LOS SACERDOTES CASADOS, SIGNO DEL ESPÍRITU (XXX)
La doctrina de la Iglesia y la ley del celibato (3)
Comentarios desde la libertad
“La castidad de los religiosos, don eximio de la gracia” (PC 12)
El clericalismo no ahorra ocasión de exaltar el celibato, como si fuera el carisma cristiano más importante. Lean con ojos evangélicos el nº 12 del “Decreto sobre la renovación de la vida religiosa”.
El celibato no está entre los “dones mejores”
El primer párrafo insta (“aestimanda est”: “ha de ser estimada”) a valorar “la castidad por el reino que profesan los religiosos” como “un don eximio de la gracia”. “Eximio” significa “muy excelente, excelso”. Ni san Pablo cuando invita a desear los dones mejores, “más grandes”, dice tanto del “amor” cristiano, al que llama “camino mucho mejor”. Mucho mejor que los dones que enumera en 1Cor 12, 28-31: “apóstoles”, “profetas” (“hablar inspirado”), “maestros”, “poder de hacer obras extraordinarias”, “don de curar”, “asistencia”, “gobierno”, “diferentes lenguas”. “Apasionaos por los dones mejores”, termina. Entre estos dones no aparece el celibato por el Reino. No sería tan “eximio” en los orígenes de la Iglesia, como quiere hacernos creer el clericalismo.
Ya la redacción textual es ambigua:“Castitas propter regnum caelorum, quam religiosi profitentur, tamquam eximium gratiae donum aestimanda est”). Puede traducirse: “don de gracia” (“don gratuito”) o “don de la gracia”. “La gracia” puede entenderse como sustitutivo del Espíritu Santo. Con este sentido personal, la castidad sería un regalo del Espíritu Santo, que habita en nosotros y es “el don” de Dios por excelencia (Lc 11, 13; He 2, 38; 8,20; 10,45; 11,17). Pero el don más “eximio” del Espíritu es el amor, por encima incluso de la fe y la esperanza. También “la gracia” puede traducirse por “el amor” de caridad (teológicamente legítimo). En este caso puede decirse que la castidad por el Reino es “don” o “fruto” del amor cristiano. Desde aquí, sin exagerar, puede decirse que el ser humano puede elegir, entre otros caminos del amor cristiano, el celibato, el silencio de un convento, la obediencia al superior, el matrimonio, etc. ¿Cuál es más “eximio”? En cristiano no procede la pregunta: “hemos hecho lo que teníamos que hacer” (Lc 17,10). Todos los caminos guiados por el Amor llevan a la santidad.
La castidad es virtud de casados y célibes
En el lenguaje clerical “castidad” o “pureza” equivale a “continencia sexual”. Lo que no deja de ser una perversión del lenguaje. “La castidad” es una virtud moral (hábito permanente de bien ético) “que regula el uso de la sexualidad según el propio estado”. Lo opuesto es lujuria, “desenfreno, exceso, apetito desordenado de placeres sexuales”. Todo ser humano está llamado a tener dominio de sus impulsos, a utilizarlos según su propio dinamismo y de acuerdo con su propia humanidad. Casado y soltero son dos modos de vivir la sexualidad. Ambos modos pueden y deben ser “castos”. La persona “casta”, respetuosa y señora de su dimensión sexual, tanto casada como célibe, es aquella que se respeta a sí misma, es sincera en su relación, es responsable de la vida que nace de su amor. Desde esta actitud ética de castidad, aplicamos el texto conciliar a célibes y casados.
a) “Libera el corazón del hombre” y le capacita para “inflamarse con la caridad para con Dios y para con todos los hombres”. El señorío sobre los propios impulsos, la libertad interna, nos capacita para ser más humanos, para respetar a los demás, incluso para dedicarnos a otras tareas de modo más pleno y desinteresado. Eso les ocurre a muchas personas de ciencia, aventura, voluntariado, etc. Toda tendencia personal puede dominarnos, esclavizarnos. Pero en esto se distingue el ser humano del animal irracional. Tenemos capacidad para actuar mejor y peor. Podemos, si tenemos control de nuestros instintos, liberar nuestro “corazón” e “inflamarnos con el amor a Dios y a los hermanos”. El que tengamos señorío sobre las tendencias siempre es una liberación. El que inclinemos nuestras fuerzas hacia un lado u otro va a depender de nuestra conciencia, de nuestra orientación personal, de nuestra fe. Cuando la fe cristiana es núcleo de la vida, la liberación de los instintos capacita para “inflamarse del amor cristiano”. Aquí arranca la opción por la castidad celibataria o matrimonial. Una y otra “liberan el corazón e inflaman de amor”. Las dos son “dones eximios de la gracia”.
