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Cristo, como Hijo, está al frente de la familia de Dios
Hoy, hermanos, celebramos la esperanza de la vida:
Ahora “vemos a Jesús coronado de gloria y honor
por haber padecido la muerte.
Convenía que él… llevara muchos hijos a la gloria
perfeccionando con sufrimientos al iniciador de la salvación.
El santificador y los santificados proceden todos del mismo.
“La santidad de Dios” es su Amor:
Amor que nos trajo a Jesús, “el santificador”;
“los santificados” somos nosotros;
Jesús y nosotros “procedemos todos del mismo Amor”.
Sintamos la presencia solidaria de Jesús que
“no se avergüenza de llamarnos hermanos”:
él dice al Padre: anunciaré tu nombre a mis hermanos;
en ellos pondré yo mi confianza;
aquí estoy yo con los hijos que Dios me dio” (Hebr 2,9-13).
Hoy, ahora, aquí, está Jesús con nosotros
“ha aniquilado por su muerte al señor de la muerte…,
y libera a cuantos, por miedo a la muerte,
pasan la vida entera como esclavos” (Hebr 2,14s).
Jesús “se parece en todo a nosotros, sus hermanos:
para ser sumo sacerdote misericordioso
y fiel en lo que a Dios se refiere,
y expiar los pecados de todos;
por el hecho de haber padecido sufriendo la tentación,
puede auxiliar a los que son tentados” (Hebr 2,17s).
“Cristo, como Hijo, está al frente de la familia de Dios:
y esa familia somos nosotros,
con tal que mantengamos firme la seguridad
y la esperanza de la gloria” (Hebr 3,6).
Estamos reviviendo su resurrección:
hemos encendido una vela grande;
es el cirio pascual, símbolo de Jesús resucitado;
en él hemos prendido nuestras pequeñas velas;
signos de nuestras personas encendidas,
iluminadas, por el Espíritu de Jesús.
Os invito, hermanos, a dar gracias a Dios,
Padre, Hijo y Espíritu Santo:
por nuestra fe, esperanza y amor,
regalos del Resucitado.
El Señor esté con vosotros...
Levantemos el corazón...
Demos gracias al Señor nuestro Dios...
Sin duda, nos sale del alma agradecer estos dones:
la fe-confianza en el Amor que acompaña nuestra vida;
la esperanza en que “si sufrimos con Jesús,
seremos también glorificados con él” (Rm 8,17),
el amor incondicional por todo ser humano.
“Dios, por el gran amor con que nos amó,
nos ha hecho revivir con Cristo;
nos ha resucitado con Cristo Jesús,
nos ha sentado en el cielo con él…
Somos, pues, obra suya.
Dios nos ha creado en Cristo Jesús,
para que nos dediquemos a las buenas obras...” (Ef 2,4ss).
Como Jesús, sentimos el Espíritu que nos habita:
oímos su voz decir que “somos hijos de Dios” (Rm 8,16);
nos vemos impulsados a curar y a alimentar a quien lo necesite;
nos mueve a denunciar la injusticia y el egoísmo;
nos lleva a crear fraternidad “con las personas que Dios nos dio”.
Celebremos alegres el Amor que conduce a la Vida:
Amor que nos ha abierto los ojos;
Amor que es nuestra sabiduría de vida;
Amor que se ha hecho camino nuestro;
Amor que abraza la cruz necesaria para vivirlo.
Este Amor es Jesús resucitado:
avivemos la fe y la esperanza que vive en nosotros;
renovemos nuestro bautismo del Espíritu;
comamos y bebamos el pan y el vino del Amor;
disfrutemos la alegría de ser hermanos.
¡Feliz Pascua!
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