Hoy iniciamos la Semana más solemne con la entrada valiente de Jesús en Jerusalén, centro de la resistencia a tu modo de vida
Aplaudimos la audacia del “profeta Jesús, de Nazaret (D. de Ramos 29.03.2026)
Hoy iniciamos la Semana más solemne con la entrada valiente de Jesús en Jerusalén, centro de la resistencia a tu modo de vida
Comentario: “Es el profeta de Galilea” (Mt 21, 1-11). “Padre mío..., no se haga como yo quiero, sino como quieres tú” (Mt 26, 14-27, 66).
Inauguramos la Semana Santa con la entrada en Jerusalén y la eucaristía que lee la pasión y muerte. Episodios del Jesús real, histórico, fiel al amor hasta la muerte.
El evangelio para la procesión tiene tres partes:
Leemos la pasión y muerte de Jesús según san Mateo. Narración nacida para la liturgia. Este evangelio proyecta la oposición y la cruz sobre toda la vida de Jesús: en su nacimiento (Mt 2, 1-23), en el discípulo que carga su cruz (Mt 10, 16-39, en su misión rechazada por muchos (Mt 11-12), en la muerte del Bautista que le sugiere su misma suerte (Mt 14, 1-12) ... Sentimos el aliento espiritual de Jesús. Repasemos qué lugar, personaje, circunstancia..., de la pasión ocupa o vive nuestra vida.
Jesús no está asociado a la fuerza, al poder, al éxito. Aparece débil, sujeto a leyes físicas y morales, “se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los seres humanos, reconocido como ser humano por su presencia” (Flp 2,7). Víctima de la conspiración de los dirigentes y de la traición de un amigo, brilla su fidelidad al amor del Padre y de los hermanos.
Pasión y muerte violenta son consecuencia de su vida. Murió porque ser humano. Pero murió violentamente porque las personas tratan así a quienes no piensan como ellos, a quienes le creen peligroso para sus intereses. Nos mostró su Amor, arriesgando en toda ocasión, valorando la necesidad humana por encima de toda ley...
Contemplamos su respeto y amor sin límites: a Judas, a Pedro, a los discípulos, a quienes le detienen, al Sanedrín, al Sumo Sacerdote, a Pilato, al pueblo, a soldados, a los crucificados con él, a Dios. “Verdaderamente éste era Hijo de Dios”, reconocen un no judío (el centurión) y sus hombres ante la conducta de Jesús (Mt 27,54).
Oración: “Es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea” (Mt 21, 1-11). “Padre mío..., no se haga como yo quiero, sino como quieres tú” (Mt 26, 14-27, 66)
Jesús de la Semana Santa:
Hoy, Domingo de Ramos, viene más gente;
muchos han traído ramos y palmas para aclamarte;
en el fondo manifiestan que Tú, Jesús de todos, tienes razón;
tu vida de amor desinteresado deslumbra y atrae a todos.
Parecen decirte hoy: “¡Todos deberíamos ser como Tú!”:
atento a la suegra, a los enfermos, marginados, hambrientos...;
tu alimento, el amor de Dios, debería encender nuestra vida;
amor gratuito, que sólo busca el bien de los demás;
ese Amor movió tu vida entera;
ese Amor debería mover la nuestra.
Cinco semanas preparando esta Semana:
empezamos el miércoles de ceniza:
“entrando en nuestro cuarto...
y contactando con el Padre tuyo y nuestro”.
Tu Amor nos da una mirada limpia, profunda, libre.
En la primera semana, Cristo envuelto en tentaciones,
fuimos “llevados al desierto por el Espíritu”;
rechazamos ganar el pan “con el sudor de otras frentes”;
decidimos no “atesorar para sí, sino ante Dios” (Lc 12,21);
renunciamos “tentar a Dios”;
nos comprometimos a creer en su amor,
poner nuestra vida en sus manos,
trabajar por la verdad, la libertad, la paz, el amor...
En la semana segunda te contemplamos:
“el Hijo, el amado, en quien me complazco”;
pusimos nuestro corazón en el tuyo;
nos fiamos de tu amor real, aquí y ahora;
acogimos el amor incondicional tuyo y del Padre.
En la tercera semana nos dijiste a todos:
“Si conocierais el don de Dios...,
me pediríais… y yo os daría agua viva”;
y recibimos el agua viva, tu Espíritu:
“surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”.
Curando a un ciego de nacimiento, en la cuarta semana,
nos abrías los ojos para creer en ti, “el Hijo del hombre”;
con tus ojos admiramos y seguimos todo lo digno, lo valioso,
lo justo, lo libre, lo razonable, lo humanamente bueno.
Finalmente, la semana pasada, hemos interiorizado:
“el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá”;
tu vida sin límites nos ha abierto la libertad,
nos la ha librado de la rutina y de la muerte,
ha despertado el amor incondicional y perdonador;
nos hace emprender caminos de vida en tu amor.
Hoy iniciamos la semana más solemne:
tu entrada valiente en Jerusalén,
centro de la resistencia a tu modo de vida;
el “lavatorio de pies” y la “cena”,
signos incuestionables de cargar tu cruz y seguirte,
atendiendo a los más necesitados,
sirviendo la mesa común;
la pasión y muerte, consecuencia de tu vida conflictiva;
la resurrección, triunfo del amor y sentido de la historia.
Queremos hoy, Cristo de la Semana Santa:
aplaudir tu audacia de profeta humilde que viene a nosotros;
profundizar en el “lavatorio” y la “cena” fraternal;
asumir la conflictividad y alegría de tu seguimiento;
animar “la esperanza que no defrauda,
porque el amor de Dios ha sido derramado
en nuestros corazones por el Espíritu Santo
que se nos ha dado” (Rm 5,5).
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