El cuidado del ser humano, en el que se ha encarnado Dios, es la entraña de nuestra fe cristiana
Jesús, Hijo del hombre, corrige la inhumanidad (Domingo 4º Cuaresma A 15 de marzo de 2026)
Comentario: “aprendió a obedecer... y se convirtió... en principio de salvación” (Heb 5,7-9)
Hebreos no es una carta. Más bien un “sermón” (13, 22: lógou tes paracléseos: palabra de estímulo), es decir, un discurso de ánimo para leerlo en las comunidades. Usa elementos retóricos y símbolos. Su lenguaje es rico y solemne. Interpreta la vida de Jesús con categorías sacerdotales. Está dirigido a cristianos judíos que añoraban la liturgia majestuosa del templo frente a la sencillez de la eucaristía. Recuerda que la vida de Jesús es muy superior a los cultos judíos. El culto cristiano es vivir la vida normal según el Espíritu de Jesús. La misma carta concreta: “ofrezcamos sin cesar a Dios, por medio de Jesús, un sacrificio de alabanza, fruto de los labios que confiesan su nombre. No os olvidéis de hacer el bien y de ayudaros mutuamente, pues esos son los sacrificios que agradan a Dios” (13,15-16).
El texto hoy subraya la existencia sacerdotal histórica de Jesús
“Cristo, en los días de su vida mortal, presentó con gran clamor y lágrimas oraciones y súplicas al que podía salvarle de la muerte, y fue escuchado en atención a su obediencia” (5,7). “Su vida mortal” (lit.: “su carne”) es la fragilidad humana, zarandeada por el deseo infinito de dicha, curvada hacia uno mismo, esclavizada por miedo a la muerte, “ignorante y extraviada” (5,2). Ignorancia y extravío agudizados “frente a la muerte”. La vida de Jesús revela que “su Padre y nuestro Padre” no nos deja solos nunca. Es el Dios que “puede salvar de la muerte”, dando “vida eterna”. Como pasó con Jesús que “fue escuchado en atención a su obediencia” al Espíritu del Amor.
Jesús entra en nuestro mundo con un espíritu nuevo
Para Hebreos, Dios quiere “llevar muchos hijos a la gloria”, “perfeccionar mediante el sufrimiento al que iba a guiarlos a la salvación” (2,10). La voluntad divina es conducir a la realización plena, a la perfección, a la “gloria”. Jesús revela la perfección humana, y atrae hacia ella. Obediencia (del latín “ob-audire”, del griego “hypo-akoé”: oír debajo de) es ponerse “bajo” la palabra “escuchada”. Jesús oye la palabra del Dios de la vida, del que “puede salvarle de la muerte”. Es el Dios que ama a todos incondicionalmente. Jesús se siente Hijo del Dios que “demostró su amor al mundo dando a su Hijo único, para que todo el que le presta su adhesión tenga vida definitiva” (Jn 3, 16). Rechaza las mentiras del egoísmo (poder, dinero, honor), y trabaja por la salud, la solidaridad, “la sobriedad compartida”, la libertad, la fraternidad, la paz.. “Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo... Entonces dije: ¡he aquí que vengo... a hacer, oh Dios, tu voluntad!” (10,15ss).
Jesús obedece al Espíritu de Dios
La relación entre Cristo y el Espíritu es un dato incuestionable en el Nuevo Testamento. Jesús vive obedeciendo conscientemente los impulsos del Espíritu de Dios. El Espíritu le conduce a la vida que narran los evangelios. Su muerte es la conclusión lógica de su vida plenamente humana. La cruz viene como resultado de su lucha por realizar la “voluntad de Dios” en aquella sociedad. “Aunque era hijo, en el sufrimiento aprendió a obedecer” (5, 8). “Así alcanzó la perfección y se convirtió para todos aquellos que le obedecen en principio de salvación eterna” (5, 9). “Perfección” o “consumación” es la resurrección, el aval de Dios a su vida. Quienes siguen su camino saben que la vida de Jesús es “principio [“aítios”: causa, origen] de salvación eterna”. Así el Resucitado es sacerdote eterno que revela la verdad del hombre y atrae hacia ella (“intercede” precediéndonos). La fe en el Hijo nos introduce en la verdad de la vida. Hay que superar algunas ideas, creadas por la teología, que interpretan la vida de Jesús: “satisfacción”, “sustitución, compensación e imputación”. Llevan a una imagen increíble de Dios, impropia del evangelio de Jesús (F. Varone: “El dios sádico. ¿Ama Dios el sufrimiento?”. Sal Terrae. Santander 1988. P. 119-182: la salvación por revelación).