b) “Señal característica de los bienes celestiales”. La Constitución “sobre la Iglesia en el mundo actual” dice: “los bienes de la dignidad humana, la comunión fraterna y la libertad, es decir, todos estos frutos buenos de la naturaleza y de nuestro trabajo, después de haberlos propagado en la tierra en el Espíritu del Señor y según su mandato, volveremos de nuevo a encontrarlos limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados, cuando Cristo entregue al Padre “el reino eterno y universal: reino de verdad y vida...” (GS 39). Estos son los bienes celestiales más valiosos, junto con el amor, “cinturón” que los envuelve. “No estar casado”, fruto del egoísmo, no creo que sea “signo de los bienes celestiales”. Igualmente “casarse por egoísmo”, sin amor, no hace a su matrimonio “signo del amor divino”. Si uno no se casa “por el Reino de los cielos”, es decir, por amor a actividades que cree de más amor, el signo del bien celestial está en el amor, en la dignidad humana que decide, respetando su naturaleza, consagrarse a promover el Reino. Si, por el contrario, decide no casarse violentando su natural humano, procurándose depresiones, represiones, afán de dominio, riqueza, honores, etc., está actuando contra su propia naturaleza y está encontrando el fruto de su violencia interna. Aquí radica la maldad y la trampa del celibato obligatorio de por vida.
c) “Medio aptísimo... para dedicarse decididamente al servicio divino y a las obras del apostolado”. También la castidad matrimonial. Ahí están tantos casados, mujeres y varones, evangelizando, cuidando los templos, visitando enfermos y necesitados, preparando para el matrimonio, bautismo, etc. etc. A pesar del clericalismo que a veces les impide realizar estas y otras obras de apostolado. Si las iglesias fueran verdaderas comunidades, donde cada cual ejerciera sus carismas, no tendría sentido esta desigual valoración introducida por el clericalismo dominante.
d) La persona casta, casada o célibe, “recuerda a todos los cristianos aquel maravilloso matrimonio establecido por Dios, y que ha de revelarse totalmente en la vida futura, por el que la Iglesia tiene a Cristo por esposo único”. Es el amor divino en toda relación (consigo mismo, con los demás, con toda vida) lo que es signo y recuerdo del matrimonio de Dios y de Cristo con toda la humanidad, anticipados y significados por la Iglesia. Más aún, ha sido el matrimonio cristiano erigido como “sacramento” del amor de Jesús a la Iglesia, no el celibato.
Rufo González
Comentarios desde la libertad
“La castidad de los religiosos, don eximio de la gracia” (PC 12)
El clericalismo no ahorra ocasión de exaltar el celibato, como si fuera el carisma cristiano más importante. Lean con ojos evangélicos el nº 12 del “Decreto sobre la renovación de la vida religiosa”.
“La castidad que los religiosos profesan «por el reino de los cielos» (Mt., 19, 12) ha de considerarse como un don exquisito de la gracia. Pues libera el corazón del hombre de una forma especial (cf. 1 Cor., 7, 32-35), para que más se inflame con la caridad para con Dios y para con todos los hombres, y, por tanto, es una señal característica de los bienes celestiales y un medio aptísimo con que los religiosos se dediquen decididamente al servicio divino y a las obras del apostolado. De esta forma ellos recuerdan a todos los cristianos aquel maravilloso matrimonio establecido por Dios, y que ha de revelarse totalmente en la vida futura, por el que la Iglesia tiene a Cristo por esposo único” (PC 12, 1).
El celibato no está entre los “dones mejores”
El primer párrafo insta (“aestimanda est”: “ha de ser estimada”) a valorar “la castidad por el reino que profesan los religiosos” como “un don eximio de la gracia”. “Eximio” significa “muy excelente, excelso”. Ni san Pablo cuando invita a desear los dones mejores, “más grandes”, dice tanto del “amor” cristiano, al que llama “camino mucho mejor”. Mucho mejor que los dones que enumera en 1Cor 12, 28-31: “apóstoles”, “profetas” (“hablar inspirado”), “maestros”, “poder de hacer obras extraordinarias”, “don de curar”, “asistencia”, “gobierno”, “diferentes lenguas”. “Apasionaos por los dones mejores”, termina. Entre estos dones no aparece el celibato por el Reino. No sería tan “eximio” en los orígenes de la Iglesia, como quiere hacernos creer el clericalismo.
Ya la redacción textual es ambigua:“Castitas propter regnum caelorum, quam religiosi profitentur, tamquam eximium gratiae donum aestimanda est”). Puede traducirse: “don de gracia” (“don gratuito”) o “don de la gracia”. “La gracia” puede entenderse como sustitutivo del Espíritu Santo. Con este sentido personal, la castidad sería un regalo del Espíritu Santo, que habita en nosotros y es “el don” de Dios por excelencia (Lc 11, 13; He 2, 38; 8,20; 10,45; 11,17). Pero el don más “eximio” del Espíritu es el amor, por encima incluso de la fe y la esperanza. También “la gracia” puede traducirse por “el amor” de caridad (teológicamente legítimo). En este caso puede decirse que la castidad por el Reino es “don” o “fruto” del amor cristiano. Desde aquí, sin exagerar, puede decirse que el ser humano puede elegir, entre otros caminos del amor cristiano, el celibato, el silencio de un convento, la obediencia al superior, el matrimonio, etc. ¿Cuál es más “eximio”? En cristiano no procede la pregunta: “hemos hecho lo que teníamos que hacer” (Lc 17,10). Todos los caminos guiados por el Amor llevan a la santidad.
