Sólo la fe en el testimonio de los primeros discípulos y nuestra experiencia espiritual aseguran esta realidad
PREGON PASCUAL (Vigilia y Domingo de Resurrección 05.04.2026)
“¡Ay de mí si no evangelizo!”
Introducción: vuestro uniforme sea la misericordia entrañable... (Colosenses 3,12-21)
Celebramos la “Sagrada Familia” de José, María y Jesús, que el evangelio de Marcos amplía: “el hijo de María y hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón...” (Mc 6,3). La segunda lectura es un texto de la carta a los Colosenses. Conviene leer el inicio del capítulo 3º: “Si habéis resucitado con Cristo.. estad centrados arriba, no en la tierra” (3,1-2). “Estad centrados” traduce el verbo “froneo”: pensar, proyectar, sentir...; procede del sustantivo “fren”: diafragma, membrana o telilla que envuelve un órgano; de aquí pasa a significar lo que envuelve y da unidad a parte o a todo el ser humano: el corazón, la inteligencia, la voluntad.... La familia de Jesús debe estar centrada en “lo de arriba”, es decir, en el Espíritu de Dios que hizo posible la encarnación e inspiró toda su vida.
Centrarse “arriba” lleva a “dar muerte” (lit.: “haced incapaces de vivir”) a lo terreno contrario al Espíritu (3,5), y a vivir según el Espíritu, que nos hace “llamados de Dios, santos y amados” (3, 12a). El Espíritu procura “vestirnos de entrañas de misericordia, bondad, humildad, dulzura, paciencia, soportándonos mutuamente y tratándonos generosamente (jaridsomenoi: gratuitos) si uno tiene queja contra otro. Pues como el Señor os agració, así también (agraciad) vosotros. Y, por encima de todo, el amor (“agapen”), que es cinturón de la perfección (madurez). La paz de Cristo juzgue en vuestros corazones, hacia ella habéis sido llamados en un solo cuerpo. Sed agradecidos (kai eujaristoi ginesze; la versión litúrgica: “celebrad la Acción de Gracias”, parece forzada). La palabra de Cristo habite ricamente en vosotros, enseñándoos en toda sabiduría y haciéndoos recordar (nouzetountes, de nous –mente- y tízemi –poner-: poner en la mente); cantando a Dios con gratitud... Y todo lo que hagáis..., todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por él” (3,12-17).
Los demás versículos concretan este amor en la familia. Mujeres, someteos (cultura de la época) a los varones, pero “como conviene en el Señor” (según el Espíritu de Jesús: igualdad del hombre y la mujer, que se hacen un solo ser -Mt 19,1-12; Mc 10,1-12-). Los varones “amen” (agapate) a las mujeres y no les “aflijan”. Hijos, “obedeced” a los padres..., pues esto es “agradable en el Señor”. Padres: “no irriten a los hijos, para que no se desanimen” (3, 18-21).
El matrimonio y la familia, en sus diversas formas, no son inventos de la Iglesia. Ella los aceptó en su diversidad cultural, e intentó mejorarlos desde la vida y mensaje de Jesús. Este trabajo sigue hoy. Ante la diversas formas de familia en nuestra cultura, debemos preguntarnos cómo podemos transfigurar dichas formas en vivencias de amor divino, gratuito, y, como Jesús, acoger y ayudar a evitar el sufrimiento y aumentar la alegría. Todo amor sincero es sacramento del Amor, que es Dios. Labor cristiana primera es reconocer la verdad del amor y venerarlo como presencia divina. Las formas culturales de vivirlo son creaciones humanas, ambivalentes, cambiantes. Serán más perfectas las que más cuiden de la vida, eviten mejor el sufrimiento y tengan más amor desinteresado.
Oración: vuestro uniforme sea la misericordia entrañable... (Colosenses 3,12-21)
Jesús, hijo de José y de María, hermano nuestro.
El Espíritu de Dios alegró el corazón de tu Madre,
haciendo posible tu “acampada” misteriosa en nuestro mundo;
la iluminó para aceptar una maternidad complicada,
haciéndose “sierva del Señor” cumpliendo su voluntad;
la llenó del amor gratuito “que la puso en camino a la montaña...”,
para atender a la prima Isabel en trance de parto;
alentó su instinto maternal “envolviéndote en pañales y acostándote en un pesebre”;
cuidó su interior “conservando y meditándolo todo en su corazón”;
“endureció su rostro” para soportar tus travesuras adolescentes,
para disculpar tu desdén en las bodas de Caná,
y confiar siempre en ti: “haced lo que os él os diga”;
para buscarte porque “decían que habías perdido el juicio”;
para aceptar tu nueva familia: “quien escucha y cumple el amor de Dios”;
para estar junto a la cruz y aceptar a los nuevos hijos de tu amor.
El mismo Espíritu iluminó a José, “decidido a repudiarla en secreto”;
le hizo comprender que el amor estaba por encima de la ley;
le llenó de coraje para “llevarse a María a su casa”,
le llevó a cargar con todas la obligaciones de padre,
insertándote en las tradiciones del pueblo,
sufriendo tu comportamiento incomprensible...
También hoy el Espíritu Santo ilumina y guía con el amor divino:
a los enamorados que construyen un hogar abierto a la vida;
a los padres que dan lo mejor de sí mismos a su familia;
a los esposos que fracasan en su amor, pero no abandonan a sus hijos;
a los hijos de padres separados que aceptan la situación;
a quienes viven una situación familiar distinta a la tradicional,
pero son fieles al amor y se sacrifican generosamente.
Para ti, Jesús, Hijo del amor del Padre, toda persona es hermana tuya;
para todos quieres un hogar, aunque no sea de lazos de sangre;
a todos les abres el corazón para que acepten el amor que “viene de arriba”.
Hoy, día de la Sagrada Familia, queremos todos ser tu familia:
“revestirnos de entrañas de misericordia, bondad, humildad, dulzura, paciencia;
sobrellevarnos y tratarnos generosamente, aunque tengamos quejas;
agraciarnos, como tú, Señor, nos has agraciado;
y, por encima de todo, viviendo en tu amor, ceñidor de la perfección”.
Jesús, hijo de José y de María, bendice nuestras familias con tu paz;
que tu paz “actúe de árbitro en nuestros corazones”;
que “seamos también agradecidos” a tu amor y a todo amor humano;
que tu “palabra habite ricamente en nosotros, enseñándonos en toda sabiduría
y haciéndonos recordar” tu amor en toda situación;
que este amor nos lleve a “cantar a Dios con gratitud, en nuestros corazones,
salmos, himnos y cánticos espirituales;
que todo lo que hacemos, palabra u obra, sea todo en tu nombre, Señor Jesús,
dando gracias a Dios Padre por tu vida”.
Es tu vida, Jesús de Nazaret, la que inspira nuestra vida:
tu vida provoca nuestra relación familiar “como conviene en ti, Señor”;
tu vida transforma nuestro amor en amor divino, sincero, desinteresado;
tu vida nos fortalece ante la amargura y el desánimo de nuestro egoísmo;
tu vida, es decir, tu Espíritu, nos lleva a decir de corazón:
“hágase tu voluntad”, Padre, tu amor.
Rufo González
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