Creemos que todos han encontrado ya tu Misterio de bondad, de perdón, de acogida, de comprensión ORACIÓN POR LOS DIFUNTOS

“En la casa de mi Padre hay muchas estancias” (Jn 14,1-6)

Hoy, Jesús resucitado, recordamos a todos los difuntos:

a quienes compartían tu “memoria”, y a quienes no la compartían; 

“en el corazón de todos actúa tu gracia de modo invisible...;

tu Espíritu ofrece a todos  la posibilidad de que,

en la forma que sólo Dios conoce,

se asocien a tu misterio pascual” (GS 22).

Creemos que todos han encontrado yatu Misterio:

de bondad, de perdón, de acogida, de comprensión; 

Misterio que Tú llamabas “Padre bueno”;

que explicaste con parábolas de bondad inverosímil;

que manifestaste en tu conducta con publicanos y pecadores,

con fanáticos violentos, con marginados de toda clase...

Misterio de bondad que deslumbró a Pablo:

Estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles,

ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias,

ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura

podrá separarnos del amor de Dios

manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rm 8,38-39).

En el corazón del Padre Dios hay lugar para todos:

“en la casa de mi Padre hay muchas moradas”,

tantas como personas, todas hijas suyas ;

ya vivamos ya muramos, somos del Señor” (Rm 14,8).

Esta Bondad ya la intuyeron los profetas antiguos:

¿Cómo podría abandonarte, Efraín, entregarte, Israel?

No actuaré en el ardor de mi cólera, no volveré a destruir a Efraín,

porque yo soy Dios, y no hombre;

santo en medio de vosotros,

y no me dejo llevar por la ira” (Os 11,8a-9).

No temas, no tendrás que avergonzarte,

no te sientas ultrajada, porque no deberás sonrojarte...

Por un instante te abandoné, pero con gran cariño te reuniré.

En un arrebato de ira, por un instante te escondí mi rostro,

pero con amor eterno te quiero -dice el Señor, tu libertador-(Is 54,4.7-8);

Sión decía: «Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado».

¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta,

no tener compasión del hijo de sus entrañas?

Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré” (Is 49,14-15). 

Esta bondad culminó en Ti, Jesús, el Hijo delAmor:

nosotros “hombres y no Dios”, no comprendemos;

ni acabamos de creer en ese “amor loco”,

en ese “Dios chiflado por el ser humano”.

“Como suele ocurrir entre las personas,

que cuando el amor es desbordantey más intenso, 

saca de sí mismo alamante; 

así a Dios el amor a los seres humanosle sacó de sí mismo; 

no se contentócon llamar hacia Él al esclavo que amaba,

sino que desciende Él mismo ensu busca; 

el Rico viene a la choza delpobre, y acercándose a él,

le declara su pasión y reclama lo mismo en retorno; 

y,rechazado, no se retira;

ultrajado, no se irrita;

despedido, se sienta a la puerta” 

(Nicolás Cabasilas, teólogo griego, siglo XIV,“La Vida en Cristo”).

El Padre Dios no excluye a nadie:

hace salir el sol sobre malos y buenos,

y llover sobre justos e injustos” (Mt 5,45).

Perdona siempre, como el padre del hijo pródigo.

Ante Él sólo cabe la actitud de confianza:

confianza como la del niño ante el padre o madre.

Para nosotros Dios es ambiguo:

bueno por un lado y amenazador por el otro,

perdonador y castigador, “fascinante y tremendo”.

Para ti, Jesús, el Padre Dios no es ambiguo,es único:

“sí sin posibilidad de no”,

tan fascinante y maravilloso como su amor infinito.

Tu relación con Dios marca una intimidad única,

que quisiste compartir con nosotros:

Como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones

el Espíritu de su Hijo, que clama: «¡Abba, Padre!»” (Gál 4,6).

Hoy, tras comulgar,nos sale del corazón esta oración:

gracias, Padre, Hijo y Espíritu Santo;

tu amor ha buscado el modo de llenarnos de alegría;

esta es nuestra esperanza: como a ti, Jesús,

el mismo Espíritu que te resucitó, nos resucitará a todos.

Los modos y caminos sólo el Padre lo sabe: “Él es Dios, no hombre”.

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