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Hoy Jesús nos invita a alimentarnos de su vida: “yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”.
Participando de la eucaristía nos ponemos en camino seguro de vivir la verdadera vida.
Pidamos vivir en su seguimiento diciendo: “Siguiéndoos, mi Señor, yo nunca me podré perder” (San Ignacio de Loyola).
Por la Iglesia:
- que imite a Jesús en desprendimiento y humildad;
- que sus leyes y normas respeten los derechos humanos y evangélicos.
Roguemos al Señor: “Siguiéndoos, mi Señor, yo nunca me podré perder”.
Por los gobernantes:
- que respeten los derechos humanos;
- que promuevan la solidaridad, la mesa compartida.
Roguemos al Señor: “Siguiéndoos, mi Señor, yo nunca me podré perder”.
Por las víctimas de la violencia:
- que sean acogidas y protegidas por todos;
- que nuestras puertas estén siempre abiertas a su requerimiento.
Roguemos al Señor: “Siguiéndoos, mi Señor, yo nunca me podré perder”.
Por nuestras fiestas populares:
- que expresen la alegría del encuentro y la fraternidad;
- que todos seamos responsables y cuidemos los bienes comunes.
Roguemos al Señor: “Siguiéndoos, mi Señor, yo nunca me podré perder”.
Por los bienhechores sociales:
- que sientan la alegría de dar en favor de los más pobres;
- que sus donaciones sean bien administradas.
Roguemos al Señor: “Siguiéndoos, mi Señor, yo nunca me podré perder”.
Por nuestra eucaristía:
- que seamos capaces de revivirla, dinamizarla, participar;
- que sintamos la presencia de Jesús en medio de nosotros.
Roguemos al Señor: “Siguiéndoos, mi Señor, yo nunca me podré perder”.
Esta es nuestra esperanza y nuestra fe: “Siguiéndote a ti, Señor nuestro, nosotros nunca nos podemos perder”. Tú eres “nuestro camino, nuestra verdad, nuestra vida” por los siglos de los siglos.
Amén.
Rufo González
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