El cuidado del ser humano, en el que se ha encarnado Dios, es la entraña de nuestra fe cristiana
Jesús, Hijo del hombre, corrige la inhumanidad (Domingo 4º Cuaresma A 15 de marzo de 2026)
Introducción: “Mi carne es verdadera comida” (Jn 6, 51-58)
Leemos hoy el discurso eucarístico (6,51-58). Es la segunda parte de la homilía (Jn 6,26-59) sobre Exodo 16,15 y sobre el Salmo 78,24 (ver mi comentario del domingo anterior). Es muy probable que sea un trasplante de texto realizado por el evangelista. Su lugar adecuado sería el capítulo 13, tras el lavatorio de los pies. Destaca el realismo sacramental de la cena del Señor. El comentario sobre el pan de vida es de carácter alegórico. Aquí el protagonista es Cristo al que respondemos comiendo su cuerpo; allí el protagonista era el Padre al que respondemos creyendo en su Enviado.
“El pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo”
Dentro de la simbología del Éxodo, se deja el maná, y se pasa al cordero (“mi carne”). La carne es la humanidad concreta de Jesús; ella expresa y da la vida del Espíritu. Jesús de Nazaret es el lugar donde Dios se hace presente, es el nuevo templo donde habita la divinidad, el Hijo entregado “para que tengamos vida eterna” (3,16). Recuerda la institución de la eucaristía bajo la especie del pan: “esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros” (1Cor 11,24). Subraya su aspecto sacrificial, redentor. Jesús se da para liberar al hombre del sinsentido existencial, comunicándole la vida que Dios quiere, la vida animada por el Espíritu de hijo y hermano universal.
¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?, discuten entre sí sus adversarios. Jesús responde con nueva declaración: “Si no coméis..., si no bebéis... no tenéis vida en vosotros. El que come.. y bebe.. tiene vida eterna...”. Comer y beber es asimilar a Jesús, asimilar su amor tal cual se ha manifestado en su historia concreta humana (“carne”) y en su muerte (“sangre”). Como en Éxodo, la carne del cordero liberó de la muerte, así la vida de Jesús, su carne y su sangre, resucitan (“dan vida eterna”). Hay que subrayar el cambio de verbo introducido en el v. 54, respecto del v. 53. Aunque ambos pueden traducirse por “comer”, en el v. 54 se utiliza “trogo” que expresa más bien “masticar, roer”, frente al participio de “eszío” (comer, devorar). Pretende rechazar interpretaciones puramente alegóricas, meramente aparentes (docetismo). Habla claramente de la eucaristía donde el creyente se une en comunión personal, real, no mágica, ni estrafalaria o de canibalismo salvaje, con Jesús resucitado. Es comunión con la persona real de Cristo resucitado, hecho Espíritu (2Cor 3,17).
“Habita en mí y yo en él”
Sintonía de vida. Tiene mi vida, siente el amor del Padre, vive entregado a los demás, hace de su vida alimento “para los demás”. La eucaristía revive la cena del Señor, el gesto símbolo de su vida entera (“cuerpo y sangre”: vida y muerte). Sin conectar vitalmente con los sentimientos de Jesús, la eucaristía se convierte en una caricatura. Comer el pan y beber el vino con sentido es optar por vivir las opciones vitales de Jesús, potenciar la igualdad y fraternidad, vivir con y para los demás. Una eucaristía sin estos valores no es “la cena del Señor”. Puede decirse que el rito ha devorado al símbolo. Jesús la realizó en una sala grande de la casa de un amigo, sin vestidos sacros. Hoy, el lugar, las ceremonias regladas, las palabras invariables (incomprendidas por el pueblo), las vestiduras sacras (algunas cargadas de joyas), la materia utilizada... han ocultado el símbolo tan claro de la mesa compartida, la igualdad y fraternidad de los comensales, el servicio fraternal, la humildad de quien no tenía donde reclinar la cabeza. El símbolo se ha convertido en velo que no deja ver la realidad de la vida de Jesús. Justo lo contrario de lo que dice la “proposición” cuarta del Sínodo sobre la Eucaristía del 2005: “En ella se desvela plenamente el misterio del amor de Dios por la humanidad y se cumple su designio de salvación marcado por una gratuidad absoluta, que responde sólo a sus promesas, cumplidas más allá de toda medida”.