Homilía hecha oración: “aprendió a obedecer... y se convirtió... en principio de salvación” (Heb 5,7-9)
Jesús, “principio de salvación”:
fijamos los ojos en ti, “pionero y consumador de la fe” (Heb 12, 2);
vamos a celebrar la “consumación” de tu existencia;
dedicaremos una semana a tus últimos días, a “tu hora”;
en ellos se concentra el esfuerzo y el resultado de “tu causa”;
en ellos se revela claramente “la verdad” de la vida.
Tu “vida mortal” es nuestra vida de cada día:
urgida también por el deseo de realizarte y ser dichoso;
accediendo a nuestra existencia “ignorante y extraviada” (Heb 5, 2);
habitada por el Espíritu de Dios que te hace su “Palabra”:
- “ahora Dios nos ha hablado por un Hijo” (Heb 1,2).
Con este Espíritu entras en la vida y descubres el amor del Padre:
el amor que nos busca con brazos y corazón abiertos;
el amor que no castiga ni “lleva cuentas del mal” (1Cor 13, 5);
el amor que se alegra al encontrarnos y festeja nuestra libertad (Lc 15);
el amor que cura, alimenta, libera de cualquier opresión;
el amor humilde, cercano, de ayuda mutua, de mesa compartida.
Tu Dios no se identifica con el poder que atemoriza y domina:
se aleja de todo ocultamiento interesado de la propia fragilidad;
no acepta revestimiento de superioridad con títulos y ropajes vistosos;
rechaza sistemas legales de dominio y encumbramiento;
no comparte las castas jerárquicas, autosuficientes y despectivas;
no avala con su santidad (su amor) el poder que “limita, disminuye,
prohíbe o anula las posibilidades y energías de lo humano”...
Lo que mueve tu vida, Jesús, es la voluntad de Dios:
el promover su reino de verdad y de vida para todos;
el buscar y descubrir la verdad de las cosas, del hombre y de Dios;
el demandar una conducta que manifieste la gloria de Dios:
- que no es otra que el “hombre viviendo” hacia la perfección;
el rechazar las mentiras del poder y el dinero:
- que no atienden a la persona en su verdadera necesidad y vida;
- que abandona “tirado en el camino” a quien no cumple sus leyes;
- que utiliza tu santidad para justificar lo prohibido en el Evangelio;
- que impone, bajo pena de excomunión, lo que tú no impusiste;
- que prefiere mantener su poder por encima de ser signo de tu Amor.
Queremos, Jesús hermano, compartir tu Espíritu:
reconocer a tu Padre-Madre como Padre-Madre nuestro;
creer en su amor sin límites que abraza y acompaña en toda situación;
presentar nuestras “oraciones y súplicas al que puede salvarnos de la muerte”;
creer de verdad que Él nos escucha, nos perdona, nos incita a su Amor;
trabajar para que la voluntad divina se realice en nosotros, en nuestra familia,
- en nuestra comunidad, en nuestro trabajo, en nuestra sociedad;
celebrar tu “consumación”, tu resurrección, como gloria de Dios para todos.
NB.- “La teología del poder en la Iglesia no se ha hecho desde el Evangelio, sino desde el Derecho Romano... Mt 16,18-19 se ha interpretado desde claves imperiales más que desde criterios evangélicos.. ¿Es imaginable que desde el Evangelio se pueden deducir argumentos que justifiquen la desobediencia al Evangelio? El papado, basándose en su presunto poder divino, utiliza títulos, vestimentas, dignidades, pompa, boato, privilegios, una forma de vida y de imagen pública.., que están claramente en contra de lo que vivió y enseñó Jesús. Es más, el papado ha justificado torturar, humillar, someter y matar a seres humanos. El papado ha sido un factor de violencia y un agente de división en la misma iglesia. El papado ha tenido que pedir perdón por cosas que en tiempos pasados (y no tan pasados) se han hecho con la aprobación o la anuencia del propio papado. ¿Qué tiene que ver todo eso con el Evangelio, con la vida y el ejemplo de Jesús? Pero, sobre todo, la teología del poder eclesiástico justifica la intromisión en las conciencias, en la intimidad de lo más privado de las personas, en decisiones que hacen desgraciados a no pocos seres humanos, etc, etc. ¿Se puede eso justificar desde un supuesto poder que viene de Dios?” (J. M. Castillo: “Curas casados. Historias de fe y ternura”. Moceop. Albacete 2010, pág. 353).
Rufo González
Leganés (Madrid)
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