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“ME EXORCIZAN,…LUEGO EXISTO” (Satanás)

Atrévete a orar: Rufo González
02 jun 2013 - 09:57

Vuelven el mito, la fábula o la superstición primitiva

El interés del cardenal de Madrid por recrear exorcistas nos retrotrae a situaciones que ya creíamos superadas. Compartimos la extrañeza de J. M. Castillo en su Blog de RD de hace unos días: “¿todavía no se ha enterado el cardenal Rouco de que lo del demonio y los exorcismos pertenece a un mundo de creencias mágicas que ya no tienen vigencia ni merecen que se les preste atención o interés alguno? Hace, por lo menos, cuarenta años, los mejores estudiosos de la Biblia estaban de acuerdo en que la idea del diablo (Satán) y la creencia en su existencia personal pertenecen, para el hombre “culto”, para el “que ha entrado en la mayoría de edad”, al mundo del mito, de la fábula o de la superstición primitiva (H. Bietenhard). Los excelentes estudios que después ha publicado O. Böcher han llegado a la misma conclusión”.

Pepe Mallo me envía un artículo en que mezcla el mito y el humor. El recorrido que nos hace por los refranes y el culto a los demonios –no parece que sea uno solo, sino una “legión”- está cargado de humor. Comparto con Pepe su afirmación más clara: “El Diablo, Satanás (o como demonios se llame) es la figura mítica más representativa, simbólica y emblemática de todas las culturas, en las que se personifica la encarnación suprema del Mal”. Lo demás es cultura, que hoy nos hace sonreír afortunadamente. Aquí el texto de Pepe Mallo. Que os divirtáis con su lectura.

“ME EXORCIZAN,…LUEGO EXISTO” (Satanás)

Por lo que nos informan los medios, el cardenal Rouco Varela anda preocupado por la cantidad de demonios que, a su juicio, andan sueltos por las diócesis de Madrid. Y está preparando a sus “canes cazadores” para cuando se levante la veda. El Maligno acecha; por eso se hace necesario adiestrar lebreles para la cacería. Y así ha decidido ordenar ocho exorcistas porque, por lo visto, los actualmente en ejercicio no dan abasto para purificar la capital de España de tanta maldad satánica.

La razón de tan drástica decisión es, según el portal “Religión en Libertad”, “la creciente demanda que está recibiendo la archidiócesis de Madrid de sus fieles, y de la feligresía de otras diócesis que no tienen exorcistas, solicitando ayuda para liberarse de posesiones demoníacas, o bien de influencias maléficas (amarres, magia negra de brujas y quiromantes, mal de ojo, echadores de cartas y esoterismos varios, incluído el reiki)”. Eso ha llevado al cardenal Rouco Varela “a nombrar, de golpe, a ocho exorcistas para atender esta enorme avalancha de peticiones” (los “cazafantasmas”). Antes, a la caza de brujas y herejes; ahora a la caza del Demonio.

En este tema, hay dos aspectos que me sugestionan sobremanera: la existencia real de tal criatura y sus consecuencias, y la posibilidad, por parte de tan esotérico ente, de abducir o poseer y llegar a encarnarse en personas animales o cosas. Porque, si nos atenemos a la sicodélica parafernalia que se ha montado a raíz de este personaje entre macabro y bufón, o bien “creemos” firmemente en él o nos veremos irremediablemente arrastrados a las calderas de “Pedro Botero”. Por algo tenemos la demonología, la demolatría, la demomancia, y toda una mitología satánica infernal, con sus aquelarres, brujerías, ensalmos, conjuros, invocaciones, evocaciones, misas negras..., y ¡¡exorcismos!!

¿Qué osado talante se atreverá a negar la existencia del tal ente?

No podemos jugar a las adivinanzas. Un ser a quien se le honra, venera y adora como “príncipe de este mundo” y “abductor de seres humanos”, capaz de poseer la mente y el cuerpo secuestrándoselos a Dios, necesariamente tiene que existir. Y para más inri lo encontramos en la credulidad universal, sobre todo la hispana a juzgar por el refranero. En él, la fraseología se torna endiablada. Y como dicen que “las palabras las carga el diablo”, voy a disparar, “entregando al diablo el hato y el garabato”. Y que conste que no pretendo agitar disputas ni controversias, ya que “fango que se remueve, a demonios hiede”.

El Diablo, Satanás (o como demonios se llame) es la figura mítica más representativa, simbólica y emblemática de todas las culturas, en las que personifica la encarnación suprema del Mal. En todas las religiones o creencias, desde los orígenes hasta aquí, ha estado presente este fetiche que simboliza el terror escatológico.