Oración: “mi carne es verdadera comida” (Jn 6, 51-58)
Jesús resucitado, presente en la eucaristía
Tu evangelio nos invita a revisar nuestras eucaristías:
- presididas por Ti, representado en una persona vestida singularmente;
- en un lugar sagrado que marca las distancias entre clero y pueblo;
- con ceremonias, gestos y palabras preestablecidos rigurosamente;
- oraciones, lecturas, canciones, palabras...;
- al final... la comida de un pan que no parece pan...;
- comensales que no se comunican entre sí y no todos comen;
- al margen de la vida, cumpliendo una ley...;
- se perciben poco tu mesa compartida, tu humildad y fraternidad...
A pesar de nuestras rutinas e insensibilidad,
nos recreas tu vida resucitada, simbolizada en el pan y en el vino:
- tu “carne” es verdadera comida y tu “sangre” es verdadera bebida;
- al comer el pan y beber el vino, te recibimos a Ti, viviente, resucitado;
- tú, Cristo vivo, te unes con cada uno de nosotros;
- unión personal en tu amor, en tu verdad, en tu vida, en tu Espíritu;
- unión en tu justicia, en tu sentir interno, en esperar tu mismo destino...;
- es “comunión” contigo y con todos en la vida verdadera, definitiva.
“Tu comida”, pues, no es un acto biológico, animal:
- no es tomar “algo” porque me gusta y me nutre físicamente;
- “el que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él”;
- tu “carne”, resucitada, ha entrado en la vida nueva, la “nueva creación”;
- el Espíritu creador ha penetrado todo tu ser, haciéndote gloria, luz, presencia ilimitada,
“espíritu de vida” (1Cor 15,45), “carne olvidada de sí misma” (S. Ireneo, Adv. Haereses V,9,2);
- al comer juntos, con mucho amor, preocupados por tu reino:
“se desvela plenamente el misterio del amor de Dios por la humanidad
y se cumple su designio de salvación marcado por una gratuidad absoluta,
que responde sólo a sus promesas, cumplidas más allá de toda medida” (Sínodo Eucaristía 2005);
- “tu comida” es una mesa compartida entre iguales, amigos, hermanos;
- “tu comida” nos compromete en la realización de tu reino;
- cada uno ponemos al servicio de todos lo que tenemos y somos;
- somos partes de tu Cuerpo al servicio de los hermanos;
- “tu comida” nos lleva con más fuerza a los débiles, “tus vicarios”.
En esta mesa, Jesús resucitado, nos pones el mejor manjar:
- nos abres los ojos para verte presente, despierto, atento;
- recordamos tus palabras de aliento para hacer tu reino;
- nos ofreces tu vida, para que la asimilemos, la hagamos nuestra;
- nos entregas tu Espíritu de amor sin medida;
- nos hacer vivir en sintonía, en paz y alegría, contigo y con el Padre.
Es aquí, en “tu cena”:
- donde empezamos a ser, como Tú, alimento para los demás;
- donde decidimos repartirnos en servicio, especialmente a los más débiles;
- donde perdemos el egoísmo y recuperamos la vida verdadera.
“Déjame, Señor, poner sobre tus huellas mis pies,
porque del camino yo me voy cansando,
y hacerlo cantando alivia mi afán a tu mismo paso,
con el mismo vaso, de tu mismo vino, con el mismo pan.
Porque si voy hambriento, Señor, comeré de tu pan,
de tu vino, Señor, beberé.
Y si al fin yo me canso, Señor, y te nombro,
tú arrimas el hombro y me llevas sobre él.
Tú soportas mi carga ligera, mi cruz de madera, mi vaso de hiel”
(Vals del camino. Letra y música de J. L. Blanco Vega, SJ).
Rufo González
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