La castidad es virtud de casados y célibes
En el lenguaje clerical “castidad” o “pureza” equivale a “continencia sexual”. Lo que no deja de ser una perversión del lenguaje. “La castidad” es una virtud moral (hábito permanente de bien ético) “que regula el uso de la sexualidad según el propio estado”. Lo opuesto es lujuria, “desenfreno, exceso, apetito desordenado de placeres sexuales”. Todo ser humano está llamado a tener dominio de sus impulsos, a utilizarlos según su propio dinamismo y de acuerdo con su propia humanidad. Casado y soltero son dos modos de vivir la sexualidad. Ambos modos pueden y deben ser “castos”. La persona “casta”, respetuosa y señora de su dimensión sexual, tanto casada como célibe, es aquella que se respeta a sí misma, es sincera en su relación, es responsable de la vida que nace de su amor. Desde esta actitud ética de castidad, aplicamos el texto conciliar a célibes y casados.
a) “Libera el corazón del hombre” y le capacita para “inflamarse con la caridad para con Dios y para con todos los hombres”. El señorío sobre los propios impulsos, la libertad interna, nos capacita para ser más humanos, para respetar a los demás, incluso para dedicarnos a otras tareas de modo más pleno y desinteresado. Eso les ocurre a muchas personas de ciencia, aventura, voluntariado, etc. Toda tendencia personal puede dominarnos, esclavizarnos. Pero en esto se distingue el ser humano del animal irracional. Tenemos capacidad para actuar mejor y peor. Podemos, si tenemos control de nuestros instintos, liberar nuestro “corazón” e “inflamarnos con el amor a Dios y a los hermanos”. El que tengamos señorío sobre las tendencias siempre es una liberación. El que inclinemos nuestras fuerzas hacia un lado u otro va a depender de nuestra conciencia, de nuestra orientación personal, de nuestra fe. Cuando la fe cristiana es núcleo de la vida, la liberación de los instintos capacita para “inflamarse del amor cristiano”. Aquí arranca la opción por la castidad celibataria o matrimonial. Una y otra “liberan el corazón e inflaman de amor”. Las dos son “dones eximios de la gracia”.
b) “Señal característica de los bienes celestiales”. La Constitución “sobre la Iglesia en el mundo actual” dice: “los bienes de la dignidad humana, la comunión fraterna y la libertad, es decir, todos estos frutos buenos de la naturaleza y de nuestro trabajo, después de haberlos propagado en la tierra en el Espíritu del Señor y según su mandato, volveremos de nuevo a encontrarlos limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados, cuando Cristo entregue al Padre “el reino eterno y universal: reino de verdad y vida...” (GS 39). Estos son los bienes celestiales más valiosos, junto con el amor, “cinturón” que los envuelve. “No estar casado”, fruto del egoísmo, no creo que sea “signo de los bienes celestiales”. Igualmente “casarse por egoísmo”, sin amor, no hace a su matrimonio “signo del amor divino”. Si uno no se casa “por el Reino de los cielos”, es decir, por amor a actividades que cree de más amor, el signo del bien celestial está en el amor, en la dignidad humana que decide, respetando su naturaleza, consagrarse a promover el Reino. Si, por el contrario, decide no casarse violentando su natural humano, procurándose depresiones, represiones, afán de dominio, riqueza, honores, etc., está actuando contra su propia naturaleza y está encontrando el fruto de su violencia interna. Aquí radica la maldad y la trampa del celibato obligatorio de por vida.
c) “Medio aptísimo... para dedicarse decididamente al servicio divino y a las obras del apostolado”. También la castidad matrimonial. Ahí están tantos casados, mujeres y varones, evangelizando, cuidando los templos, visitando enfermos y necesitados, preparando para el matrimonio, bautismo, etc. etc. A pesar del clericalismo que a veces les impide realizar estas y otras obras de apostolado. Si las iglesias fueran verdaderas comunidades, donde cada cual ejerciera sus carismas, no tendría sentido esta desigual valoración introducida por el clericalismo dominante.
d) La persona casta, casada o célibe, “recuerda a todos los cristianos aquel maravilloso matrimonio establecido por Dios, y que ha de revelarse totalmente en la vida futura, por el que la Iglesia tiene a Cristo por esposo único”. Es el amor divino en toda relación (consigo mismo, con los demás, con toda vida) lo que es signo y recuerdo del matrimonio de Dios y de Cristo con toda la humanidad, anticipados y significados por la Iglesia. Más aún, ha sido el matrimonio cristiano erigido como “sacramento” del amor de Jesús a la Iglesia, no el celibato.
Rufo González