¿VALORA LA IGLESIA LA DEMOCRACIA? (V)
Apropiación indebida del Espíritu de Dios, pecado de los dirigentes eclesiales.
La Iglesia no es, ni ha sido siempre, fiel al Espíritu de Dios
“Todos en la Iglesia... son llamados a la santidad, según aquello del Apóstol: esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación (1Tes 4,3; Ef 1,4)” (LG 39). Quien se deja llevar por el Espíritu de Jesús (es decir, por su amor, eso es santidad) producirá sus frutos: la paz, la alegría, la tolerancia, el agrado, la generosidad, la lealtad, la sencillez, el dominio de sí (Gal 5, 22-23). Creo de verdad, con Benedicto XVI, que “la Iglesia es una de estas fuerzas vivas: en ella late el dinamismo del amor suscitado por el Espíritu de Cristo” (Encíclica “Deus caritas est”, n. 28). Ese Amor se deja ver en fogonazos espléndidos, en creaciones brillantes, en instituciones que responden a necesidades reales y perentorias. Estos días admiramos este amor en muchas personas e instituciones, por ejemplo en la acogida y en la acción de la llamada “iglesia roja” de Entrevías, según nos cuenta el periodista Marçal Sarrats, en su libro “Así en la Tierra”, editado en Cuadrilátero.
También es verdad que en la Iglesia se viven historias muy en contra del Amor. El Vaticano II lo reconoce: “La Iglesia sabe muy bien que no siempre, a lo largo de su prolongada historia, fueron todos sus miembros, clérigos o laicos, fieles al Espíritu de Dios” (GS 43). Sin compartir en su grado y totalidad la acerada crítica de Antonio Gala en su reciente “Tronera” (El Mundo, 26 mayo 2013), reconozco algo de verdad al denunciar: “Asombra ese modo de actuar: sinuoso, entre embaucador y maternal, hipócrita en todo caso. A mí me estremece, como durante tantos siglos ha estremecido a tantos, la serpentina actuación de una monopolizadora de la divinidad. Es escalofriante que haya mantenido durante siglos la rotunda exclusiva. A costa de lo que fuese necesario hacer o deshacer sin el menor escrúpulo... Es imposible que exista una cara tan dura como la de la Iglesia católica. Ahora se envuelve de maternidad y dulzura para pedir la señal de la cruz... para conseguir una parte del impuesto en la Declaración de la Renta.... No existe en la Historia de la Humanidad ninguna entidad con una cara secular tan dura, ni con un comportamiento más alejado de la divinidad que pregona”. La “divinidad que pregona” es la que “hace salir el sol y bajar la lluvia sobre buenos y malos”, la que no excluye a nadie de su amor y cuidado, no condena ni excomulga... El despotismo con que actúa frente a los que no comparten algunas de sus normas no evangélicas es ejemplo claro de su déficit de amor divino.
La falta de comunión entre dirigentes y pueblo, causa de muchos abusos
¿Cómo es posible que la Iglesia, que anuncia el Amor más generoso, se aleje tanto en su conducta y leyes del Amor divino? Considero que una causa muy fuerte hay que buscarla en la falta de participación y comunión del pueblo cristiano. Si hubiera habido esta participación, muchas actuaciones no hubieran tenido lugar. El poder monárquico absolutista, desde el Papa al párroco, pasando por el obispo –¡sólo tres escalones!-, tiende a servirse a sí mismo, y no repara en medios para sostenerse, según nos atestigua la historia. Con demasiada frecuencia han utilizado torticeramente el “nosotros y el Espíritu Santos hemos decidido...”. Ese “nosotros”, que debía ser la Iglesia en su totalidad, sólo han sido ellos y sus intereses, el estamento clerical.
