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Un diagnóstico luminoso y una propuesta coherente con el Evangelio

“Muchas personas no rechazan necesariamente a Jesús ni la búsqueda espiritual; rechazan una institución que perciben distante de la experiencia evangélica”

“Crisis del cristianismo institucional: Clericalismo, patriarcado y pérdida de espiritualidad”

“Muchas personas no rechazan necesariamente a Jesús ni la búsqueda espiritual; rechazan una institución que perciben distante de la experiencia evangélica”

Un diagnóstico luminoso y una propuesta coherente con el Evangelio

“Crisis del cristianismo institucional: Clericalismo, patriarcado y pérdida de espiritualidad”

Tras leer esta ponencia de J. A. Vázquez Mosquera en el 45 Congreso de Teología” (11-13 sept 2026. Asociación de Teólogas y Teólogos Juan XXIII), he pensado que la deberíamos leer todos. Especialmente los clérigos y aspirantes a serlo. Y discutirla en los centros de formación de la Iglesia. No conozco personalmente a su autor. Las referencias sobre su formación, experiencias y actividad actual son tan eclesiales que le diseñan como un profeta de nuestro tiempo.

En Religión Digital se la califica como “una reflexión crítica sobre la crisis de la Iglesia ante el clericalismo, el patriarcado y la pérdida de espiritualidad, y una propuesta para avanzar hacia un cristianismo más evangélico, laico, sinodal, inclusivo y comprometido con la liberación”.

Nacido en Madrid (1969, filólogo semítico, posgrados en counselling (orientación, asesoramiento, consejería o terapia de ayuda) y en mindfulness (atención plena o presencia mental). Dieciséis años de monje cisterciense. Promotor y miembro de “Cristianía”, una fraternidad para vivir y difundir los valores monásticos cistercienses entre los laicos/as, de espíritu ecuménico e interreligioso. Autor de artículos y de cursos sobre monacato laico, mística cristiana y diálogo interreligioso. Une formación académica, experiencia monástica y praxis apostólica (talleres, retiros, conferencias).

La reflexión surge de la experiencia: “vivimos en sociedades extraordinariamente conectadas en las que circulan con enorme rapidez mercancías, capitales, imágenes e información, mientras se debilitan los vínculos comunitarios, aumenta la soledad, se extiende la desconfianza y muchas personas experimentan que han perdido capacidad para intervenir en las decisiones que orientan su vida”.

La Iglesia originalmente está vocacionada a la fraternidad universal. Pero la deriva que ha ido tomando la institución impide su realización concreta en muchos aspectos:

“No basta denunciar la fragmentación social si las estructuras eclesiales reproducen divisiones y binarismos entre clérigos y laicos, varones y mujeres, consagrados y no consagrados, sagrado y profano, centro y periferias. Una Iglesia que predica fraternidad y organiza su vida mediante desigualdades sacralizadas pierde credibilidad. Su crisis no consiste en la secularización o en el descenso de la práctica religiosa; afecta, más bien, al modelo institucional que ha identificado demasiado fácilmente comunión con subordinación, unidad con uniformidad y autoridad con poder vertical”.

Cree el ponente que “la cuestión eclesial no consiste, por tanto, únicamente en abrir un espacio a quienes antes quedaban fuera, sino también en revisar las fronteras mediante las cuales la propia institución ha producido exclusión y ha presentado como voluntad inmutable de Dios construcciones culturales contingentes”.

“Durante siglos, la Iglesia ha configurado imaginarios sobre la autoridad, el cuerpo, la familia, el trabajo, la diferencia y la pertenencia, de modo que sus formas internas de relación han ejercido una influencia social considerable. Cuando reproduce una autoridad vertical, legitima indirectamente otras verticalidades; cuando identifica unidad con uniformidad, dificulta una cultura democrática de la pluralidad; cuando relega a las mujeres a funciones subordinadas, refuerza un orden patriarcal que continúa actuando fuera de los templos.”

“Del mismo modo, una Iglesia que practica la reciprocidad, comparte las decisiones, acoge la diversidad y coloca el cuidado en el centro puede convertirse en un espacio donde se ensayen formas de convivencia capaces de sanar la fragmentación contemporánea”.

Concreta los síntomas decadentes de la Iglesia: “pérdida de relevancia cultural, envejecimiento de las comunidades, escasez de vocaciones, alejamiento de las generaciones jóvenes, dificultad para transmitir la fe, conflictos en torno a las mujenres y la diversidad sexual, descrédito provocado por los abusos y desconfianza hacia la autoridad”.

Los dirigentes eclesiales ha interpretado los síntomas de modo “defensivo”. La sociedad secularizada, dicen, no comprende el cristianismo, está falta de fe y de obediencia… El ponente cree que lo más decisivo es que “muchas personas no rechazan necesariamente a Jesús ni la búsqueda espiritual; rechazan una institución que perciben distante de la experiencia evangélica”. No es lo mismo “cristianismo” que “cristiandad”.

“Las comunidades originarias no carecieron de autoridad, organización ni conflictos. Toda experiencia que quiera permanecer necesita memoria, lenguaje, ritos, normas y ministerios. Pero el Nuevo Testamento conserva una pluralidad de modos de organizarse que no se deja reducir a una pirámide uniforme como terminó por construirse. Pablo utiliza la imagen del cuerpo para expresar que los carismas son diferentes y se necesitan mutuamente. Las comunidades se reúnen en casas, el liderazgo adopta formas diversas y las mujeres desempeñan funciones relevantes, aunque procesos posteriores tendieran a invisibilizarlas. La autoridad se justifica por la edificación de la comunidad, no por la pertenencia a un estamento sagrado”.

En su propuesta de reforma destacan estos elementos difíciles de aceptar por el clero:

a) Reservar “el lenguaje sacerdotal fundamentalmente a Cristo y al conjunto del pueblo”: “La consagración fundamental es la bautismal. El sacerdocio común no es una participación disminuida en un sacerdocio pleno reservado a otros; expresa la vocación de todo el Pueblo de Dios a hacer de la existencia una ofrenda de amor, justicia y alabanza. Los ministerios ordenados nacen dentro de ese pueblo y existen para servirlo”.

b) “Desclericalizar los ministerios” permite conservar su necesidad y comprender su liderazgo como acompañamiento, coordinación, anuncio, servicio sacramental y cuidado de la comunión, someterlos a evaluación comunitaria y ejercerlos de forma sinodal, dejando de constituir una casta ontológicamente superior y poniéndose al servicio de las necesidades que cada comunidad requiere para seguir a Jesús”.

c) “Desde esta perspectiva pueden replantearse cuestiones que el paradigma clerical bloquea: la plena participación de las mujeres en todos los ministerios, la obligatoriedad del celibato en la Iglesia latina, la elección comunitaria de ministros, la duración de los cargos y la creación de nuevas formas ministeriales”.

rufo.go@hotmail.com

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