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“El Espíritu nos libera de estar escondidos en una apariencia religiosa vacía de Dios”
Comentario: “Lo que cuenta es la nueva criatura” (Gál 6, 14-18)
El último párrafo de esta Carta (6,11-18), escrito de puño y letra de Pablo (v. 11: “escrito de mi propia mano”), descalifica primero a quienes imponen la ley judía a los cristianos. Lo hacen, dice, por “no ser perseguidos por causa de la cruz de Cristo. Pues ni los mismos que se circuncidan observan la ley, sino que desean que os circuncidéis para gloriarse en vuestra carne” (vv. 12-13). Buscan destacar en “religión”, no en “evangelio”. Ponen su fe en apariencias, adornos, procesiones, hábitos... Como el desvío del clero, que el Papa Celestino reprendió en carta a obispos de la Galia, año 428: “Nosotros debemos distinguirnos de la gente común por nuestro saber, no por la ropa; por nuestra conducta, no por la vestimenta; por la mente limpia, no por el cuidado dedicado a nuestra persona”. Francisco denunció “la corrupción con apariencia de bien. Hay que evitarla poniendo a la Iglesia en salida de sí, en misión centrada en Jesucristo, en entrega a los pobres... Esta mundanidad asfixiante se sana tomándole el gusto al aire puro del Espíritu, que nos libera de estar centrados en nosotros, escondidos en una apariencia religiosa vacía de Dios. ¡No nos dejemos robar el Evangelio!” (Evangelii Gaudium, 97).
Los versículos leídos contienen cinco reflexiones sobre la vida cristiana verdadera:
Oración: “Lo que cuenta es la nueva criatura” (Gál 6,14-18)
Jesús, dador de “la nueva criatura”:
estamos muy acostumbrados a oír:
“la gracia de nuestro Señor Jesucristo,
el amor del Padre y
la comunión del Espíritu Santo,
estén con todos vosotros”,
y a responder rutinariamente: “Y con tu espíritu”.
El hermano que nos preside, representándote,
nos desea que lo fundamental de tu vida:
tu “gracia”, el don del Padre, que eres tú, Cristo;
el “amor” real, continuo, del Padre...;
la “comunión” en tu mismo Espíritu,
“esté con todos nosotros”.
Nuestra respuesta es también necesaria:
deseamos al hermano presidente que los mismos dones
estén con lo más profundo de su persona,
“con su espíritu”;
para que no sea un comediante;
para que sienta en lo más íntimo lo que dice,
lo que nos aconseja, lo que celebra:
“la gracia, el amor, la comunión”.
Tú, Jesús, nos has hecho “nueva criatura”:
“el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones
por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5,5);
“ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu
de que somos hijos de Dios;
y, si hijos, también herederos;
herederos de Dios y coherederos contigo, Cristo;
de modo que, si sufrimos contigo,
seremos también glorificados contigo” (Rm 8,16s).
Con Pablo, proclamamos nuestra fe en tu Amor:
“Estoy convencido de que ni muerte, ni vida,
ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro,
ni potencias, ni altura, ni profundidad,
ni ninguna otra criatura
podrá separarnos del amor de Dios manifestado
en ti, Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rm 8,38-39).
Somos “nueva criatura”, nueva humanidad:
hemos recibido tu Espíritu de amor sin límites,
por habernos fiado de ti, Jesús de Nazaret;
llamamos ¡Padre nuestro! al Misterio de la vida;
como tú, nos sentimos hermanos de todo ser humano;
como tú, queremos cargar con la cruz del amor,
cruz que es nuestra gloria, nuestra luz, nuestra vida.
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