“Todo culminó, resume Leonardo Boff, con el Código de Graciano en el siglo XIII, tenido como base del derecho canónico, pero que se basaba en falsificaciones y normas que reforzaban el poder central de Roma además de en otros cánones verdaderos que circulaban por las iglesias. Lógicamente, todo esto fue desenmascarado más tarde pero sin producir modificación alguna en el absolutismo de los papas. Pero es lamentable y un cristiano adulto debe conocer los ardides usados y concebidos para gestar un poder que está a contracorriente de los ideales de Jesús y que oscurece el fascinante mensaje cristiano, portador de un nuevo tipo de ejercicio del poder, servicial y participativo. Posteriormente se produjo un crescendo del poder de los papas: Gregorio VII (+1085) en su Dictatus Papae (la dictadura del papa) se autoproclamó señor absoluto de la Iglesia y del mundo; Inocencio III (+1216) se anunció como vicario-representante de Cristo y por fin, Inocencio IV (+1254) se alzó como representante de Dios. Como tal, bajo Pío IX en 1870, el Papa fue proclamado infalible en el campo de doctrina y moral. Curiosamente, todos estos excesos nunca han sido denunciados ni corregidos por la Iglesia jerárquica porque la benefician” (L. Boff: “Cómo se formó el poder monárquico-absolutista de los papas”. Sep 22.2012. Koinonía).
La ley del celibato obligatorio, ¿despiste de Jesús?
La permanencia de la ley del celibato no opcional para los presbíteros y obispos en la Iglesia occidental, y la limitación de derechos de la mujer, “uno en Cristo Jesús, como judíos y griegos, esclavos y libres, varón y hembra” (Gál 3, 28), son quizá los dos hechos más contumaces y tercos, reveladores de imposición absolutista, interpretación única, apropiación indebida del Espíritu de Dios. El Espíritu de amor divino sólo puede imponer lo “imprescindible”. “Por lo demás, si nuestra fe en Jesús nos lleva a afirmar que ni Él habló por iniciativa propia, sino ateniéndose a lo que el Padre le había ordenado que dijera y propusiera (Jn 12,49-50), ¿cómo se puede aceptar que sus enviados sin embargo tengan capacidad para atribuir a Dios y urgir en su nombre sus propias invenciones religiosas? ¿O no es una más el “hallazgo” a finales del s. IV por el papa Siricio de la ley del celibato sacerdotal y deberíamos tener por “despistes” de Jesús no haberlo dicho y su elección de un casado para ser el primer Papa (Mt 8,14)?” (J. M. Rivas, 13 febrero 2012 a las 17:13, en RD: Amarres al celibato).
Ahondaremos en próximas semanas, D. m., sobre estos temas.
Rufo González
La Iglesia no es, ni ha sido siempre, fiel al Espíritu de Dios
“Todos en la Iglesia... son llamados a la santidad, según aquello del Apóstol: esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación (1Tes 4,3; Ef 1,4)” (LG 39). Quien se deja llevar por el Espíritu de Jesús (es decir, por su amor, eso es santidad) producirá sus frutos: la paz, la alegría, la tolerancia, el agrado, la generosidad, la lealtad, la sencillez, el dominio de sí (Gal 5, 22-23). Creo de verdad, con Benedicto XVI, que “la Iglesia es una de estas fuerzas vivas: en ella late el dinamismo del amor suscitado por el Espíritu de Cristo” (Encíclica “Deus caritas est”, n. 28). Ese Amor se deja ver en fogonazos espléndidos, en creaciones brillantes, en instituciones que responden a necesidades reales y perentorias. Estos días admiramos este amor en muchas personas e instituciones, por ejemplo en la acogida y en la acción de la llamada “iglesia roja” de Entrevías, según nos cuenta el periodista Marçal Sarrats, en su libro “Así en la Tierra”, editado en Cuadrilátero.
También es verdad que en la Iglesia se viven historias muy en contra del Amor. El Vaticano II lo reconoce: “La Iglesia sabe muy bien que no siempre, a lo largo de su prolongada historia, fueron todos sus miembros, clérigos o laicos, fieles al Espíritu de Dios” (GS 43). Sin compartir en su grado y totalidad la acerada crítica de Antonio Gala en su reciente “Tronera” (El Mundo, 26 mayo 2013), reconozco algo de verdad al denunciar: “Asombra ese modo de actuar: sinuoso, entre embaucador y maternal, hipócrita en todo caso. A mí me estremece, como durante tantos siglos ha estremecido a tantos, la serpentina actuación de una monopolizadora de la divinidad. Es escalofriante que haya mantenido durante siglos la rotunda exclusiva. A costa de lo que fuese necesario hacer o deshacer sin el menor escrúpulo... Es imposible que exista una cara tan dura como la de la Iglesia católica. Ahora se envuelve de maternidad y dulzura para pedir la señal de la cruz... para conseguir una parte del impuesto en la Declaración de la Renta.... No existe en la Historia de la Humanidad ninguna entidad con una cara secular tan dura, ni con un comportamiento más alejado de la divinidad que pregona”. La “divinidad que pregona” es la que “hace salir el sol y bajar la lluvia sobre buenos y malos”, la que no excluye a nadie de su amor y cuidado, no condena ni excomulga... El despotismo con que actúa frente a los que no comparten algunas de sus normas no evangélicas es ejemplo claro de su déficit de amor divino.
