su prima la ayuda que en esos casos necesita la mujer. Además ve ratificado su propio misterio. La tradición ha localizado el pueblo en Ain-Karim, siete kilómetros al oeste de Jerusalén, en la montaña de Judá. El texto subraya que va “aprisa”. Así se subraya la actitud interior de María: animada, atenta, pronta para compartir y ayudar. Pues poco podría influir ella en la marcha física de la caravana.
b) El encuentro de las dos mujeres
El saludo de María contagia el Espíritu a Isabel y al hijo nonato (vv. 41.44). Éste salta de alegría en las entrañas de Isabel, y aquella grita como profetisa:
-“¡Bendita tú entre las mujeres!”. Recuerda la bendición de Ozías a Judit tras matar a Holofernes: “¡Bendita seas, hija, del Dios Altísimo más que todas las mujeres de la tierra!” (Judit 13,18).
-“Bendito el fruto de tu vientre”, anticipa el piropo: “¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!” (Lc 11,27).
-“¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?”. El título de Señor surge en el grupo cristiano a partir de la experiencia de la resurrección: “Sepa entonces con seguridad toda la gente de Israel que Dios ha hecho Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros crucificasteis” (Hechos 2, 36). Lo que quiere decir que estos relatos son interpretados desde la fe pascual.
-“¡Dichosa tú que has creído!”. Primera bienaventuranza del evangelio, dirigida a la mujer creyente por excelencia. Hay una contraposición implícita con Zacarías que no creyó (Lc 1,18-20).
c) La respuesta agradecida de María en un canto de alabanza
María responde con un canto de acción de gracias. Es una composición literaria, puesta en labios de María. Tejida con paralelismos propios de la poesía hebrea, muestra un alma llena de profunda religiosidad, alegre y agradecida por lo que el Señor ha hecho en ella: elegirla madre del Mesías. Recuerda el canto de Ana, la madre de Samuel (1 Samuel 2, 1-10), y los salmos que hablan de los pobres asistidos por Dios, y de la ayuda especial a Israel (Sal 98,3; 103,17; 107,9; 111,9). El Dios santo, omnipotente, misericordioso, sigue con “proezas” de su brazo dispersando a los soberbios, derribando poderosos, enalteciendo humildes, colmando hambrientos, vaciando ricos, auxiliando a Israel. Serán las mismas obras que hará Jesús en nombre del Padre (Jn 14,10).
En las fiestas de María se cumple su promesa: “desde ahora me felicitarán todas las generaciones”.
En la Asunción la felicitamos por incorporarse a la resurrección de Cristo, destino común: “en María, la Iglesia admira y ensalza el fruto sobresaliente de la Redención, y contempla en ella con gozo, como en una imagen purísima, lo que ella misma, toda entera, ansía y espera ser” (SC 103).
Como María “seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es” (1Jn 1,2). Su asunción al cielo realiza el proyecto divino: “es voluntad de mi Padre que todo el que vea al Hijo y crea en él tenga vida eterna y yo lo resucite en el último día” (Jn 6,40).
ORACIÓN: “¡Dichosa tú que has creído!” (Lc. 1,39-56)
Señor Jesús:
Queremos hoy, una vez más, cumplir la profecía de tu Madre:
“desde ahora me felicitarán todas las generaciones”.
Nos unimos a su prima Isabel para felicitarla:
“¡Bendita tú entre las mujeres!”.
“¡Bendito el fruto de tu vientre!”,
“¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?”.
“¡Dichosa tú que has creído!”.
Nos unimos también contigo, Jesús, su Hijo:
“Dichosa más bien por escuchar y guardar la palabra de Dios” (Lc 11,27-28).
es decir, por llevarte “en su corazón más que en su seno” (S. Agustín, PL 40,398).
Hoy los cristianos, las Iglesias, celebramos una fiesta de esperanza:
recordamos a tu madre que “superado el curso de su vida terrena,
fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial...
para que se configurara más plenamente con su Hijo” (LG 59).
“Contemplamos en ella con gozo, como en una imagen purísima,
lo que nosotros mismos, todos, ansiamos y esperamos ser” (SC 103).