Desde los primeros tiempos del cristianismo, los teólogos especularon obsesivamente sobre el Diablo: su naturaleza, su aspecto, su sexo y su número. Para un estudioso medieval, por ejemplo, el número total de diablos, si mi calculadora no falla, ascendería a 29.301.069 (¡ahí es nada!). Desglosando: 66 cohortes formadas por 666 compañías de 6.666 diablos cada una. Pero, claro, esto era en el siglo XIII; y como no sabemos a ciencia cierta si los diablos nacen, crecen, se reproducen y mueren, tampoco podemos asegurar que la cifra siga siendo la misma.

Soberano del Imperio

Muchos demonólogos medievales le consideran como el soberano del Imperio Infernal. Hay un libro, “In Zodiaco Vitae”, que lo describe: “Un ser de estatura prodigiosa que se sienta en un trono gigantesco. Una banda de fuego le rodea la cabeza, su pecho es descomunal, y sus ojos brillantes y cejas alzadas hacen más amenazadora su cara orgullosa. Los agujeros de la nariz son cavernosos, dos enormes cuernos adornan la cabeza y dos alas de murciélago su espalda. Tiene pies de pato, cola de león y está cubierto de pelo negro desde la coronilla hasta los pies.”

(¡Y aquí nosotros nos conformamos con el “traje rojo, los cuernos, el rabo y el rejón”! ¿Será por afinidad y analogía con la fiesta nacional?) Y es que “las meigas no se ven; pero haberlas ¡haylas!”

Dios, ¿amigo de Satanás?

Sin embargo, a pesar de todo, no parece que este sugestivo perverso sujeto, enemigo acérrimo de la divinidad, se lleve tan mal con Dios. De vez en cuando, en los Libros Sagrados los vemos departiendo cordialmente como amigos de antaño. En el Libro de Job, descubrimos a los dos “señores feudales del Cielo y del Infierno” respectivamente echar unas manos de mus, con sus envites y órdagos correspondientes. (¡Y Job, en medio con su paciencia!). Y no menor familiaridad y llaneza demostraron Satanás y Jesús allá en el desierto. Lo que pasa es que Dios siempre guarda un as escondido en la manga de su amplísimo manto azul tachonado de estrellas refulgentes.

Fases de intervención satánica

Pero a pesar de todas estas joviales relaciones “incordiales”, el Diablo siempre será El Homicida, El Maligno, El Mentiroso, El Adversario, El Acusador, El Enemigo... En ese rifirrafe entre Dios y Satanás, parece como que el Creador capitula ante las instigaciones de su insumisa criatura. Y permite la intrusión del maligno en los humanos en sus diversas fases:

Malos tratos: palizas, azotes, heridas y otras provocaciones y “bromas” mefistofélicas.

Opresión diabólica: Esos inexplicables ataques de furia y esa tendencia al aislamiento taciturno, con remate de una doble personalidad. La voluntad endemoniada se siente oprimida por pensamientos obsesivos.

Posesión diabólica: Presencia satánica continua dentro de un humano, con sus terribles consecuencias: enajenación de la voluntad y de las facultades mentales, intelectuales, afectivas; conocimiento de idiomas desconocidos, fuerza sobrehumana, aversión hacia todo lo sagrado y la posibilidad de convertir el vocabulario del pudibundo poseso en una endiablada sarta de “tacos” (léase blasfemias).

¿Suceden realmente las posesiones diabólicas? ¿Cómo identificarlas diferenciándolas de algún tipo de psicopatología? ¿Puede alguien ser poseído por el demonio en contra de su voluntad? ¿Sería entonces voluntad de Dios? ¿Puede Dios, como Padre amoroso, permitir tales dominios diabólicos en sus hijos?

Quien tenga respuesta que aporte su experiencia

Se me viene a la mente que los miríficos mágicos exorcistas lo tienen crudo. Yo me imagino que conjurarán a Satanás echando mano de algo así como la “Letanía de los santos”. Tras los “kyrie eleison” de rigor, continuarán la cansina cantinela: “Maléfico Lucifer..., maligno Belial..., perverso Asmodeo..., siniestro Leviatán... Y el “vade retro” pertinente a golpe de hisopo.

Queda patente que los humanos somos descendientes de Adán. El mordisco en la manzana del “árbol de la ciencia de bien y del mal” quedó grabado, como dentellada de pecado, en cada ser humano. Dios y Satanás están indefectiblemente troquelados en nuestro ADN. Somos ADaNes.

Bueno. Si alguien no está conforme con mi monólogo, que “lo lleven los demonios”, y que sepa que “A Dios se le dejan las quejas y al diablo las disparejas”. A mí, allá películas. Que mi única intención ha sido refrendar el proverbio de que “cuando el diablo no tiene qué hacer, con el rabo mata moscas”.

Pepe Mallo

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