La falta de comunión entre dirigentes y pueblo, causa de muchos abusos
¿Cómo es posible que la Iglesia, que anuncia el Amor más generoso, se aleje tanto en su conducta y leyes del Amor divino? Considero que una causa muy fuerte hay que buscarla en la falta de participación y comunión del pueblo cristiano. Si hubiera habido esta participación, muchas actuaciones no hubieran tenido lugar. El poder monárquico absolutista, desde el Papa al párroco, pasando por el obispo –¡sólo tres escalones!-, tiende a servirse a sí mismo, y no repara en medios para sostenerse, según nos atestigua la historia. Con demasiada frecuencia han utilizado torticeramente el “nosotros y el Espíritu Santos hemos decidido...”. Ese “nosotros”, que debía ser la Iglesia en su totalidad, sólo han sido ellos y sus intereses, el estamento clerical.
“Todo culminó, resume Leonardo Boff, con el Código de Graciano en el siglo XIII, tenido como base del derecho canónico, pero que se basaba en falsificaciones y normas que reforzaban el poder central de Roma además de en otros cánones verdaderos que circulaban por las iglesias. Lógicamente, todo esto fue desenmascarado más tarde pero sin producir modificación alguna en el absolutismo de los papas. Pero es lamentable y un cristiano adulto debe conocer los ardides usados y concebidos para gestar un poder que está a contracorriente de los ideales de Jesús y que oscurece el fascinante mensaje cristiano, portador de un nuevo tipo de ejercicio del poder, servicial y participativo. Posteriormente se produjo un crescendo del poder de los papas: Gregorio VII (+1085) en su Dictatus Papae (la dictadura del papa) se autoproclamó señor absoluto de la Iglesia y del mundo; Inocencio III (+1216) se anunció como vicario-representante de Cristo y por fin, Inocencio IV (+1254) se alzó como representante de Dios. Como tal, bajo Pío IX en 1870, el Papa fue proclamado infalible en el campo de doctrina y moral. Curiosamente, todos estos excesos nunca han sido denunciados ni corregidos por la Iglesia jerárquica porque la benefician” (L. Boff: “Cómo se formó el poder monárquico-absolutista de los papas”. Sep 22.2012. Koinonía).
La ley del celibato obligatorio, ¿despiste de Jesús?
La permanencia de la ley del celibato no opcional para los presbíteros y obispos en la Iglesia occidental, y la limitación de derechos de la mujer, “uno en Cristo Jesús, como judíos y griegos, esclavos y libres, varón y hembra” (Gál 3, 28), son quizá los dos hechos más contumaces y tercos, reveladores de imposición absolutista, interpretación única, apropiación indebida del Espíritu de Dios. El Espíritu de amor divino sólo puede imponer lo “imprescindible”. “Por lo demás, si nuestra fe en Jesús nos lleva a afirmar que ni Él habló por iniciativa propia, sino ateniéndose a lo que el Padre le había ordenado que dijera y propusiera (Jn 12,49-50), ¿cómo se puede aceptar que sus enviados sin embargo tengan capacidad para atribuir a Dios y urgir en su nombre sus propias invenciones religiosas? ¿O no es una más el “hallazgo” a finales del s. IV por el papa Siricio de la ley del celibato sacerdotal y deberíamos tener por “despistes” de Jesús no haberlo dicho y su elección de un casado para ser el primer Papa (Mt 8,14)?” (J. M. Rivas, 13 febrero 2012 a las 17:13, en RD: Amarres al celibato).
Ahondaremos en próximas semanas, D. m., sobre estos temas.
Rufo González