Por eso renovamos nuestra su profesión de fe:
Creemos en su mismo Dios, que nos mira con infinita ternura,
aunque para el mundo seamos tan poca cosa...
Creemos que para Él somos un tesoro, un hijo, una hija...,
que nos busca por el monte y bajo la cama;
que nos espera cada día en la casa de su amor.
Creemos que sigue “haciendo obras grandes” a favor nuestro, de todos:
desde darnos la vida, acompañar nuestro crecimiento...
hasta darnos la vida de su Hijo, que nos iguala en dignidad y destino.
Jesús, hijo de María:
auméntanos la fe, la confianza, en el Dios de tu madre María.
Como Tú, como ella, queremos llenarnos de Espíritu Santo:
que nos llama a la construcción del Reino;
que nos hace “buena noticia” para los pobres y los que sufren;
que nos libera de la enfermedad y la esclavitud;
que nos guía a la mesa de la palabra y el pan de los sencillos;
que despide vacíos de corazón y sentido a los ricos acaparadores;
que disgrega en soledad a los soberbios de corazón;
que derriba los tronos de quienes no aceptan la fraternidad,
y quieren vivir dominando y oprimiendo.
Queremos, como María, sintonizar nuestro corazón con el tuyo:
percibir la grandeza del amor de Dios;
sentir su misma “alegría en Dios nuestro salvador”;
creer que Dios “mira la humildad” de nuestra vida;
prestarnos a hacer “obras grandes” de amor (Jn 14,12);
inundarnos de la esperanza de compartir el cielo contigo,
Hermano de todos y con tu madre María Asunta.
Rufo González
Preces de los Fieles (Asunción de la Virgen María 15.08.2014)
Celebramos la Asunción de la Virgen María a los cielos.
“Contemplamos en María, como en una imagen purísima,
lo que nosotros mismos, todos, ansiamos y esperamos ser” (SC 103).
Celebremos esta esperanza diciendo: “se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador”.
Por la Iglesia:
que siga proclamando el evangelio de la Vida que no termina;
que todos nos sintamos hermanos de María, transformados por el Espíritu;
que reconozca los derechos humanos.
Roguemos al Señor: “se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador”.
Por nuestro mundo:
que acepte la vida y la muerte como camino humano;
que valore la vida como trabajo fecundo de humanidad;
que interprete la muerte como entrega de la vida a favor de los demás.
Roguemos al Señor: “se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador”.
Por las fiestas de nuestros pueblos:
que María, la Absorbida por la Vida, alegre el corazón;
que la fraternidad sea el centro de la fiesta de la Madre;
que los más débiles recobren la esperanza al sentir nuestro amor.
Roguemos al Señor: “se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador”.
Por nuestra parroquia, comunidad:
que la fe de la Virgen María contagie nuestra fe;
que su preocupación por los que están en apuros sea nuestra preocupación;
que su Espíritu humilde actúe también en nosotros.
Roguemos al Señor: “se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador”.
Por esta celebración:
que reavivemos ahora la esperanza en la propia resurrección;
que nos anime a entregar la vida como María en servicio de los hermanos;
que nos acreciente nuestra comunión en la vida y en la muerte.
Roguemos al Señor: “se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador”.
Terminemos nuestra Oración de los Fieles con un poema de Martín Descalzo,
un cántico a la Vida de la que goza María, la madre de Jesús, y la que nosotros esperamos:
“Y entonces vio la luz. La luz que entraba
por todas las ventanas de su vida.
Vio que el dolor precipitó la huida
y entendió que la muerte ya no estaba.
Morir sólo es morir. Morir se acaba.
Morir es una hoguera fugitiva.
Es cruzar una puerta a la deriva
y encontrar lo que tanto se buscaba.
Acabar de llorar y hacer preguntas;
ver al Amor sin enigmas ni espejos;
descansar de vivir en la ternura;
tener la paz, la luz, la casa juntas
y hallar, dejando los dolores lejos,
la Noche-luz tras tanta noche oscura”.
Esta es nuestra esperanza por los siglos de los siglos.
Amén.
Rufo González
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